martes, 17 de abril de 2007

Angelo

No recordaba aquel primer encuentro hasta que lo reviví en un sueño hace sólo unos meses.
Tenía entonces ocho años. Esa mañana en el colegio había ganado trece canicas -que aún conservo-, y las atesoraba en una bolsa de terciopelo azul oscuro que Veronika, mi madre, había utilizado hasta ese momento para guardar unos pendientes. Aquellas esferas mágicas, trofeo ganado con más suerte que pericia, necesitaban guardarse de un modo apropiado. En aquella bolsa las llevaba por la tarde en el bolsillo cuando Veronika me pidió que esperara junto a una fuente del jardín que hay en el centro de la Karlovo námestí.
Ella se alejó unos metros para charlar con un tipo que había sido su amante los últimos meses. Apenas habíamos tenido trato. Como aquella charla carecía de interés para mí (ya me había explicado mi madre que iba a romper con él) y durante un rato observé que Veronika lo tenía todo bajo control, decidí explorar las posibilidades de mis canicas.
Las mojé en la fuente pensando que después las podría hacer rodar por el suelo y ver así el mensaje oculto que los dibujos dejados por el agua me mostrarían. Tenía que funcionar, así de enigmáticas se mostraban ante mis ojos. Ya había jugado otras veces a ver el futuro en las tiradas de los dados de póker que siempre llevaba mi admirado Klement, el batería del grupo de jazz de mi madre.
Cuando lancé las canicas al suelo, una salió despedida mucho más lejos y acabó junto al pie de un hombre que estaba sentado en un banco. Era muy alto y de piel morena. Cuando me acerqué me esperaba con la canica en la palma de su mano. Tenía ojos grandes y oscuros y unas cejas muy pobladas, pero ni un solo pelo sobre la cabeza.
Me devolvió la canica mientras me observaba atentamente con curiosidad. Yo le observé también curioso preguntándome qué estaría mirando. Entonces sonrió:
- me llamo Angelo - dijo en un checo con fuerte acento extranjero -. ¿Y tú?
- Pola - contesté. Ya por entonces sólo mi madre me llamaba Frantisek.
- Bueno, no quería interrumpirte - dijo -, parecía importante lo que estabas haciendo.
- No, ¡qué va! - mentí -. Sólo estoy jugando. - No pensaba contarle mi intuición al primer desconocido. Parecía demasiado interesado. Tal vez quisiera robarme mis secretos.
- Y dime Pola - continuó -, ¿a qué te gustaría dedicarte?, ya sabes, cuando seas más mayor.
- Pues quiero ser piloto de carreras y músico de jazz - le contesté sincero.
- ¡Vaya!, parece muy interesante - comentó riendo -. Pero, ¿por qué cortarte las alas que te llevan al infinito?, ¿no prefieres ser un mago?
- Buenas tardes - oí que mi madre nos interrumpía saludando desde mi espalda. El hombre le contestó cortesmente inclinando la cabeza.
- Venga cariño, ya he terminado aquí. Despídete de este señor, nos vamos.
- Adiós Pola. Ha sido un placer conocerte - se despidió.
- Adiós señor- le dije y corrí a recoger mis canicas. Por desgracia no me dio tiempo a leer ese gran secreto que me iban a revelar.

"¿No prefieres ser un mago?"
Después olvidé ese encuentro pero no esa idea que reaparecía en mi mente de tanto en tanto, primero en mis juegos infantiles, después en otros juegos y ante ciertos pensamientos y experiencias que me adentraban en esa posibilidad. Cada vez lo creía más profundamente. Hasta que encontré a aquellos que me hablaron seriamente de ello. Roman y Aneta. Los conocí al interesarme por unas charlas sobre simbolismo en las que intervenía Roman. Entonces ya tenía veintiséis años y mis intuiciones se habían agudizado mucho.
Ahora ya sé quién era aquel hombre de mirada tan intensa. Era Angelo, el padre de Judith. Y aunque murió cuando ella tenía dieciséis años, de alguna forma esto no impide que charlemos en las breves ocasiones en las que me ha visitado. Angelo heredó la torre de sus padres Oriana y Perret. Judith conoce parte de los grandes planes que tenía respecto a ella porque los dejó por escrito en sus diarios.
Respecto a sus planes sobre mí no dejó nada por escrito. Le gusta ser críptico conmigo a modo de maestro enigmático. Aparece aportando profundidad a ciertos momentos, llamando mi atención sobre su trascendencia. Remarca ese instante para que medite sobre qué puedo aprender de él. Siempre me hace preguntas y no suele responder a las mías. Ya no estoy seguro quién aprende de quién.
La última vez que nos vimos fue una noche junto al mar. Charlamos sobre la naturaleza del tiempo y antes de marcharse me dio una caracola que llevaba en la mano.
No he vuelto a saber de él desde entonces.

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