martes, 16 de diciembre de 2008

La flauta de caña I. Desde las ruinas

Para Abel, quien me habla de los tesoros que aguardan a ser encontrados entre las ruinas.


“Es por la verdad interior como comunican entre sí los elevados conocimientos de todas las sabidurías.”
Henry Corbin

La tarde se presenta solitaria y lluviosa como lo son últimamente casi todas aquí en la Torre. Mientras esperaba en el salón he estado toqueteando el piano de Judith, contemplando las fotos que hay sobre él con los rostros de mis amigos y compañeros, todos aquellos que frecuentaban esta casa y a los que sus quehaceres, la fortuna o el peor de los destinos han terminado por alejar de aquí. Con su ausencia este lugar magnífico que apenas ha comenzado a revelarnos sus misterios empieza a asemejar un templo abandonado: puede sentirse como va desapareciendo la vital impronta de Judith, Onire ya no guarda implacable sus muros y Karel duerme; sobre la piscina en el último piso ya no brota la planta del soma y a la biblioteca casi no acuden consultantes.
Son muchas cosas las que han acontecido y no he tenido la entereza ni la volutad de registrar en este diario, pero París es ahora un lugar más sombrío. Las visitas de Eugen pesan como una losa sobre cada uno de nosotros pues con su olfato infalible ha encontrado la porción de nuestro corazón donde clavar su estandarte. Ahora su presencia genera un terror permanente y al mismo tiempo quiere que pensemos que nos resulta imprescindible; y lo peor de todo es que creo que tiene razón. Me asomo a la terraza veinte pisos sobre el suelo de París y siento como su sombra de serpiente se proyecta sobre toda la ciudad; o tal vez sólo haya velado mis ojos y con ello conseguido que así lo crea:
-Es lo que hacen los demonios -me dice siempre Yué con toda naturalidad-, te ciegan para que no encuentres la ruta hacia ti mismo y alcances el lugar donde ya no pueden tocarte.
Sus palabras me recuerdan también mucho a mi querido señor Istrati.

Yué vino a vivir aquí desde Shanghai y gracias a ella he podido retomar mis clases de esgrima allí donde mi antiguo maestro las dejó. Nos aporta su ayuda y consejo pero –por encima de todo y aunque no me lo haya dicho-, sé que sus maestros la enviaron para vigilar de cerca este lugar, uno de esos enclaves cuya existencia compromete al cosmos. Aunque no quiero entrar por el momento en ese tema.
Pienso ahora en Yué porque cuando observa lo perdidos que solemos encontrarnos sin guía ni maestro sentencia con preocupación: “Aquí los ancianos os han fallado”, y lo dice al mismo tiempo maravillada de que a pesar de su ausencia sigamos enfrascados en cuerpo y alma en nuestra búsqueda. ¿Es esta búsqueda aún así posible? No lo sé. Pero pienso que para embarcarse en pos de la verdad no es preciso creer que alcanzarla es posible, es preciso creer que es necesario.
Considero a mis compañeros mis maestros. Con ellos he vivido todo lo que me ha hecho comprender, pero a la vez comiezan a esperar de mí guía y consejo; y empiezo a temer no ser el hombre que debiera ser. Las fuerzas muchas veces flaquean, pero aunque de esto no hablo con nadie tampoco soy tan iluso como para pensar que no se dan cuenta.
¿Habría sido preferible desapegarme de todo lo que conozco, amo y deseo proteger y marchar hacia oriente junto a Yué a recibir las enseñanzas de sus maestros? Irme lejos en mi propia búsqueda dejando este lugar y a los que aquí moran a merced de Eugen –y de aquellos que son tanto sus adversarios como los nuestros-, olvidarme del destino de todos y de cómo mi presencia o ausencia podría afectarlo, es una idea que va despareciendo de mi mente.
Retomé hace poco mis tribulaciones cuando al leer a Jünger encontré estas líneas en La emboscadura:

“No podemos limitarnos a conocer en el piso de arriba la verdad y la bondad mientras en el sótano están arrancando la piel a otros seres humanos como nosostros. Eso es algo que no puede hacerse ni aunque uno se encuentre en una posición no sólo bien asegurada, sino también superior; y no puede hacerse porque el sufrimiento inaudito de millones de seres humanos esclavizados es algo que clama al cielo”.

Me pareció que difícilmente se podía tener más razón; no debemos salir en busca del espíritu y perder el alma por el camino. Pero contra lo que podríamos pensar no es esta la posición de una mentalidad típicamente occidental o atrapada por la historia, sino la de aquel que conoce el vértigo que ésta nos transmite y quiere alcanzar el lugar de quietud más allá de ella; reconquistar aquello que nos hace genuinamente humanos.
Tiempo y eternidad no son opuestos más que en las mentes de aquellos que no somos sabios. El sabio es aquel que vive en el mundo pero no está limitado por sus categorías, se encuentra simultáneamente en el tiempo y en la eternidad, pues desde su perspectiva su oposición es tan ilusoria como todas las demás.
Se cuenta que la actitud de los maestros taoístas estaba orientada hacia el regreso al mundo. Un distanciamiento de los asuntos y preocupaciones cotidianos podía ser necesario en un principio, pero con el tiempo se les volvía a encontrar entre los hombres “distintos de ellos y sin embargo semejantes a ellos”, encarnando en sí la voluntad del Cielo, habiendo restituido la espontaneidad natural. Es posible que el retorno sea mucho más difícil que el distanciamiento; la prueba definitiva.

Pero aunque sea una situación desfavorable la que hemos heredado, la cuestión es si siempre y aún así podemos encontrar un camino, si es posible, desde el precipicio que parece truncar la ruta, acercarnos a la verdad, aquella que ilumina todo lo que es sabiduría alimentándolo desde dentro. Pues si ciertamente es la verdad, ¿acaso podría ser de otro modo? Debe estar aquí y ahora, en cada uno de nosotros; es nuestro legado inalienable, patrimonio de todos y de nadie, más allá del tiempo, del mito o de la historia, de las formas con las que se viste y de aquellos que las custodian; irradia desde el origen, un origen que no es un pasado remoto, perdido o inalcanzable, sino el eterno principio, el principio que siempre ES y por tanto siempre será accesible por mucho que llegue a ocultarse.
Esto es lo que debo creer, pues ha de ser propio del caósofo percibir, al contemplar las ruinas, no sólo devastación, sino un mundo de oportunidad donde todo espera ser renovado. Sólo nos es posible partir del oscuro punto en que nos encontramos, pero en la oscuridad el mensaje que incita al viaje brilla todavía con más fuerza:

“Despierta y levántate de tu sueño,
y oye las palabras de nuestra carta.

¡Recuerda que eres hijo de reyes!
¡Mira la esclavitud en que has caído!

¡Recuerda la perla
por la que has sido enviado a Egipto!

Piensa en tu vestido resplandeciente
y recuerda tu toga gloriosa

que vestirás y te adornará
cuando tu nombre sea leído en el libro de los valientes

y que con tu hermano, nuestro sucesor,
serás el heredero de nuestro reino.” *


Se dice que aquel que busca es en realidad buscado, que es la verdad quien le encamina hacia sí. Por eso, cuando este mundo parece negarnos la guía de un maestro, en ocasiones es él quien encuentra la ruta para visitarnos desde Otra orilla.

Europa después de la lluvia II, de Max Ernst.

* fragmento del Himno de la perla
.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Sizigia

“Nadie ha visto nunca el alma con los ojos con los que normalmente vemos las cosas de este mundo”.
Henry Corbin


El ángel siempre está presente. He leído que con él formamos la unidad de nuestro ser esencial, unidad que a su vez trasciende –con una paradoja sólo aparente-, la mera individualidad que creemos ser.
Es por el ángel que se cumple en nosotros aquello que afirmó Giordano Bruno al decir que Dios está infinita y totalmente en cada una de las partes del universo, motivo sin el cual no podríamos llamarle infinito. Y sin embargo, aun en nosotros permanece invisible, porque nadie puede ver el alma de su alma “con los ojos que contemplamos las cosas de este mundo”.
Pero el mundo puede ayudarnos a conseguir otros ojos cuando nos brinda signos maravillosos, instantes que son como un tributo a la eternidad en los que la Imagen recobra su brillo primordial.

Hoy mirando al cielo pensé que nuestro gemelo celestial se oculta a la manera de la luna nueva; ésta se pasea cruzando el firmamento a plena luz del día, pero queda velada a la vista por el resplandor del sol. Y sin embargo ella es la única que puede revelarnos su medida, pues es capaz de perfilar su forma en el engarce perfecto durante la sizigia que produce un eclipse total.
Quien haya contemplado este evento sabe que hay un instante en el que el tiempo se desvanece, momento en que aparece ante nosotros un anillo luminoso; el corazón humano se estremece al ver en lo más alto el reflejo de su cavidad más secreta.
El ángel es entonces visible: con una de sus manos toca nuestro pecho y con la otra señala la corona del cielo, océano sumido en la oscuridad preeterna que conjuga la noche y el día. Y apuntando como una flecha al centro nos comunica la certeza:

-“Eso eres tú”- proclama.

Y al fin comprendemos que siempre lo supimos.

martes, 9 de septiembre de 2008

El filo y el dragón

Para Martín

"¡No me golpees más, porque tú eres ahora el que yo era!"
Satapatha Brâhmana (I, 6, 3)

"La oscuridad no puede rechazarse en nombre de la luz porque todo contiene a su opuesto."
Peter Kingsley

Acompañar a Rémi a través de la tupida arboleda, a la luz de la luna y sin saber para qué me había hecho llamar su maestro, no hacía más que espolear mi curiosidad. Había oído contar a Gabrielle muchas veces que en el Bois de Boulogne (el inmenso pulmón verde que conserva París en su lado oeste), los llamados “piel de lobo” tienen por costumbre reunirse, tratar sus asuntos y narrar todo tipo de historias impresionantes: hazañas de sus predecesores, leyendas de gestas fantásticas, antiguas odas que no se registraron en ningún libro, poemas épicos y todo tipo de relatos asombrosos que alternan de la forma más natural con las últimas noticias de lo que acontece en la ciudad. Pero dado su sagrado cometido, estas noticias están muy lejos de lo común, cubriendo el espectro de lo que muy pocos pueden entender y aún menos pueden ver. Así de especial es la misión que les es encomendada desde que reciben la llamada y son iniciados, pues mantienen un trato continuo -que en ocasiones llega al enfrentamiento- con todo tipo de dáimones, espíritus y seres feéricos que, como bien saben, aún se mueven por los bosques y ciudades. Atesoran su tradición, buscan comprender la verdadera profundidad del mundo y tratan de discernir la complejidad y riqueza del entramado de sus influencias. Intentar mantener luego todo en su apropiado equilibrio es el delicado arte al que consagran su existencia.

Cuando alcanzamos nuestro destino (tras un camino que me veo incapaz de volver a encontrar por mí mismo), Rémi se detuvo:
-ya c-casi estamos - explicó con su leve tartamudeo mientras señalaba en dirección a un pequeño montículo-. Sólo tienes que pasar al otro lado.
-¿No me acompañas?- pregunté.
-No Pola. Hoy el viejo quiere hablar contigo a solas.
Al ver mi gesto arqueó las cejas y encogió levemente los hombros para indicar que tampoco conocía el porqué de mi visita.
-Bien, pues gracias por guiarme. Espero que estés por aquí para llevarme de vuelta…
-Sí claro, no te preocupes –sonrió divertido-. Te esperaré “Caperucita” –y cuando estaba a punto de marcharse preguntó-: ¡Ah!, ¿te has acordado de traerle tabaco?
Contesté dando golpecitos al bolsillo de mi abrigo.
-Bien, me quedo por aquí. Cuando terminéis avísame-. Y desapareció de mi vista tras unos arbustos.
Una vez conoces su naturaleza te parece increíble no haberte percatado antes de quién es Rémi, tal es la viveza animal de sus ojos, la agilidad de sus movimientos y lo indomable de la maraña de su pelo; el valiente loup-garou que no cambiaría su peligroso destino por nada del mundo aunque sólo es un muchacho.

A pesar de que ya me había encontrado en otras ocasiones con el anciano, era la primera vez que nos veíamos en aquel lugar. Para ellos es mucho más que un recóndito escondrijo en lo más tupido del bosque, es el enclave apropiado para realizar sus ritos -cualesquiera que sean-, de modo que comprendía la confianza que depositaba en mí y el honor que suponía ser invitado a un sitio como éste. Y una vez le queda claro que entiendes esto -así como el valor de mantener el secreto-, las formalidades y el protocolo están de más con el viejo. Así que tuvimos una amigable charla (eso sí, aunque sentados a la intemperie, no faltó un vino decente), en la que se preocupó muy seriamente de cómo les va a mis compañeros y cómo marcha todo por la Torre. Sé que no tenemos muchos secretos para él, es un gran aliado y es mucho mejor por lo general compartir mutuamente lo que averiguamos, pero hay cosas de las que preferí no hablar. Y aunque al principio pensé que eran imaginaciones mías o tal vez mi propia obsesión por Eugen lo que hacía que las conversaciones parecieran derivar hacia su persona, pronto acabé pensando que tal vez era la aguda astucia del viejo como conversador la que hacía aflorar mis más profundas preocupaciones, aún con mi premeditada decisión de no hablarle de él. O tal vez lo que consigue hacer aflorar es precisamente aquello que más quieres ocultar.
Ahora creo que mis sospechas quedaron confirmadas, pues cuando pensé que finalmente había conseguido eludir el tema y estaba a punto de despedirme dijo:
-aguarda un poco más, joven Pola. Ya que eres tú quien me acompaña esta noche, antes de marchar escucha el relato que recordé para ti.
Pareció divertirle verme tan intrigado. Sin embargo ya no me hizo esperar más y en cuanto me senté de nuevo junto a él me contó esta historia:

Todo el empeño de aquel hombre valeroso se volcó durante largo tiempo en preparar la contienda; ¿para qué otra cosa sino había nacido?, solía repetirse. Por ello viajó sin descanso en busca de los lugares que creyó apropiados para alcanzar su propósito. Estos eran las colinas que una vez estuvieron consagradas a Belenus, a Apolo y tiempo más tarde a San Miguel: los oteros del Sol. Los encontraba siguiendo las leyendas y la guía en que se había convertido -tras haber desentrañado su misterio-, el vuelo de los cuervos. Y si era en verdad digno de ello, supo que en uno de aquellos lugares obtendría el filo definitivo. Debía ser realmente letal, penetrante y luminoso, aquel que haría mella y heriría de muerte a la más tupida oscuridad.

Para forjarlo recreaba en su mente todas y cada una de las cualidades de su adversario, y quiso adecuar cada detalle del arma a su forma monstruosa. Así, lentamente, fue labrando el metal en la fragua de su voluntad. Después lo afiló con las piedras que halló en aquellas cumbres consagradas.

Cuando creyó terminada la tarea regresó a su tierra sabiendo dónde esperar al enemigo. Montó guardia en el antiguo enclave sagrado, apostado junto a la roca que fue colocada cerca del acantilado en un tiempo olvidado. Aunque se encontraba rodeada de un círculo de antorchas que aún se encendían cada atardecer ya nadie salvo él se atrevía a traspasarlo; al acercarse a la piedra su luz crepitante le mostró las profundas marcas que una vez dejara la zarpa de la bestia.
Y en aquel silencioso lugar, temeroso pero absolutamente entregado, esperó.

En cuanto al combate en sí poco pudo después recordar: su inquebrantable decisión, el aliento de la muerte, la responsabilidad de ser quien sometiera al oscuro rostro del miedo, su forma viscosa y vil confundida con las sombras y la extraña sensación agridulce que le dejó la victoria, difícil de comprender a no ser tal vez por el terrible cansancio, el dolor de las heridas y el frío penetrante del amanecer.

Pero este turbador sentimiento le acompañó durante el camino de regreso hasta la aldea. Al llegar quiso pensar en lo reconfortante que sería al fin poder caldearse junto al fuego de la taberna, la anhelada compañía de los otros, pero la inquietud no hizo más que crecer y al abrir la puerta fue recibido por un sobrecogedor y prolongado silencio. Éste quedó roto repentinamente por los pasos del más anciano, el único hombre que se atrevió a acercársele. Entonces, con el tono severo de un padre que reprocha a su hijo las locuras propias de la juventud, le dijo:

-¿Qué has hecho para acabar con el dragón? Ahora todos te temen.

Más tarde, a medida que se adentraba en el bosque, decidió enterrar su arma junto a las raíces de los árboles. Y mientras rendía aquello que pensó definitivo, al fin entendió, abatido, cuan ingenuo fue al no haber comprendido que toda espada al ser forjada es un arma de doble filo.

San Jorge y el dragón, Vittore Carpaccio.

martes, 15 de julio de 2008

Aletheia

Cumplida la hora del lobo el espejo se ensombrece,

Negro más Negro que el Negro, obsidiana oscuridad.

Y yo te pido, ¡oh Noche!, devuélveme los recuerdos perdidos,

quedaron flotando en tu vientre, limbo de las aguas del Lete.

Dame de beber las ondas de la fuente que alcanzan los héroes,

la que mana en el punto de Luz a los pies del Árbol de la Vida.

jueves, 29 de mayo de 2008

Desvanece

Pues no sois sino lo mismo,

Lucero del alba

y Estrella vespertina;

espada negra hendida

y sangre en la brillante herida.

viernes, 4 de abril de 2008

La Serpiente

"Yo soy lo que permanece... ¡El mundo volverá al caos, a lo indiferenciado, yo me transformaré entonces en serpiente que ningún hombre conoce, que ningún dios ha visto!"
Libro de los muertos.

"¡Oh noche, negra nodriza de estrellas de oro! De estas tinieblas han salido todas las cosas del mundo, su fuente y su matriz."
Ireneo Philalethes.

¿Cómo tratar de comprender y expresar aquello que está más allá de la expresión? Hoy se me plantea un reto complicado. ¿Podría intentar explicarme o explicaros qué es lo que empieza a intuir mi pobre entendimiento? Tal vez exista una única vía que sirva a este empeño, pues si es posible una forma de aproximarse a lo que supone el misterio al que nos enfrentamos es sin duda la intuición que nos abre el no saber, la difícil libertad de no tratar de asir nada para que tal vez entonces todo nos sea revelado. Hablo de captar el sentido de lo atemporal, de lo que se encuentra más allá de los conceptos.
Sería posible aproximarse mediante el lenguaje de los sueños, aquel con el que se expresa el arte verdadero, el de la idea en su forma primordial; así es la llave de la puerta a lo inefable, la que encaja en el corazón que siempre ha sabido y simplemente ha olvidado. Esta llave, lo sabemos, es el símbolo, y por ello tal vez pueda, hablándoos del símbolo, llegar a expresar aquello que es fulminante intuición, pues si lo lograra, si llegáramos a aprehenderlo, nos liberaría de los esquemas que esclavizan y limitan nuestra mente. Seguidme pues si queréis ahora que estáis advertidos de que esto no será una explicación ordenada y lógica de claridad meridiana, sino un caótico descenso en busca de la luz que otorga la noche de la nesciencia.

¿Quién es Eugen? Eso es lo que busco comprender: ¿es el Espíritu del Mal?, ¿el demonio manipulador y tentador?, ¿el deliberado justo castigo que aguarda al final del callejón de las bajas aspiraciones humanas? Sí, así lo creo. Y así le gusta hacérnoslo saber. Y sin embargo llega mucho más allá, pues cuando estás en su presencia puedes observar el porte elegante a la vez que desenfadado de su forma humana, el fuego de su mirada, su sonrisa hipnótica y saber, sin lugar a dudas, que realmente prosigue y prosigue, pues es sólo la encarnación de la serpiente cuyo ser se prolonga más allá del alcance de lo visible y de los limitados conceptos de la razón.
Pero, ¿qué es la serpiente? Y aquí es donde deberá comenzar el símbolo.
Es la sombría bestia ctónica, el dragón de las profundidades del subsuelo y a la vez criatura de las aguas; hija del sol y de la luna, bien y mal, aquella que ostenta los terribles poderes de los dioses de la tierra, guardiana de sus tesoros y del fuego de su ciencia. Emerge de las profundidades para traer el veneno y la muerte, pero en ella reside el poder de la vida y la curación, pues es el antiguo dios primigenio, receptáculo de todo germen. Habita las aguas primordiales de las que se producen todas las formas y a las que todo lo que existe volverá por reabsorción. Es la regeneradora, dueña de la matriz del mundo, fuente de todas las potencialidades, del principio vital y de las fuerzas de la naturaleza. Como gran devoradora es la portadora del tesoro sapiencial que llevará a la muerte al iniciado al introducirlo en sus fauces, umbral que conducirá al héroe a los infiernos de donde habrá de retornar transformado. Es llamada negra noche de los orígenes, polo tenebroso del mundo que todo lo anima y todo lo destruye. Por ello en el antiguo pensamiento egipcio, mesopotámico o griego, representaba el mal en cuanto suponía la amenaza que podía llevar al cosmos a su disolución, la enemiga del sol, pero por otro lado era el caos sacrificado para actualizar la creación, la fuerza vivificadora. Y su sabiduría era la de la conciliación del alma y el espíritu. Es por ello que se cuenta que cuando Apolo mató con su flecha a la serpiente Pitón en Delfos, no sólo eliminó de la tierra "la desgracia y perdición de los mortales que viven en este mundo", sino que logró adquirir los poderes oraculares de la bestia mediante su sacrificio, absorbiendo con ello las fuerzas que equilibran el espíritu. Consiguió el fin supremo que constituye la armonía que concilia los contrarios, en este caso, los poderes del cielo y de la tierra. Y así podemos verlo también en el caduceo de Hermes; dos serpientes ascienden enroscadas alrededor de la vara central, doble sentido de intoxicación y curación, y componen la imagen de la dualidad que será finalmente integrada.
La serpiente enroscada en el eje del mundo es una escala que lleva a explorar el poder potencial latente, tanto en el sentido oscuro como luminoso, pues su sendero puede ser tomado de forma ascendente o descendente. Por ello es entendida como benéfica cuando se asocia al Árbol de la Vida y maléfica cuando se encuentra sobre el Árbol de la Ciencia; su naturaleza es la de aquello que hace ascender la esencia vital por el tronco del Árbol del Mundo pero que, al mismo tiempo, corroe incansable sus raíces.
Sin embargo, nuestra interpretación demasiado simplificadora y dualista del bien y del mal rompe el equilibrio y lleva a la serpiente a encarnar para nosotros sólo aquello que nos repugna. Y se convierte sólo en muerte, sólo en oscuridad.
Pero, ¿sería posible acercarse a ella buscando sus tesoros sin olvidar en ningún momento que es todo esto y mucho más de lo que soy capaz de expresar? ¿Es posible encontrar en ella la fuente oscura de la luz que nos ayudará en nuestros propósitos? Muy difícil de imaginar cuando cada una de las visitas de Eugen se convierte en un terremoto para el alma en el que siempre recibes más de lo que esperabas y creedme, convertir lo que te ha otorgado o arrebatado en algo provechoso es un arte realmente difícil de manejar.
Pero aunque es terriblemente peligroso hablar con él (en su presencia cobra un sentido profundo aquello de "cualquier cosa que digas podrá ser usada en tu contra"), estoy empezando a entender que por él pasa la comprensión y tal vez la cura de un mal que a diferencia de Eugen, tal vez no tenga cabida en este mundo. Y es que es duro pensar que existen peligros mayores que el diablo. Pero así ha resultado ser.

jueves, 28 de febrero de 2008

El Espíritu del Mal

"La voluntad del Pensamiento Supremo era que el hombre, tras ser castigado con la muerte por haber probado el fruto del Árbol del Bien y del Mal, conservara su libre albedrío, para poder elevar poco a poco los mundos inferiores al Trono, a la altura de aquellos que se encuentran inmediatamente por encima de él. El libre albedrío no hubiera podido existir sin el demonio que incita al mal. He aquí pues, porque la Sekinah prefiere sufrir la invasión de los demonios que la hieren como la punta de una aguja, a dificultar la eterna felicidad de los hombres."
El Zohar (II, 117b)


Mientras subíamos juntos el escarpado sendero que lleva hasta las ruinas del torreón que perteneció a sus antepasados, Emil Istrati se detuvo sin resuello. Se quitó su extravagante sombrero de ala ancha, secó el sudor de su frente con un pañuelo y en cuanto recuperó el aliento respiró hondo para exclamar alegremente con su peculiar francés:
- ¡Caramba! ¡Ahora recuerdo por qué aprendí a teletransportarme!

Que se hubiera convertido en un personaje popular en ciertos ámbitos por su excentricidad, su erudición, su generosidad como mecenas y su poco habitual costumbre de darse a conocer en público como un mago, no era lo que me había llevado a viajar a Rumanía para conocerle. Tampoco que hubiera construido su casa siguiendo los planos de Uraniborg, la mansión palaciega que el célebre astrónomo Tycho Brahe construyó en 1580 en honor a la musa de la astronomía y que se convirtió en un importante centro de estudios en su Dinamarca natal. No soy tampoco uno de esos estudiosos que se gana su estancia aquí, este apacible lugar entre bosques y montañas donde consultar ciertos libros, escribir los propios u observar las estrellas. Ni tampoco un periodista que quisiera una demostración de la prodigiosa habilidad para recordar que había desarrollado Istrati siguiendo el antiguo Arte de la Memoria. Lo que me había traído hasta él y había hecho que también se interesara en conocerme, era la existencia de un "amigo" común; el terrible visitante esporádico a quien ambos habíamos tenido el honor de conocer: aquel que se hace llamar Eugen.
Istrati es un hombre de grandes inquietudes que, a la manera del doctor Fausto, había practicado la medicina en su juventud, después se había interesado por la filosofía, más tarde había estudiado teología hasta que finalmente, un día, pensó que no sabía realmente más que antes. Tal vez por esto había llamado la atención de nuestro Mefistófeles particular, quien según me contó Istrati, se presenta en el umbral de su casa de tanto en tanto desde hace varios años. Siempre de trato escrupulosamente educado, siempre correcto, Eugen suele llegar al caer la noche alejándolo temporalmente de sus meditaciones, sus estudios o sus trabajos en el laboratorio alquímico. Requiere su hospitalidad y su atención y mantiene largas conversaciones con él sobre los más profundos temas:
- pues ya se sabe que el diablo cuando quiere es un gran teólogo - me comentaba mientras reemprendíamos la subida.
Cuando decide quedarse en la casa, Istrati manda preparar para él la habitación que en el Uraniborg original se había construido para hospedar al propio rey Federico II, y mientras Eugen descansa plácidamente, su anfitrión pasa el día pidiéndole a Dios discernimiento para eludir las trampas que le va tendiendo implacable, casi imperceptiblemente, desplegando la más aguda habilidad para descubrir todos sus miedos y anhelos. También suplica fortaleza para, sin ceder a sus proposiciones y manteniéndose firme, tratarlo siempre con el mayor de los respetos, pues si te muestras orgulloso sientes como se agita la cólera que vive en él y si lo estima oportuno, te devuelve la humildad aniquilando aquello que más amas:
- como dijo acertadamente Gérard van Rijnberk: "uno no trata de igual a igual con las fuerzas de la Nada" - comentó Istrati con un suspiro.
Cuando alcanzamos la cima del torreón, nos sentamos junto a una ventana desde la que se veía un precioso valle en el que el sol hacía brillar un mar de niebla matinal. Tras unos minutos de silencio contemplando aquel paisaje glorioso continuó:
- yo sólo puedo ofrecerte mi humilde consejo Pola. Tú deberás valorar según tu fe y tu entendimiento, pero en cualquier caso, es necesario si tratas con él no andar totalmente perdido; debes mantener siempre la vista y el corazón centrados en lo único importante.
Me miraba fijamente con sus pequeños y brillantes ojos cerciorándose de que le iba a escuchar con atención. Cuando le conoces es verdaderamente llamativo el candor que transmite su mirada, más propio de un niño que de un hombre cerca de los sesenta.
Entonces se levantó y dijo con el aire teatral que le caracteriza:
- compartiré contigo estas palabras; pertenecen al Zohar y trasmiten una gran verdad - y tras cerrar los ojos y hacer una pausa, comenzó a recitar:

- "Todo lo que el Santo, bendito sea ha hecho Arriba y Abajo ha sido con el objeto de proclamar Su gloria; no lo ha hecho sino por satisfacer Su voluntad. ¿O acaso puede imaginarse un esclavo volviéndose contra su amo y contradiciendo su voluntad? Por lo tanto, el Espíritu del Mal satisface la voluntad de su dueño.
Esto es comparable a un rey que tenía un único hijo al cual quería mucho. Le aconsejó que no se acercase a ninguna mala mujer, pues sería indigno de entrar en el palacio real. El hijo prometió cumplir con la voluntad de su padre.

Fuera del palacio había una cortesana de gran belleza física y elegantes movimientos. Se dijo un día el rey: "quiero comprobar si mi hijo me obedece." La llamó y le dijo: "procura seducir a mi hijo pues quiero comprobar hasta dónde es capaz de obedecerme." La cortesana se dispuso, pues, al seguir al hijo del rey, lo abrazó, le besó y, en fin, empleó todas sus artes de seducción. Pero el príncipe se contuvo dignamente y siguió el consejo de su padre; no la escuchó y la rechazó. Entonces el rey se regocijó enormemente con su hijo, le mandó entrar en palacio y lo colmó de presentes y de gloria.
¿Cuál es la causa de la gloria de su hijo? ¿No es acaso la cortesana quien merece ser elogiada por partida doble; por un lado porque no hizo sino obedecer las órdenes del rey y por otro, porque ella es la causa de todas las mercedes con las que el rey colmó a su hijo? Por esa razón el Ángel de la Muerte, que es el mismo que el Espíritu del Mal, es calificado "muy bueno", porque causa mucho bien a quien escucha la voz de su maestro."


Como ves él tiene su propio papel, sometido como todo a la Justicia universal - explicó volviendo a su tono habitual -. Y es muy importante recordar el peligro en el que se adentra el insensato que quiera desviar las fuerzas que representa según sus propios designios: aquel con ciertas aspiraciones será un juguete en sus manos; aquel que crea que puede dominarlo se convertirá en su desdichado servidor.
Volvió a sentarse junto a mí y mientras preparaba su pipa prosiguió:
- no olvides nunca, ¡nunca!, que él es el Tentador, el dragón que guarda el gran tesoro, la serpiente que tratará de mantenerte encadenado a todo lo contingente. Te hablará, te engañará, te cegará para que no encuentres el camino de la inmortalidad. Pero debes recordar que tú sabes dónde hallar ese camino, pues el Edén siempre ha estado muy próximo, sencillamente oculto en el centro de todas las cosas - y poniendo la mano en el pecho sobre su corazón continuó con la voz algo más baja -. Aquí arde el fuego secreto, la chispa de la Luz inteligible, la llama del Verbo creador en cada cosa creada; esta es el agua ígnea imperecedera, el disolvente universal que resolverá todos los contrarios. Este lugar es llamado el Santo Palacio, la Estación del Resplandor, el punto donde se refleja la Actividad del Cielo. Allí es donde se produce la intersección del microcosmos y el macrocosmos donde el ser humano recobra la eternidad perdida, su dignidad primera. En él reencontramos el manantial que brota a los pies del Árbol de la Vida, pues como escribió Angelus Silesius: "el plomo se cambia en oro, el azar se disipa cuando con Dios, soy cambiado por Dios en Dios." Y Eugen está aquí para impedir tu viaje de regreso. Así que recuerda esto: mantén tu atención en lo único importante - y mientras encendía la pipa terminó diciendo -, pues debes tener en cuenta que él jamás, ¡jamás! lo olvida.

Pasamos el resto del día charlando de múltiples cosas. Me mostró su esmerado jardín de setos esculpidos con intencionadas figuras geométricas, su laboratorio, sus instrumentos para observar el cielo, su biblioteca. Tuve la ocasión de conocer a algunos de sus invitados, de asistir a una de sus lecturas y después pasear por el bosque cercano que se extiende hasta los pies de los Cárpatos.
Tras una suculenta cena en el salón me despedí para marcharme a la habitación que se me había asignado. Pero antes de alcanzarla me detuve frente a la puerta de la estancia preparada para el rey, sintiendo muy sutilmente el escalofrío que provoca la presencia de Eugen. Cuando casi me había decidido a girar el pomo, me di cuenta que Istrati había subido las escaleras tras de mí y me observaba en silencio con atención.
- Una última cosa querido Frantisek - dijo entonces acercándose y poniendo la mano sobre mi hombro -: no permitas que él te conozca mejor de lo que te conoces tú mismo; amigo, debes ser absolutamente sincero, y si te descubres un día anhelando una de sus visitas debes de estar totalmente dispuesto a saber por qué lo haces o prepararte tal vez para perderlo todo. Buenas noches.
Y despidiéndose con uno de sus corteses ademanes se marchó por el pasillo camino a su habitación.

Tardé muchísimo en dormirme aquella noche. El silencio absoluto de aquel paraje parecía aumentar el volumen de mis pensamientos, y rememorando todo lo que había sido el día, recuerdo que pensé que Istrati estaba en lo cierto, que era un hombre valiente de ánimo incólume capaz de hacer brillar con la luz de la santidad la cosa más oscura. Y sin embargo me parecía que su visión tal vez no abarcaba más que una de las caras del prisma de lo que Eugen es. Me descubrí pensando en indagar más allá para tratar de entender las otras facetas; debía tener una visión más completa para no precipitarme en ninguna decisión de la que pudiera arrepentirme siempre, pues es difícil evaluar todo lo que está en juego cuando él está cerca.
Sin embargo, también recuerdo que antes de dormirme pensé, recordando la advertencia de mi anfitrión, que tal vez ese afán de encontrar otros sentidos no era más que la excusa que había escogido para ocultarme a mí mismo por qué en ocasiones, pese al profundo temor que siento, me descubro inquieto anhelando sus visitas en secreto.

miércoles, 23 de enero de 2008

El "plan"

"Por desgracia, a veces ocurre que aquellos que creen combatir al diablo, sea cual fuere la idea que se hacen de él, se ven así, con la mayor sencillez y de manera imperceptible, convertidos en sus mayores servidores."
René Guénon


Desde que vivo en París y mis ojos están más abiertos, he ido comprendiendo cómo en muchos aspectos este lugar es un enclave muy especial, un semillero del que surgen las más variadas ideas. Aquellos que han comprendido o intuido la particular fuerza que posee el espíritu de esta ciudad y han tratado de utilizarlo o domesticarlo según sus propios designios, pueden haberlo conseguido con mayor a menor resistencia, mayor o menor fortuna, pero si lo han hecho, sus logros se propagan hacia el resto del mundo, afectando profundamente en ocasiones al devenir de la humanidad.
Pero el orden humano y el orden cósmico no son realidades separadas; reaccionan y se reflejan el uno en el otro imbricados hasta lo más profundo en una íntima correspondencia.
Y es que existe en este lugar un caos vivo de potencialidad terrible. Mora en lo profundo y a veces camina por la superficie. Se regocija con los ciegos que lo invocan inconscientes y ante los locos que creen comprender y controlar su naturaleza. Él se burla del cosmos con su sonrisa de serpiente y pasea por París -que dice le pertenece-, sabedor de que muy pocos pueden ver lo que esconde su rostro de joven encantador y son aún menos aquellos que podrían siquiera soñar con oponérsele. Y esta ceguera e incapacidad son parte de lo que esta ciudad ha contribuido a extender por el mundo. París no es el núcleo de todo, pero sí ha jugado un papel considerable convirtiéndose en un centro importante del nacimiento y desarrollo del pensamiento moderno.

¿Por dónde empezar? ¿Cuál es la causa de la inconsciencia ante la presencia de un ente como este y de todo lo que representa? Un ser humano reducido a simple espectador a quien se ha privado del uso de las facultades que le permiten rebasar las barreras de lo meramente sensible y establecer una conexión con aquello que pertenece al ámbito de lo espiritual. Pero, ¿cómo atrofiar un sentido tan profundo? Consiguiendo que toda su atención y todo aquello que pueda realmente concebir se restrinja a sus sentidos; un universo reducido a la materia y una materia despojada del alma que la conecta a todas las cosas de este y otros mundos.
Esta concepción materialista está fundamentada en el racionalismo, llevando a sus últimas consecuencias el dualismo que introdujo la filosofía de René Descartes y que separó e incomunicó el cuerpo y el espíritu. Relegado el espíritu a una trascendencia inalcanzable, la atención de la mente moderna debía centrarse únicamente en aquello meramente corpóreo y mensurable, desvinculándose de todo lo que perteneciera al ámbito de lo sutil.
La ideas de Descartes se propagaron en gran medida gracias a la labor de difusión de su amigo y consultor Marin Mersenne, miembro de la austera orden de los Mínimos y también científico. Mersenne mantenía una abundante correspondencia con la intelectualidad de la época como científicos de la talla de Galileo, Fermat o Huygens. Fue un apasionado defensor del racionalismo cartesiano así como detractor de la concepción del Alma del Mundo, lo que le llevó a un largo enfrentamiento intelectual con Robert Fludd.
El desarrollo del racionalismo corrió paralelo a la reforma que Richelieu comenzó en Francia y que desembocó en el desmantelamiento del poder feudal de la nobleza y la instauración de la monarquía absoluta. En París su política y la de sus sucesores el cardenal Mazarino y Jean-Baptiste Colbert, llevó a cabo una profunda remodelación urbana. No sólo se alumbró, pavimentó y ensanchó el trazado de las calles, sino que se produjo todo un cambio en la mentalidad sobre la función del espacio público que comienza a consagrarse a la mera circulación, relegando otro tipo de actividades antes públicas al ámbito privado y familiar. Se persigue y encarcela a aquellos considerados marginales, como los que formaban la llamada corte de los milagros, y la planificación urbana comienza a tener un importante papel en la ordenación de la vida y el control de los ciudadanos por parte de la policía y el ejército.
¿Qué clase de fundamento había encontrado la filosofía de Descartes para tener tal aceptación y desarrollar tanta influencia desde entonces hasta hoy? El cambio que en el espíritu de la época y las costumbres habían propiciado tanto la Reforma protestante como la Contrarreforma producida como respuesta por parte de la Iglesia Católica.
La Reforma no pretendía liberar al individuo, sino restablecer el rigor y el orden que el cristianismo había perdido por los desmanes de la iglesia. El protestantismo introduce un profundo rechazo a la cultura del Renacimiento que considera pagana y produce una censura radical de la cultura hermética y neoplatónica que, incorporada al cristianismo, exaltaba la Imaginación como sentido interno que permitía al ser humano aprehender las realidades del espíritu. Era éste el lugar de manifestación de dáimones y dioses. Todas las artes y las ciencias basadas en esta concepción comienzan a ser consideradas juegos diabólicos y a ser perseguidas. La Contrarreforma de la Iglesia Católica, lejos de defender la visión del Renacimiento, se afana en el rigor como Lutero, Calvino o los puritanos ingleses y pone al servicio de su persecución a la Inquisición.
Con esta revolución comienza la aniquilación del mundo del Alma, el reino intermedio que pone en comunicación la realidad sensible con el mundo supraceleste del espíritu, perdiéndose el puente que los conecta y con ella el "ojo espiritual" que supone la escala hacia lo trascendente. Se constituyeron así las bases de la cultura occidental moderna, relegándose cualquier otro tipo de concepción a la marginalidad.
Conscientes aquellos que son sus adalides de que a pesar de todo esfuerzo por controlar y uniformar el pensamiento y el comportamiento humano siempre es posible que se produzca una reacción ante la extirpación de algo tan fundamental, se ejerce el control férreo de la propaganda y no sólo se diseñan las normas, sino las normas para transgredir las normas, procurando reconducir a los descontentos hacia ámbitos inofensivos para el poder. Una forma eficiente de debilitar algo peligroso es convertirlo en una moda y pasar a controlarlo, vaciándolo de cualquier sentido profundo que pudiera tener para dejar en todo caso las formas externas. Se pervierten los mensajes e incluso el sentido de las palabras que poco a poco pasan a no significar casi nada.
Y estos tecnócratas o ingenieros sociales son muchas veces inconscientes de las fuerzas que manejan y que apenas entienden, sirviendo a influencias que ni siquiera son capaces de concebir. Mientras, éstas les observan con una sonrisa en la boca y un profundo convencimiento de que este mundo les pertenece.

Así es el gesto de la serpiente que a veces pasea por la superficie de la ciudad. Debe tener muchos nombres. Ante mis compañeros y ante mí se presenta como Eugen. Habla con nosotros sabedor de que somos capaces de percibir el fuego contenido tras sus ojos y va tejiendo sutilmente su influencia a nuestro alrededor aún no sabemos con qué intenciones. Comprender en la medida de lo posible quién es y qué es lo que quiere ocupa gran parte de mis pensamientos. Jamás creo haberme embarcado en nada más peligroso y difícil, pero sé que él encarna un secreto fundamental; sólo espero tener suficiente sabiduría como para no perder de vista el gran camino, si llego a acercarme demasiado a los senderos tortuosos.


miércoles, 2 de enero de 2008

Elixir

Quintaesencia,
lo primero y lo último,
Caos, raíz del mundo.

Los despiertos la perciben;
los conocedores la toman de lugares donde mana;
los que han comprendido la toman de cualquier lugar,
pues su fuente no mana de ningún sitio
sino de todo sitio;
su agua siempre ha existido
y es nueva;
si ahora fluye aquí
no ha sido desviada de ningún otro lugar;
recién creada a la vez que eterna e inagotable,
al amanecer recogen su rocío
en los campos de la eternidad.
 
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