viernes, 20 de abril de 2007

Karel

Hay una habitación en la torre diferente a todas las demás. Recuerdo mi impresión la primera vez que la vi.
Hacía un par de semanas que me había instalado en París y una mañana temprano decidí ir a casa de Judith con el propósito de explorar con tiempo hasta el último rincón, ya que ocupa nada menos que las ocho plantas superiores del edificio más la sala de la piscina sobre ellas. Cuando llegué no parecía haber nadie así que la soledad acompañó a la lluvia para crear el perfecto ambiente de misterio.
Decidí dejar para el final la increíble biblioteca de planta octogonal que ocupa los cinco pisos inferiores y comenzar con la vivienda. El enorme salón con el piano y la cocina dominan la planta principal y el resto son habitaciones que compiten por ser la más bonita y acogedora. Subí así, abriendo cada puerta y recreándome con su interior, hasta que me paré frente a una de ellas. Era muy diferente al resto: recia, de madera oscura y aire muy antiguo. Sostenía una aldaba de hierro forjado con la figura de un dragón y su pomo y su cerradura eran muy elaborados. El dragón me miraba fijamente y ya se sabe que suelen ser guardianes de fantásticos tesoros. Intrigado, pegué la oreja a la madera y no me pareció que se oyera ningún ruido. Sonreí excitado al comprobar que al girar el pomo la puerta se abría sin problemas y aunque apenas crujía la moví muy lentamente, pues sentía que era así como debía ser abierta. En cuanto pude me asomé a su interior y debo decir que superó con creces lo que había imaginado.
Una habitación de unos cuarenta metros cuadrados te transportaba a otra época. Era el siglo XVI, tal vez XVII. Grandes vigas de madera sostenían el techo. Fuertes muebles artesanales, una cama con dosel al fondo, estantes con objetos de vidrio de bohemia, un gran globo terráqueo con pie en el suelo, una mesa llena de papeles, libros, una preciosa pluma granate junto a un tintero y en un rincón, sobre un atril dorado, un búho real que parecía dormido.
Me aseguré al entrar de que la puerta no se pudiera cerrar por accidente; temía estar viajando en el tiempo y que si se cerraba no podría volver al presente. Me acerqué de puntillas al búho y vi que efectivamente estaba dormido. Era grande, enorme a mis ojos, y en el atril había un nombre grabado: "Copérnico". Llamó mi atención que sobre la mesa habían unas anotaciones tomadas con tinta y pluma sobre un papel; con la más bella letra renacentista, alguien había apuntado direcciones de páginas web de astronomía. Sobre la mesa también había una funda de violín y partituras.
Apoyado en el suelo descubrí un gran arcón, pero cuando estaba a punto de abrirlo oí un ruido unos metros a mi espalda. Al volverme me di cuenta de que no había comprobado si había alguien en la cama, ya que de ser así las delicadas telas del dosel lo habrían ocultado. Me acerqué y las aparté con cuidado. Entonces encontré a una criatura maravillosa.
Su pelo dorado se extendía por la almohada enmarcando un rostro blanco y delicado. Parecía tener si acaso veinte años. Si era una muchacha sus rasgos eran hermosos, dulces y apacibles. Si era un muchacho también. No podía asegurarlo. Y aquel ángel, pues sólo podía ser un ángel, dormía plácidamente con un camisón blanco de aspecto tan antiguo como el resto de la habitación.
No sé cuanto tiempo pasé contemplándole, pues estar allí junto a su cama, escuchando la lluvia y su respiración era como un sueño. Creo que se me había olvidado incluso que podría despertar cuando de repente lo hizo. Sus ojos almendrados se abrieron y vi que eran de un azul intenso que brillaba de forma especial porque parecía contener pequeñas estrellas.
Al verme se ruborizó y preguntó en un francés muy peculiar:
- ¿quién sois? - con su voz tampoco pude averiguar si era o no una chica.
- Discúlpame - contesté algo apurado -, soy Frantisek Pola, un amigo de Judith. ¿Quién eres tú?
- Mi nombre es Karel de Budejovice - respondió mientras se incorporaba -. Es un placer conoceros caballero - y acompañó su cortés presentación con un ligero inclinamiento de cabeza.
- Karel - repetí un poco decepcionado de que al final fuera un muchacho -, un placer igualmente.
Me ofreció asiento y me pidió que esperara mientras se vestía. Después charlamos largamente sobre multitud de cosas.
También era de Bohemia. Conocía a Judith desde hacía casi un año y ella había pedido que decoraran la habitación así expresamente para él. El búho se llamaba Copérnico y me explicó que no le pertenecía, sino que siempre había acompañado a su maestro y ahora había decidido acompañarle a él. Me contó que era un astrónomo, lo que a su modo de ver incluía ser astrólogo y estaba absolutamente maravillado con las teorías de cosmología que había leído en "esa increíble biblioteca universal" que según sus entusiastas palabras era Internet:
- un universo en expansión, ¡y lleno de mundos como propuso Giordano Bruno! - me explicaba con los ojos muy abiertos.
La pregunta desde luego era de dónde lo había sacado Judith. Entonces me contó lo más increíble.
Nació en 1581, pero una desgracia le aconteció al resto de discípulos de su maestro y a él cuando realizaban un hechizo para el que se habían preparado largo tiempo.
Era el año 1600. En la fantástica Praga de Rodolfo II ser mago era un oficio, por algo se le llamaba el emperador de los alquimistas. Su maestro les había infundido el espíritu de la época; la creencia de que estaban cerca los tiempos en que se revelarían los muchos secretos de la naturaleza, la justicia y la verdad brotarían de la tierra y del cielo y el conocimiento sería patrimonio de todos. Arrebatados por ese ideal decidieron invocar a un mensajero del Señor, abrigando la esperanza de que les otorgaría la sabiduría y los dones para alentar en los hombres esa búsqueda. Y así lo hicieron: la noche propicia, a la hora propicia y con los elementos propicios invocaron a aquel ente por su nombre. Y se presentó. Karel describía la visión con metáforas de gloria, calidez y luz. Dijo que contemplar su rostro le otorgó una profunda comprensión. No habló, pero su mirada les hizo entender que no existen palabras mágicas o atajos para lograr el despertar humano, la libertad de su espíritu así lo procura. Alentar esa búsqueda es la titánica tarea que Dios impone a sus enviados. Su infinita compasión les dio fuerzas para continuar con su misión y la ingestión de sus lágrimas les otorgó la vida eterna. Pero después, apenas salían de su trance, un antiguo enemigo les atacó y aunque Karel no murió, durmió durante siglos. Uno de sus compañeros, Pieter, también sobrevivió y cuidó de él mientras vengaba las muertes de los otros. Cuando la torre fue construida lo dejó dormido, protegido en una sala secreta.
Al encontrar aquella sala, Judith, Gabrielle y Aníbal lo encontraron dormido pero lograron despertarlo. Desde entonces Karel vive y aprende en este lugar, un templo sagrado de magia y conocimiento.

Y es por eso que entre las maravillas de la torre contamos con nuestro propio ángel, pues es evidente que quedó vinculado con aquella criatura que les visitó.
Evidente por completo cuando toca en su violín la música que escucha en sus sueños; la música de las esferas.


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