miércoles, 25 de abril de 2007

La Señora del Laberinto. El porqué de mi viaje a Cnosos

Varias son las razones que me llevaron a proponer que debíamos viajar a las ruinas del antiguo palacio de Cnosos en la isla de Creta. Y como suele ocurrir con los misterios, la más poderosa era aquella más oscura, más cercana a la intuición y a la fascinación por una imagen. Esta imagen era la del laberinto. Su sola forma es la promesa de la existencia de un tesoro sagrado, cuyo camino tortuoso guarda a modo de cerradura y de llave.
Todos conocemos más o menos el mito de Teseo y el Minotauro. En esta historia el laberinto de Creta era una construcción encargada a Dédalo por el rey Minos para encerrar en su interior al Minotauro. Teseo (hijo del rey de Atenas, ciudad a la que el rey Minos exigía la entrega de jóvenes con los que alimentar a la bestia), es capaz de adentrarse en el laberinto, matar al Minotauro y encontrar la salida gracias al hilo que le entregó Ariadna, la hija del rey Minos, quien se había enamorado de él.
Este es el mito griego que ha prevalecido en el tiempo. Sin embargo, sugiere Homero en la Ilíada una versión mucho más indicativa del legado de la antigua civilización de Creta.
Para los antiguos cretenses (hablamos de la civilización minoica que existió entre el 3000 y el 1200 a.c.), Ariadna no era la mortal hija de un rey, sino la señora del inframundo o señora del laberinto, pues era el laberinto, representado a modo de espiral, una imagen de su reino. Y esto es de lo más significativo, ya que si el laberinto representa al reino de los muertos, entonces, a pesar de sus dificultades y la trampa que suponen sus meandros, existe un importante detalle que cambia radicalmente su naturaleza; se puede salir de él. Ahí se oculta el gran regalo de la señora del inframundo a la humanidad.
Ariadna (ari-hagne que significa "la purísima"), decidía quien podía entrar en su reino y volver. Concedía el don de vivir la muerte como una iniciación y no como un final. Como una transformación.
Cuenta este mito antiguo -según explica Karl Kerényi en su libro "En el laberinto"-, que lo que Dédalo construyó en Cnosos era una representación de su reino para que Ariadna bailara. Y en esta danza del laberinto se encontraba el gran misterio de la comprensión del sentido de la línea que retorna sobre sí misma; el camino de regreso insinuado como danza, vivido como danza y simbolizado por la espiral.

Por detrás de este gran reclamo, de la sola idea de poder encontrar cualquier indicio de las enseñanzas de Ariadna, habían otras razones que me llevaron a sugerir el viaje.
Primero estaba el hecho de que de algún modo que debíamos determinar, nuestra torre está relacionada con Cnosos. Era una leyenda sobre una mítica construcción en Cnosos en lo que se basó Perret para diseñar el edificio. En sus planos y anotaciones figuran palabras en lineal A (el idioma antiguo de la creta minoica que permanece sin descifrar). Fueron grabadas en el forjado, pero no nos consta si Perret conocía su significado. Respecto a ellas, Onire dice que es de lo que se encarga de cuidar, pero para ella parece tratarse de algo inconsciente porque al mismo tiempo responde que no sabe lo que significan. Luego tenemos el gran misterio del origen del cable. Aunque Oriana y Perret lo trajeron del Tíbet quien sabe si su origen estaba allí. Yo apostaba a que no.
Y por último, y no mucho menos importante, es que desde que visité con Olympia la casa de sus padres, las islas del Mediterráneo son el paraíso para mí. Así que, como mínimo, nos daríamos una vuelta por el paraíso.
Con toda esta maraña de ideas preparamos el viaje Gabrielle, Elyse y yo; provisiones, equipo de acampada, linternas, cuerda... y algo que reservábamos para una ocasión que lo mereciera; extrajimos el jugo de la planta del Soma. Si había que danzar, lo haríamos bajo la influencia de la embriaguez más sagrada. Era un líquido de un rojo intenso, como sangre con luz en su interior.
Y por si la danza nos llevaba más allá, decidimos llevar miel. Como podía leerse en una antigua tablilla de Cnosos, la ofrenda debía ser "un vaso de miel para la señora del laberinto".
Había llegado la hora de ir en su busca.

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