martes, 6 de marzo de 2007

Encuentros con Judith

Que uno no sea un tipo creyente al uso no impide que pueda sentir la fuerza que emana de lo sagrado, sea un lugar, un momento o una persona. La torre que habitan mis compañeros y maestros aquí en París es un lugar más que especial; un eje del mundo, un pilar del cosmos en el que crece el árbol del soma. Un templo al fin y al cabo. Pero cuando se me muestra con total claridad es cuando llego de madrugada y encuentro a Judith en el salón, relajada, oyendo música y leyendo; deja el libro sobre la mesa en cuanto repara en que he entrado; me dedica su increíble sonrisa, un saludo y un beso; me ofrece un trozo de tarta o un té y se sienta junto a mí deseando saber en que andan mis quehaceres, mis pensamientos y mi corazón.
Y tú eres el chico que charla con su mejor amiga, con su mejor amante.
Y la escena reverbera más allá del tiempo.
Y tú eres el héroe que se detiene a reposar en el templo de la mano de Afrodita.

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