miércoles, 28 de marzo de 2007

El templo inconcebible

Según la leyenda, antes de la llegada del budismo al Tíbet, numerosos dioses y demonios habían creado y mantenían el mundo. Habitaban en incontables lugares, como los cielos, la tierra y terribles laberintos subterráneos. Cuentan que en el siglo VIII, el rey Khri Srong-lde'u-btsan, admirado por la fuerza civilizadora del budismo en los territorios vecinos, envió emisarios a la India en busca de los hombres más sabios que ayudaran a establecer dichas creencias en su tierra.
Fue así como el tantrica llamado Padmasambhava llegó al Tíbet y comenzó la construcción del templo inconcebible, el cual representaba el monte Meru, la montaña del mundo. Sin embargo no le fue fácil; los demonios destruían por la noche lo que se edificaba durante el día. Para concluir la obra, Padmasambhava puso a trabajar a los espíritus locales y se sirvió de su clavo mágico kila para dominar a los espíritus malignos de la tierra. Una vez el templo se concluyó, lo consagró con ritos del clavo mágico para garantizar su perdurabilidad en el tiempo.

Fue en las tierras del Tíbet donde Oriana Cannizzaro y Perret, los abuelos de Judith, encontraron en uno de sus viajes de exploración las ruinas de un templo. Perseguían otra leyenda según la cual en el Tíbet se encontraba el lugar que guardaba la sabiduría que un día albergó el templo de Cnosos en la antigua Creta, donde se ha querido ver la sede del mítico rey Minos, padre de Ariadna.
Fue entre las ruinas de ese templo recóndito y olvidado donde, según los diarios de Oriana, encontraron el increíble artefacto que nosotros conocemos como "el cable". Un material trenzado cuya oscura procedencia se pierde en el tiempo (tal vez sea el mismísimo tiempo trenzado). Fue colocado por Perret desde el subsuelo hasta la última planta de la torre que construyó. A la manera de un poderoso árbol recolecta la energía, la quintaesencia que recorre la tierra, canalizándola hasta la última planta donde se encuentra la piscina, que más bien deberíamos llamar estanque sagrado, atalaya conectada con todo lugar y todo tiempo, treinta pisos sobre el suelo de París.
Este fue el principio de una búsqueda que abarca generaciones; desde Oriana y Perret, pasando por Angelo, su hijo, hasta nuestra Judith.
Comprender todos los misterios y posibilidades que esconde esta construcción y encontrar los conocimientos perdidos que Angelo quería ser capaz de imaginar, me animaron a aventurarme a marchar hasta el Tíbet. Quería contemplar el enclave del antiguo templo, observar y tratar de comprender. Acompañaría a alguien decidido a encontrar el clavo con el que someter a los demonios.
Todo lo que allí aconteció será explicado a continuación.

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