- Mientras tú estés conmigo estaré seguro de que no me disolveré por completo y todos me olvidarán - dije mirando a Olympia a sus profundos ojos.
Me despedía de ella tras acompañarla como muchas otras mañanas hasta la puerta de la universidad. Mientras sonreía me acarició la cara e hizo un gesto con la mano como sacando el corazón de su pecho para guardarlo en el mío:
- sujétate a esta roca amor mío - y me dio un profundo y cálido beso.
Después se alejó con su caminar ligero y la contemplé maravillado hasta que desapareció tras una esquina.
Decidí pasear durante el resto de la mañana y experimentar esa calmada extrañeza que me acompaña desde que volvimos de Creta: la sensación de estar anclado con más fuerza al mundo pero como disuelto en él, fundido.
Caminaba entre la gente sintiéndome lejano y sin embargo conectado, como si los conociera profundamente. De alguna manera me reconozco en cada uno de ellos, pequeñas fuentes de la corriente subterránea.
Entré en una bonita cafetería inundada con una luz muy apacible. Imaginé cual era la silla que me correspondía en una especie de intuición. Me senté y al mirar alrededor vi que tenía la mejor perspectiva para contemplar todo el local y a la vez no me reflejaba directamente en ninguno de sus espejos. Eso me hizo sentir más invisible, casi como un fantasma, y fantaseaba con que si alguien intentaba hacerme una foto no podría captar mi imagen. La atención de la camarera y el café que me sirvió me demostraba que esto no era literalmente así, pero no por ello la sensación era menos real.
Cuando fui a beber mi café observé como las espirales de su espuma giraban en torno a un punto en calma; era como mirar el cielo girando alrededor de la estrella Polar, ese centro más allá del discurrir del tiempo.
Más tarde creí que sería interesante pasear hasta Notre Dame y me senté en su plaza contemplando la fachada mientras encendía un cigarrillo. Seguí distraído el humo con la mirada y sus volutas viajaron hasta una pareja que estaba sentada a pocos metros de mí. La mujer explicaba algo a su compañero mientras consultaba un libro.
- ¿Sabes? - comentó -, antiguamente habían casas en esta plaza y hasta 1748 también una fuente monumental. Tenía una estatua alta y estrecha muy desgastada por el tiempo que sostenía un libro en una mano y una serpiente en la otra. La gente del pueblo la llamaba Monsieur Legris, Gran Ayunador o Ayunador de Notre Dame. También Matre Pierre, queriendo decir piedra maestra. En la fuente había una inscripción en latín que decía:
"Tú que tienes sed ven aquí; si por azar faltan las ondas, ha dispuesto la Diosa las aguas eternas".
Sonreí fascinado al entender el sentido de esa frase, al escucharla justo ahora. Me imaginé levantándome y caminando entre callejones estrechos, flanqueados por los pintorescos edificios que debían haberse alzado aquí, hasta salir a una pequeña plaza donde estaría la fuente. Miraría entonces a Monsieur Legris a los ojos y le diría "desde luego que estoy sediento" y bebería y bebería hasta saciarme.
Lamenté entonces que ya no existiera, que el afán racionalizador de abrir los espacios hubiera destruido algo tan bello. Pero recordé que no puede ser destruida.
Aunque no podamos contemplar esa fuente, ahora sé que existe y siempre existirá La Fuente.
domingo, 29 de abril de 2007
viernes, 27 de abril de 2007
La Señora del Laberinto V. Las aguas eternas

En aquella caverna espectral nos detuvimos sin soltarnos. Un rumor de agua se oía más allá de una abertura inmensa, un umbral imponente que daba paso desde esta primera caverna hasta otra cuyos límites no se divisaban. Nos detuvimos frente a ese umbral y aunque parecía que estábamos solos en aquella inmensidad, sabíamos que de algún modo nos acompañaban multitud de presencias que no podíamos ver. Allí la luz era aún más mortecina y el único sonido era el del fluir del agua.
Frente a nosotros corría un río subterráneo como de densa y brillante agua, tal vez mercurio. Vi como se reflejaba en los preciosos ojos de mil azules distintos de Elyse que ahora se me antojaba parecida a un djinn del viento, y en los de verde vegetación otoñal de Gabrielle que parecía un espíritu del bosque, con el aire de un árbol milenario. Se reconocían en él como aquel que se observa relajadamente en un espejo. Me parecieron entonces pequeñas fuentes a través de las cuales la corriente subterránea mana en la superficie del mundo, y me di cuenta que esa era también mi naturaleza. Somos las fuentes individuales que brotan de la corriente común, y por lo tanto sólo vagamente somos individuos, tanto como lo son las ramas de un árbol. Pero a través de nuestros ojos las aguas mercuriales se observaban a sí mismas, reconociéndose, haciéndose conscientes y dada la familiaridad que sentía en ese lugar sabía que podría descender hasta él desde mí mismo, por una escalera interior cuya entrada comenzaba a vislumbrar.
Fue entonces cuando comenzamos a sentir una poderosa presencia que nos observaba desde todas partes. Su voz no se oyó, pero me pareció que formaba ondas en las aguas eternas. Entendí que me ofrecía la posibilidad de permanecer allí y aprender la Verdad sobre las cosas del mundo. Los tres sentimos a la Señora absolutamente cercana y a la vez como si percibiéramos que se dirigía caminando hacia nosotros. Sus lentas pisadas hacían vibrar todo aquel lugar, perturbando el discurrir de las aguas. Y las ondas que producían sus pasos escondían verdades sin fin. Allí podría aprender a leerlas y el mundo no tendría secretos para mí.
Pero sentí algo difícil de explicar, pues en la calma de aquel lugar y la paz de mi espíritu una inquietud se abría paso. Pensé que si dudaba la diosa caminaría hasta llegar a mí y ya no sería capaz de retornar cuando me mirara a los ojos. Supe que no era capaz de enfrentarme a aquel conocimiento y volver victorioso. Aún no. Comprendí que no poseía la plenitud, pues anhelaba volver a la superficie donde estaba Olympia; mi daena, mi Sofía.
Supe, como si fuera yo mismo quien lo pensaba, que Gabrielle y Elyse también rechazaban la oferta, y al mismo tiempo dejamos sobre la roca a nuestros pies las ofrendas de miel que habíamos traído.
Volvimos a cogernos de las manos y giré sobre mí mismo para tomar el camino de vuelta que de nuevo se abría bajo mis pies. Y así caminamos y caminamos juntos hasta que la luz volvió a manar de la fuente del sol que ya se estaba poniendo, y pudimos divisar de nuevo el cielo desde el patio del palacio.
Habíamos vuelto. Me giré, vi a las dos sonreír y nos abrazamos. Entonces nos dimos cuenta que no habíamos salido cogidos de las manos, sino asidos a una cuerda brillante. Las primeras palabras que brotaron de mi boca al ver aquello fueron: - ¡Lo sabía! - al comprobar que lo que portábamos era un trozo de unos tres metros de largo igual al cable de nuestra torre. Aquí estaba el origen de ese increíble artefacto, de ese pequeño avatar con el que podríamos consagrar otro lugar (al igual que nuestra torre), cuando fuéramos lo suficientemente sabios como para decidir dónde y cuándo hacerlo.
Elyse preguntó mientras lo acercaba a sus ojos para observarlo mejor:
- ¿Qué es exactamente esta cosa?
Yo le contesté:
- Esta "cosa" simplemente ES.
Ella se rió de mí con una carcajada:
- ya tío - me miró ahora con su pícara mirada de costumbre -, ya veo de qué vas, flipado-. Sin duda mi Elyse de siempre.
Pero en Gabrielle había algo diferente. Sus ojos eran brillantes, dulces y expresivos como los de una niña alegre. Había desaparecido esa mirada antinatural que producía una terrible inquietud. Cuando yo la conocí, acababa de volver de un lugar terrible que había marcado su vida y comprometido el destino de su espíritu a través de una maldición, pero parecía que el camino que decidí tomar la había liberado finalmente. Me quedé contemplándola plácidamente, viendo como miraba el cable, como respiraba profundamente. Sonreí porque me pareció que todavía no se había dado cuenta y quería observar su reacción cuando lo hiciera. Entonces me miró a los ojos y también sonrió. Había comprendido. Se acercó a mí y me dio un abrazo que me levantó del suelo.
Cuando me soltó fue el momento en que volví a reparar en la caracola que llevaba en la mano. Para mi sorpresa noté que ya no estaba hueca, sino que el animal se encontraba escondido en su interior. ¡Estaba viva!
Se la mostré a las chicas y les pregunté divertido:
- ¿Esto puede considerarse haberla hilvanado?
La Señora del laberinto IV. La danza de la espiral
Antes de que saliera el sol los tres nos habíamos colado a hurtadillas en el recinto de las ruinas de Cnosos. Atravesamos su incitante puerta de los leones y penetramos en el palacio en silencio absoluto. Seguíamos un pequeño plano que había conseguido Elyse con la intención de contemplar la sala del trono y después salir al patio, centro de la construcción, lugar donde se nos antojaba más probable poder encontrar la representación del laberinto que Dédalo construyó para que Ariadna danzara.
Algunas partes del palacio han sido reconstruidas y los frescos restaurados: pudimos ver jóvenes saltando por encima de un toro, delfines nadando, y en la sala del trono de Minos, unos grifos vigilantes sobre un fondo granate oscuro. Una vez alcanzamos dicha sala llegó el momento de mirar al Otro lado y ver si en él se conservaba aún la maravilla que habíamos venido a buscar, pero en aquel lugar no fue necesario utilizar ningún artificio; todo se hizo más real e intenso y los grifos ya no eran inertes figuras sobre el muro, sino criaturas esbeltas que caminaban hacia nosotros. Tenían brillantes plumas doradas en la cabeza y ojos penetrantes de esmeralda intenso. Sentí que no había posibilidad de esconder nada a sus atentas miradas y por suerte para nosotros no teníamos nada que esconder. Huir no habría tenido sentido; como guardianes que son necesitábamos su permiso y permanecimos quietos mientras nos rodeaban y sentíamos su inquisitivo aliento resoplar en nuestra nuca. Entonces salieron lentamente de la sala y les seguimos hasta el patio. Y allí sobre el suelo, brillante bajo los primeros rayos del sol, se encontraba un gran laberinto formado por baldosas de piedra de diferentes colores. Sorprendidos vimos como éstas no dibujaban un camino estático, sino que sus meandros reptaban y cambiaban ante nuestros ojos como si se tratara de un ser vivo.
Los grifos se postraron a ambos lados del umbral de salida y nosotros avanzamos bajando unos escalones hasta quedar enfrente de la entrada de la espiral.
Decidido me volví hacia Gabrielle y Elyse y les recordé todo lo que le había dicho a Angelo que esperaba encontrar allí: la importancia de la danza, la comunión con las transformaciones del mundo y aun así el sentimiento de permanencia del Ser. Les dije que debíamos recordar que la danza no debía ser algo rígido que siguiera un orden de pasos, de hecho ni siquiera conocíamos los pasos de esa danza. Les propuse que nos dejáramos arrebatar, que las danzas sagradas buscan desórdenes, oposiciones y manifestaciones espontáneas y que debíamos abandonarnos a las pulsiones divinas. Para ello habíamos traído el jugo del Soma. La clave era la conexión mediante la embriaguez sagrada, la espontaneidad. Ser uno con las trasformaciones del mundo debía ser dejar que el mundo bailara a través de ti.
Asintieron y me dijeron:
- Tú primero.
Entonces bebimos el vino por turnos y sentí todos mis sentidos y mis fuerzas despertar como jamás creí que pudieran hacerlo. Cuando ellas bebieron supe que sentían lo mismo y su presencia se hizo increíblemente hermosa. Ellas lo son pero ahora irradiaban fuerza y belleza de un modo especial.
Con mi mano derecha sostuve la caracola de Angelo. Decidí dejarme llevar como la hormiga de la historia de Dédalo; ella únicamente se había dedicado a seguir el camino. A mi mano izquierda se sujetó Gabrielle y a ella lo hizo Elyse.
Y así comencé mis pasos en la espiral del laberinto. Con la mente clara, despejada. No sentía ningún temor y todos mis pensamientos se iban apagando mientras mis pasos se sucedían. Aquello era un paisaje exterior, pero sentí que el camino estaba en mi interior.
Extasiado, comprendo que yo he caminado esto antes y ¿cómo no iba a ser así? pues no soy sólo yo, soy el mundo y mi movimiento genera sus transformaciones. Siempre lo he sido, no Pola sino YO, y me dejo llevar por la espontaneidad absoluta; porque el camino que yo tomo es, se hace natural, posible. Y no sólo posible, sino espontáneo, probable, favorable.
Escucho a Gabrielle cantar al sol y la luna con una melodía que armoniza perfectamente con nuestros pasos y decido que nuestro camino al centro nos llevará por el sendero de la bendición, para apartar de ella el oscuro destino, la maldición que pesa sobre su espíritu.
Y así, ligeros, danzando y cantando descendimos, descendimos hasta que dejamos de sentir que la luz venía del sol, sino que se volvió plateada, mortecina y parecía provenir de todas partes y ninguna.
Habíamos llegado al centro, al inframundo, a la morada de la Señora del Laberinto.
jueves, 26 de abril de 2007
La Señora del Laberinto III. La caracola de Dédalo
A pesar de todo lo que esperaba de la jornada siguiente, los acontecimientos acabaron superando mis expectativas. Incluso durante la madrugada recibí la visita de Angelo. Algo me dice que tal vez fuera la última, porque ahora al fin comprendo quién es él para mí. Pero no adelantemos acontecimientos.
Madrugamos considerablemente teniendo en cuenta la noche anterior y nos pusimos en camino cuanto antes. Atravesamos campos, monte e incluso una pequeña aldea abandonada en la que nos detuvimos a almorzar. El sol intenso nos obligaba a detenernos de tanto en tanto bajo la sombra de algún algarrobo o junto a los muros de un pequeña ermita. En una de nuestras pausas aproveché para explicar a Elyse cómo utilizo el humo y un espejo para poder asomar mis sentidos al Otro lado, al reino intermedio donde moran los espíritus y se nos presentan los dáimones. Ella escuchó con atención y trató de hacer su primer intento, en principio sin éxito. Aunque el éxito pronto llegaría.
Caminamos así toda la mañana y toda la tarde hasta que encontramos un buen sitio para acampar junto a una pinada. El sol había estado calentando la vegetación todo el día y al atardecer, con el frescor nos rodeaban los aromas de los pinos, la lavanda y muchos otros que no supe identificar.
Levantamos la tienda de campaña y nos preparamos una buena y merecida cena en un pequeño montículo desde el que podíamos observar el mar. El paisaje se me antojaba muy antiguo. Como si volvieras al hogar donde naciste pero miles de años después, cansado tras tus muchas vidas y dispuesto a renovar tus fuerzas. Desde allí ya se veían las ruinas de Cnosos.
Esta vez estuvimos mucho más silenciosos y contemplativos. Decidimos preparar nuestro brebaje divino mezclando unas gotas del jugo del Soma en una botella de vino. Al abrir el pequeño vial sentí curiosidad por cuál sería su aroma y lo acerqué a mi nariz. No me pareció que en sí mismo tuviera un olor propio, pero me di cuenta que al inspirar profundamente comencé a percibir con gran nitidez e intensidad todos los olores que me rodeaban; el mar, las plantas, la tierra, Elyse, Gabrielle... También sentí que se despejaba mi mente, otorgándome un atención vigilante pero relajada. Empezaba a intuir los efectos que podría tener beberlo y esperaba que estuviéramos preparados para apreciarlo.
Comentamos poco más antes de irnos a dormir. El plan era levantarse en cuanto comenzase a clarear el cielo y llegar a Cnosos antes de que despuntara el sol.
Estaba ya dormido cuando sentí que alguien me observaba. Abrí los ojos y vi a Angelo sonriente asomado a la entrada de la tienda. Me hizo un gesto para que no hiciera ruido y otro para que le siguiera. Sigiloso, le seguí hasta una piedra unos metros más adelante. Se sentó y me indicó que tomara asiento a su lado dando palmaditas sobre la roca.
- Es bueno verte por aquí - le dije.
- Lo mismo digo - contestó cordial -. Aunque me gustaría saber qué es lo que te ha traído aquí exactamente. ¿Qué piensas que vas a encontrar Pola?
- ¡Por dónde empezar! - le dije -. ¿Dispones de tiempo?
Esa pregunta le hizo mucha gracia.
- De todo el tiempo del mundo. Eso ya deberías saberlo.
- De acuerdo - comencé -. La idea de venir empezó cuando comprendí el efecto de la danza de la consagración de la primavera que me mostró Gabrielle. Danzando, ella se fundió con el proceder del mundo. Estuve después leyendo sobre el sentido sagrado de la danza y no me sorprendió que siempre hubiera tenido la función de servir para identificarse con el creador y con el proceso de la creación. Las danzas sagradas permiten asociarse a la energía, al proceso que preside las perpetuas transformaciones del mundo.
Y luego estaba el significado de la espiral - continué levantándome para poder gesticular cada vez más emocionado. Angelo me observaba sin interrumpir -. Leí que la espiral tiene la notable propiedad de crecer sin modificar la forma de la figura total, símbolo de la permanencia del Ser a pesar de las fluctuaciones del cambio - dibujé una espiral en el aire con mi mano mientras me explicaba -, es un glifo universal de la temporalidad porque dibuja en el espacio la evolución del tiempo. Y todas estas ideas podían integrarse en la danza del laberinto.
Estuve leyendo que la antigua danza de la espiral que Ariadna enseño a Teseo (y por enseñanza de éste se bailaba en Delos), recibía el nombre de geranos o "danza de amor de las grullas". En ella los participantes formaban una cadena al estar cogidos a una misma cuerda. Danzaban hasta el centro de la espiral para después cambiar el sentido y volver sobre sus pasos.
Me detuve en mi explicación pensando que ya había terminado.
- ¿Y bien? - preguntó - ¿Qué más?
- ¿Qué más? - si seguía preguntándome es porque quería señalar la posibilidad de que yo no lo tuviera del todo claro.
- Pues pienso que la danza de la espiral esconde el secreto de vivir la muerte como una iniciación. Supone que mientras eres uno con los cambios y transformaciones del mundo puedes comprender que el núcleo del Ser permanece a través del cambio. Se intuye la inmortalidad y se goza del laberinto, pues para quien comprende esto la travesía es segura y Ariadna le permite el regreso.
- Bonitas palabras - me dijo con un poco de sorna mientras se giraba a coger algo que parecía haber dejado antes a su espalda. Era una caracola marina. Se parecía a la que hacía tiempo me había dado y yo le había regalado a Olympia.
- ¿Ves esto? - dijo -. El rey Minos, para saber dónde se escondía Dédalo después de que éste hubiera huido volando del laberinto... ¿Conoces la historia? - Asentí - Bueno, pues decidió dar una recompensa a aquel que fuera capaz de hilvanar un hilo por el interior de una caracola, y así descubrir dónde se ocultaba Dédalo. Porque ni que decir tiene que él fue el único que lo consiguió. Para ello ató el hilo a una hormiga y ella caminando por su interior hizo el trabajo.
Me dio entonces la caracola mientras se levantaba y me dijo:
- Ahora hilvánala tú.
Después me apretó fuerte con la mano en mi hombro y me deseó suerte antes de desvanecerse.

Madrugamos considerablemente teniendo en cuenta la noche anterior y nos pusimos en camino cuanto antes. Atravesamos campos, monte e incluso una pequeña aldea abandonada en la que nos detuvimos a almorzar. El sol intenso nos obligaba a detenernos de tanto en tanto bajo la sombra de algún algarrobo o junto a los muros de un pequeña ermita. En una de nuestras pausas aproveché para explicar a Elyse cómo utilizo el humo y un espejo para poder asomar mis sentidos al Otro lado, al reino intermedio donde moran los espíritus y se nos presentan los dáimones. Ella escuchó con atención y trató de hacer su primer intento, en principio sin éxito. Aunque el éxito pronto llegaría.
Caminamos así toda la mañana y toda la tarde hasta que encontramos un buen sitio para acampar junto a una pinada. El sol había estado calentando la vegetación todo el día y al atardecer, con el frescor nos rodeaban los aromas de los pinos, la lavanda y muchos otros que no supe identificar.
Levantamos la tienda de campaña y nos preparamos una buena y merecida cena en un pequeño montículo desde el que podíamos observar el mar. El paisaje se me antojaba muy antiguo. Como si volvieras al hogar donde naciste pero miles de años después, cansado tras tus muchas vidas y dispuesto a renovar tus fuerzas. Desde allí ya se veían las ruinas de Cnosos.
Esta vez estuvimos mucho más silenciosos y contemplativos. Decidimos preparar nuestro brebaje divino mezclando unas gotas del jugo del Soma en una botella de vino. Al abrir el pequeño vial sentí curiosidad por cuál sería su aroma y lo acerqué a mi nariz. No me pareció que en sí mismo tuviera un olor propio, pero me di cuenta que al inspirar profundamente comencé a percibir con gran nitidez e intensidad todos los olores que me rodeaban; el mar, las plantas, la tierra, Elyse, Gabrielle... También sentí que se despejaba mi mente, otorgándome un atención vigilante pero relajada. Empezaba a intuir los efectos que podría tener beberlo y esperaba que estuviéramos preparados para apreciarlo.
Comentamos poco más antes de irnos a dormir. El plan era levantarse en cuanto comenzase a clarear el cielo y llegar a Cnosos antes de que despuntara el sol.
Estaba ya dormido cuando sentí que alguien me observaba. Abrí los ojos y vi a Angelo sonriente asomado a la entrada de la tienda. Me hizo un gesto para que no hiciera ruido y otro para que le siguiera. Sigiloso, le seguí hasta una piedra unos metros más adelante. Se sentó y me indicó que tomara asiento a su lado dando palmaditas sobre la roca.
- Es bueno verte por aquí - le dije.
- Lo mismo digo - contestó cordial -. Aunque me gustaría saber qué es lo que te ha traído aquí exactamente. ¿Qué piensas que vas a encontrar Pola?
- ¡Por dónde empezar! - le dije -. ¿Dispones de tiempo?
Esa pregunta le hizo mucha gracia.
- De todo el tiempo del mundo. Eso ya deberías saberlo.
- De acuerdo - comencé -. La idea de venir empezó cuando comprendí el efecto de la danza de la consagración de la primavera que me mostró Gabrielle. Danzando, ella se fundió con el proceder del mundo. Estuve después leyendo sobre el sentido sagrado de la danza y no me sorprendió que siempre hubiera tenido la función de servir para identificarse con el creador y con el proceso de la creación. Las danzas sagradas permiten asociarse a la energía, al proceso que preside las perpetuas transformaciones del mundo.
Y luego estaba el significado de la espiral - continué levantándome para poder gesticular cada vez más emocionado. Angelo me observaba sin interrumpir -. Leí que la espiral tiene la notable propiedad de crecer sin modificar la forma de la figura total, símbolo de la permanencia del Ser a pesar de las fluctuaciones del cambio - dibujé una espiral en el aire con mi mano mientras me explicaba -, es un glifo universal de la temporalidad porque dibuja en el espacio la evolución del tiempo. Y todas estas ideas podían integrarse en la danza del laberinto.
Estuve leyendo que la antigua danza de la espiral que Ariadna enseño a Teseo (y por enseñanza de éste se bailaba en Delos), recibía el nombre de geranos o "danza de amor de las grullas". En ella los participantes formaban una cadena al estar cogidos a una misma cuerda. Danzaban hasta el centro de la espiral para después cambiar el sentido y volver sobre sus pasos.
Me detuve en mi explicación pensando que ya había terminado.
- ¿Y bien? - preguntó - ¿Qué más?
- ¿Qué más? - si seguía preguntándome es porque quería señalar la posibilidad de que yo no lo tuviera del todo claro.
- Pues pienso que la danza de la espiral esconde el secreto de vivir la muerte como una iniciación. Supone que mientras eres uno con los cambios y transformaciones del mundo puedes comprender que el núcleo del Ser permanece a través del cambio. Se intuye la inmortalidad y se goza del laberinto, pues para quien comprende esto la travesía es segura y Ariadna le permite el regreso.
- Bonitas palabras - me dijo con un poco de sorna mientras se giraba a coger algo que parecía haber dejado antes a su espalda. Era una caracola marina. Se parecía a la que hacía tiempo me había dado y yo le había regalado a Olympia.
- ¿Ves esto? - dijo -. El rey Minos, para saber dónde se escondía Dédalo después de que éste hubiera huido volando del laberinto... ¿Conoces la historia? - Asentí - Bueno, pues decidió dar una recompensa a aquel que fuera capaz de hilvanar un hilo por el interior de una caracola, y así descubrir dónde se ocultaba Dédalo. Porque ni que decir tiene que él fue el único que lo consiguió. Para ello ató el hilo a una hormiga y ella caminando por su interior hizo el trabajo.
Me dio entonces la caracola mientras se levantaba y me dijo:
- Ahora hilvánala tú.
Después me apretó fuerte con la mano en mi hombro y me deseó suerte antes de desvanecerse.

La Señora del Laberinto II. La embriaguez profana
El día que decidimos viajar a Creta Gabrielle y yo sólo tuvimos que preocuparnos de nuestras cosas; algo de equipaje y los instrumentos mediante los cuales enfocamos nuestros hechizos. Elyse nos pidió que dejáramos en sus manos organizar el vuelo (iríamos en su avión, un Cessna Caravan), el alojamiento y demás. Se vanagloriaba de haber sido, en el pasado, una gran organizadora de tours de aventura para yuppies. No hace falta decir que este viaje la inspiraba bastante más. No me explicó qué era exactamente lo que la movía a venir con nosotros, aunque la posibilidad de cierta aventura parecía ser suficiente. Con sus comentarios irónicos decía dejar las disquisiciones metafísicas para mí. Pero vamos, no resulta nada convincente. Su interés por todo es mucho más profundo de lo que le gusta demostrar. ¡Cómo olvidar que viajó dos veces a ese maldito rincón del Tíbet sólo por seguir una leyenda que indicaba que allí encontraría algo con lo que someter a los demonios! Cuando le volví a preguntar sobre el tema dijo que su intención es ponerlos a trabajar para que le construyan un palacio o un templo, tal y como hizo Salomón. ¿Quién sabe? Está lo suficientemente loca como para imaginárselo. Pero bueno, para no frivolizar es justo decir que, muy probablemente, a una búsqueda como esa la arrastra algo terrible de su pasado. Por ahora ignoro qué puede ser.
Tras un par de escalas en el norte de Italia y en la Grecia continental, llegamos a Creta mientras atardecía. Elyse explicó que siguiendo nuestros deseos esa noche dormiríamos en un pequeño hotel junto al mar, pero lo suficientemente alejado de nuestro destino como para que tuviéramos que hacer un día entero de caminata y una acampada corta bajo las estrellas para llegar a Cnosos al amanecer. Peregrinar, aunque sólo fuera durante un día a pie, nos parecía fundamental. Queríamos sentir aquella tierra en la que había nacido el mismísimo Zeus y recrearnos con la calidez y el perfume que tiene el aire primaveral en el monte mediterráneo.
Nada más instalarnos en el hotel Elyse propuso, al más puro estilo carpe diem, que bajáramos a la playa, nos bañásemos de noche antes de cenar, después cenando nos emborracháramos con vino griego y después ya se vería. En fin, tratar de disfrutar al máximo ante nuestro incierto destino (tal vez un laberinto del que no sabríamos volver). Ni que decir tiene que no hace falta la posibilidad del riesgo o la muerte para convencernos de lo interesante que es pegarse una buena juerga, tanto a Gabrielle como a mí.
Y así pasamos aquella primera noche en Creta. Nos dejamos arrastrar totalmente como futuros iniciados de un culto pagano ancestral. Con el vino salí del poco ensimismamiento que me pudiera quedar, y permanecí abierto por completo a la noche y las danzas que quisimos inventarnos. Bailamos y cantamos en la habitación. Después sobre la arena. Bajo un cielo sin luna la oscuridad lo hacía todo más claro, y como buenos borrachos nos dijimos los tres lo mucho que nos queríamos.
Más tarde, al desplomarme sobre la cama de mi habitación con una sonrisa que se había quedado a vivir en mi cara, sólo me dio tiempo a desear, antes de caer en el más profundo sueño, no tener demasiada resaca al día siguiente.
Tras un par de escalas en el norte de Italia y en la Grecia continental, llegamos a Creta mientras atardecía. Elyse explicó que siguiendo nuestros deseos esa noche dormiríamos en un pequeño hotel junto al mar, pero lo suficientemente alejado de nuestro destino como para que tuviéramos que hacer un día entero de caminata y una acampada corta bajo las estrellas para llegar a Cnosos al amanecer. Peregrinar, aunque sólo fuera durante un día a pie, nos parecía fundamental. Queríamos sentir aquella tierra en la que había nacido el mismísimo Zeus y recrearnos con la calidez y el perfume que tiene el aire primaveral en el monte mediterráneo.
Nada más instalarnos en el hotel Elyse propuso, al más puro estilo carpe diem, que bajáramos a la playa, nos bañásemos de noche antes de cenar, después cenando nos emborracháramos con vino griego y después ya se vería. En fin, tratar de disfrutar al máximo ante nuestro incierto destino (tal vez un laberinto del que no sabríamos volver). Ni que decir tiene que no hace falta la posibilidad del riesgo o la muerte para convencernos de lo interesante que es pegarse una buena juerga, tanto a Gabrielle como a mí.
Y así pasamos aquella primera noche en Creta. Nos dejamos arrastrar totalmente como futuros iniciados de un culto pagano ancestral. Con el vino salí del poco ensimismamiento que me pudiera quedar, y permanecí abierto por completo a la noche y las danzas que quisimos inventarnos. Bailamos y cantamos en la habitación. Después sobre la arena. Bajo un cielo sin luna la oscuridad lo hacía todo más claro, y como buenos borrachos nos dijimos los tres lo mucho que nos queríamos.
Más tarde, al desplomarme sobre la cama de mi habitación con una sonrisa que se había quedado a vivir en mi cara, sólo me dio tiempo a desear, antes de caer en el más profundo sueño, no tener demasiada resaca al día siguiente.
miércoles, 25 de abril de 2007
La Señora del Laberinto. El porqué de mi viaje a Cnosos
Varias son las razones que me llevaron a proponer que debíamos viajar a las ruinas del antiguo palacio de Cnosos en la isla de Creta. Y como suele ocurrir con los misterios, la más poderosa era aquella más oscura, más cercana a la intuición y a la fascinación por una imagen. Esta imagen era la del laberinto. Su sola forma es la promesa de la existencia de un tesoro sagrado, cuyo camino tortuoso guarda a modo de cerradura y de llave.
Todos conocemos más o menos el mito de Teseo y el Minotauro. En esta historia el laberinto de Creta era una construcción encargada a Dédalo por el rey Minos para encerrar en su interior al Minotauro. Teseo (hijo del rey de Atenas, ciudad a la que el rey Minos exigía la entrega de jóvenes con los que alimentar a la bestia), es capaz de adentrarse en el laberinto, matar al Minotauro y encontrar la salida gracias al hilo que le entregó Ariadna, la hija del rey Minos, quien se había enamorado de él.
Este es el mito griego que ha prevalecido en el tiempo. Sin embargo, sugiere Homero en la Ilíada una versión mucho más indicativa del legado de la antigua civilización de Creta.
Para los antiguos cretenses (hablamos de la civilización minoica que existió entre el 3000 y el 1200 a.c.), Ariadna no era la mortal hija de un rey, sino la señora del inframundo o señora del laberinto, pues era el laberinto, representado a modo de espiral, una imagen de su reino. Y esto es de lo más significativo, ya que si el laberinto representa al reino de los muertos, entonces, a pesar de sus dificultades y la trampa que suponen sus meandros, existe un importante detalle que cambia radicalmente su naturaleza; se puede salir de él. Ahí se oculta el gran regalo de la señora del inframundo a la humanidad.
Ariadna (ari-hagne que significa "la purísima"), decidía quien podía entrar en su reino y volver. Concedía el don de vivir la muerte como una iniciación y no como un final. Como una transformación.
Cuenta este mito antiguo -según explica Karl Kerényi en su libro "En el laberinto"-, que lo que Dédalo construyó en Cnosos era una representación de su reino para que Ariadna bailara. Y en esta danza del laberinto se encontraba el gran misterio de la comprensión del sentido de la línea que retorna sobre sí misma; el camino de regreso insinuado como danza, vivido como danza y simbolizado por la espiral.
Por detrás de este gran reclamo, de la sola idea de poder encontrar cualquier indicio de las enseñanzas de Ariadna, habían otras razones que me llevaron a sugerir el viaje.
Primero estaba el hecho de que de algún modo que debíamos determinar, nuestra torre está relacionada con Cnosos. Era una leyenda sobre una mítica construcción en Cnosos en lo que se basó Perret para diseñar el edificio. En sus planos y anotaciones figuran palabras en lineal A (el idioma antiguo de la creta minoica que permanece sin descifrar). Fueron grabadas en el forjado, pero no nos consta si Perret conocía su significado. Respecto a ellas, Onire dice que es de lo que se encarga de cuidar, pero para ella parece tratarse de algo inconsciente porque al mismo tiempo responde que no sabe lo que significan. Luego tenemos el gran misterio del origen del cable. Aunque Oriana y Perret lo trajeron del Tíbet quien sabe si su origen estaba allí. Yo apostaba a que no.
Y por último, y no mucho menos importante, es que desde que visité con Olympia la casa de sus padres, las islas del Mediterráneo son el paraíso para mí. Así que, como mínimo, nos daríamos una vuelta por el paraíso.
Con toda esta maraña de ideas preparamos el viaje Gabrielle, Elyse y yo; provisiones, equipo de acampada, linternas, cuerda... y algo que reservábamos para una ocasión que lo mereciera; extrajimos el jugo de la planta del Soma. Si había que danzar, lo haríamos bajo la influencia de la embriaguez más sagrada. Era un líquido de un rojo intenso, como sangre con luz en su interior.
Y por si la danza nos llevaba más allá, decidimos llevar miel. Como podía leerse en una antigua tablilla de Cnosos, la ofrenda debía ser "un vaso de miel para la señora del laberinto".
Había llegado la hora de ir en su busca.
Todos conocemos más o menos el mito de Teseo y el Minotauro. En esta historia el laberinto de Creta era una construcción encargada a Dédalo por el rey Minos para encerrar en su interior al Minotauro. Teseo (hijo del rey de Atenas, ciudad a la que el rey Minos exigía la entrega de jóvenes con los que alimentar a la bestia), es capaz de adentrarse en el laberinto, matar al Minotauro y encontrar la salida gracias al hilo que le entregó Ariadna, la hija del rey Minos, quien se había enamorado de él.
Este es el mito griego que ha prevalecido en el tiempo. Sin embargo, sugiere Homero en la Ilíada una versión mucho más indicativa del legado de la antigua civilización de Creta.
Para los antiguos cretenses (hablamos de la civilización minoica que existió entre el 3000 y el 1200 a.c.), Ariadna no era la mortal hija de un rey, sino la señora del inframundo o señora del laberinto, pues era el laberinto, representado a modo de espiral, una imagen de su reino. Y esto es de lo más significativo, ya que si el laberinto representa al reino de los muertos, entonces, a pesar de sus dificultades y la trampa que suponen sus meandros, existe un importante detalle que cambia radicalmente su naturaleza; se puede salir de él. Ahí se oculta el gran regalo de la señora del inframundo a la humanidad.
Ariadna (ari-hagne que significa "la purísima"), decidía quien podía entrar en su reino y volver. Concedía el don de vivir la muerte como una iniciación y no como un final. Como una transformación.
Cuenta este mito antiguo -según explica Karl Kerényi en su libro "En el laberinto"-, que lo que Dédalo construyó en Cnosos era una representación de su reino para que Ariadna bailara. Y en esta danza del laberinto se encontraba el gran misterio de la comprensión del sentido de la línea que retorna sobre sí misma; el camino de regreso insinuado como danza, vivido como danza y simbolizado por la espiral.
Por detrás de este gran reclamo, de la sola idea de poder encontrar cualquier indicio de las enseñanzas de Ariadna, habían otras razones que me llevaron a sugerir el viaje.
Primero estaba el hecho de que de algún modo que debíamos determinar, nuestra torre está relacionada con Cnosos. Era una leyenda sobre una mítica construcción en Cnosos en lo que se basó Perret para diseñar el edificio. En sus planos y anotaciones figuran palabras en lineal A (el idioma antiguo de la creta minoica que permanece sin descifrar). Fueron grabadas en el forjado, pero no nos consta si Perret conocía su significado. Respecto a ellas, Onire dice que es de lo que se encarga de cuidar, pero para ella parece tratarse de algo inconsciente porque al mismo tiempo responde que no sabe lo que significan. Luego tenemos el gran misterio del origen del cable. Aunque Oriana y Perret lo trajeron del Tíbet quien sabe si su origen estaba allí. Yo apostaba a que no.
Y por último, y no mucho menos importante, es que desde que visité con Olympia la casa de sus padres, las islas del Mediterráneo son el paraíso para mí. Así que, como mínimo, nos daríamos una vuelta por el paraíso.
Con toda esta maraña de ideas preparamos el viaje Gabrielle, Elyse y yo; provisiones, equipo de acampada, linternas, cuerda... y algo que reservábamos para una ocasión que lo mereciera; extrajimos el jugo de la planta del Soma. Si había que danzar, lo haríamos bajo la influencia de la embriaguez más sagrada. Era un líquido de un rojo intenso, como sangre con luz en su interior.
Y por si la danza nos llevaba más allá, decidimos llevar miel. Como podía leerse en una antigua tablilla de Cnosos, la ofrenda debía ser "un vaso de miel para la señora del laberinto".
Había llegado la hora de ir en su busca.
martes, 24 de abril de 2007
El cómplice de la realidad
- ¿Cuál es la actitud adecuada para acercarse a la magia? Quiero experimentar por mí mismo todo lo que me has contado - pregunté.
Roman Korenek había estado hablando conmigo toda la tarde. Hacía un par de semanas que le había conocido. A él y a su compañera Aneta. Tomábamos una cerveza en el jardín de aquel antiguo monasterio convertido en biblioteca y museo en la subida de Petrin, junto al barrio de Malá Strana. Era un día soleado de mayo, hace ahora casi cuatro años.
Recuerdo haber pensado que nunca había hablado con nadie tan lúcido. Tenía una visión clara y profunda de las cosas y era la antítesis del erudito que utiliza las palabras para labrarse un aura de interés carente de significado. Lo contrario a un charlatán.
- Creo que si te he entendido bien vas por buen camino Pola - me contestó con su voz tranquila.
- ¿De qué camino hablas? - pregunté.
- Permeabilidad - contestó -, una forma de ver y entender que debe mantenerte permeable al mundo. El sentido del mundo siempre está dispuesto a manifestarse, a manar de la fuente que hay en lo más profundo del ser humano. Allí está la corriente común que forma parte de todas las cosas, dispuesta a fluir en momentos de plenitud y conexión especiales, llenos de significado.
El mundo siempre está hablando, siempre está preñado con la posibilidad del instante espléndido. Que no lo sintamos perpetuamente así puede ser porque estamos tan habituados a sus maravillas que ya no las percibimos como tales. Esto es por lo que según explicaba Pitágoras, no escuchamos la música de las esferas. O tal vez sea porque hayamos dormido esa capacidad, que en cualquier caso puede volver súbitamente en un momento de profunda claridad.
Para mantenerte atento a los mensajes del mundo es importante saber integrar en lugar de fragmentar. Así cada cosa se muestra en conexión con lo demás y no como algo unívoco, sino como una puerta a intuiciones más profundas.
No somos testigos pasivos del mundo, Pola. En nuestro percibir y comprender participamos de él. Así que se petrificará a tu alrededor si te propones entenderlo demasiado racionalmente, pues tus categorías lo encasillarán. Debes alimentar lo que John Keats llamaba la capacidad negativa; ser capaz de instalarse cómodamente en la incertidumbre, la duda y el misterio.
Es como el horizonte nocturno sobre el mar - me dijo tras una breve pausa -, intuido más que percibido. En la negrura es invisible pero aun así está presente; real, pero una ilusión debida a la posición desde la que observas; lineal y recto en apariencia, pero curvo si amplias tu perspectiva. Y es todo esto a la vez, además de una línea diurna de separación que en el crepúsculo se desvanece para dejar fundidos el cielo y la tierra.
Así que, amigo mío, mantén la ductilidad de tu espíritu, la atención vigilante y el sentido de la oportunidad. Esta es la inteligencia astuta que los griegos llamaban metis - explicó -, una capacidad de asirte la realidad pero de manera cómplice, ambigua y dúctil. Te permitirá la comprensión allí donde ninguna solución se abriría en el intelecto común.
Me quedé meditando su respuesta y sonrió:
- Déjate llevar Pola - terminó -, ya te digo que vas por buen camino. Hazte cómplice de la realidad.
Roman Korenek había estado hablando conmigo toda la tarde. Hacía un par de semanas que le había conocido. A él y a su compañera Aneta. Tomábamos una cerveza en el jardín de aquel antiguo monasterio convertido en biblioteca y museo en la subida de Petrin, junto al barrio de Malá Strana. Era un día soleado de mayo, hace ahora casi cuatro años.
Recuerdo haber pensado que nunca había hablado con nadie tan lúcido. Tenía una visión clara y profunda de las cosas y era la antítesis del erudito que utiliza las palabras para labrarse un aura de interés carente de significado. Lo contrario a un charlatán.
- Creo que si te he entendido bien vas por buen camino Pola - me contestó con su voz tranquila.
- ¿De qué camino hablas? - pregunté.
- Permeabilidad - contestó -, una forma de ver y entender que debe mantenerte permeable al mundo. El sentido del mundo siempre está dispuesto a manifestarse, a manar de la fuente que hay en lo más profundo del ser humano. Allí está la corriente común que forma parte de todas las cosas, dispuesta a fluir en momentos de plenitud y conexión especiales, llenos de significado.
El mundo siempre está hablando, siempre está preñado con la posibilidad del instante espléndido. Que no lo sintamos perpetuamente así puede ser porque estamos tan habituados a sus maravillas que ya no las percibimos como tales. Esto es por lo que según explicaba Pitágoras, no escuchamos la música de las esferas. O tal vez sea porque hayamos dormido esa capacidad, que en cualquier caso puede volver súbitamente en un momento de profunda claridad.
Para mantenerte atento a los mensajes del mundo es importante saber integrar en lugar de fragmentar. Así cada cosa se muestra en conexión con lo demás y no como algo unívoco, sino como una puerta a intuiciones más profundas.
No somos testigos pasivos del mundo, Pola. En nuestro percibir y comprender participamos de él. Así que se petrificará a tu alrededor si te propones entenderlo demasiado racionalmente, pues tus categorías lo encasillarán. Debes alimentar lo que John Keats llamaba la capacidad negativa; ser capaz de instalarse cómodamente en la incertidumbre, la duda y el misterio.
Es como el horizonte nocturno sobre el mar - me dijo tras una breve pausa -, intuido más que percibido. En la negrura es invisible pero aun así está presente; real, pero una ilusión debida a la posición desde la que observas; lineal y recto en apariencia, pero curvo si amplias tu perspectiva. Y es todo esto a la vez, además de una línea diurna de separación que en el crepúsculo se desvanece para dejar fundidos el cielo y la tierra.
Así que, amigo mío, mantén la ductilidad de tu espíritu, la atención vigilante y el sentido de la oportunidad. Esta es la inteligencia astuta que los griegos llamaban metis - explicó -, una capacidad de asirte la realidad pero de manera cómplice, ambigua y dúctil. Te permitirá la comprensión allí donde ninguna solución se abriría en el intelecto común.
Me quedé meditando su respuesta y sonrió:
- Déjate llevar Pola - terminó -, ya te digo que vas por buen camino. Hazte cómplice de la realidad.
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