jueves, 8 de enero de 2009

La flauta de caña II. El sueño

“La música opera el milagro de tocar en nosotros el núcleo más secreto, el punto donde se establecen todos los recuerdos.”
Gilbert Durand


Vestía un chaleco de vivos colores, mis abrigadas botas nuevas y un pequeño gorro de lana bordado con hilo dorado. Me encontraba inmerso en uno de esos sueños de nítidas y vivas imágenes donde además, de la manera más natural, eres tú mismo al tiempo que otro. Así que yo era un muchacho que se había preocupado ese día de fiesta de lucir sus mejores galas para que -aunque humildes-, no desentonaran con los trajes de las gentes reunidas en aquel palacio que aún era hermoso, aunque sus tiempos de esplendor hubieran pasado hacía ya varios siglos. En Azerbaiyán estaba aquel lugar, eso lo sabía, así como que me encontraba en mi hogar.
Aquella mañana la luz del sol era muy blanca y el cielo de un azul muy pálido. Era una luz primaveral que apenas caldeaba pero hacía brillar con fuerza la nieve sobre las montañas grises que, más allá de la llanura, perfilaban el horizonte. Yo observaba el paisaje distraído desde una ventana mientras la gente entraba y salía de un gran salón adyacente; allí sonaba fuerte una música de animada percusión así como los rápidos pasos de aquellos que danzaban.
Sin ganas de participar del bullicio (y sabiéndome un tímido y no muy hábil bailarín), caminé por un pasillo cruzándome con otros hombres y mujeres ataviados con largos ropajes de brillantes colores. Finalmente, el pasaje desembocó en un hermoso patio rodeado de arcos y columnas que albergaba varios árboles además de una pequeña fuente. Allí también había gente, pero su actitud era más reposada: podía ver ancianos charlando distendidamente, mujeres dando de comer a sus bebés y niños jugando distraídos. Paseé por el patio respirando aire fresco en busca de un lugar donde sentarme y acabé haciéndolo en el suelo de piedra bajo las ramas de un árbol.
Mientras disfrutaba de la tranquilidad y del arrullo del agua, vi que caminaba por allí un hombre que llamó poderosamente mi atención aunque no sabía decir por qué; mi vista no distinguía bien su rostro ni parecía destacar especialmente entre los demás. Creo recordar que tenía barba corta y vestía un turbante muy sencillo. Tras él, manteniéndose en un segundo plano, caminaba un muchacho de mi misma edad que parecía ser su hijo o tal vez su aprendiz. Entonces el hombre avanzó hasta detenerse frente a mí y agachándose me entregó una flauta partida en dos pedazos. Al ofrecérmela me dijo pausadamente mientras me miraba a los ojos con atención:
-Ahora te toca a ti- Y tras dejarla en mis manos ambos se marcharon sin añadir palabra.

Me quedé intrigado mirando atentamente los fragmentos, pensando por qué me la habrían dado a mí, alguien que jamás había tocado flauta alguna. Observé entonces que tenía una extraña forma de cruz aunque la porción horizontal era muy corta. También me pareció que no tendría fácil arreglo, pero para mi sorpresa pronto conseguí ensamblar los pedazos y mantenerlos unidos a la vez que los dedos quedaban libres para moverse sobre los agujeros. Tapé con el pulgar el orificio posterior y soplé con decisión aunque no conseguí emitir ningún sonido. Sin embargo resultó que tras pocos intentos comenzó a sonar; primero no muy bien, pronto mucho mejor, hasta que emitió una nota larga y clara que sonó a la perfección.
Entonces, simplemente, comencé a tocar.
Recuerdo cómo interpretaba con naturalidad y soltura, espontáneamente, casi como si fuera mi propia respiración. Y ante aquel prodigio empecé a sentirme embargado por una profunda emoción, emoción que incluía el sentimiento de la vocación encontrada, pues recuerdo haber pensado: “¡Sí, yo he nacido para esto!”, mientras la melodía manaba sin que siquiera pensara en ella. Pues era yo quien tocaba, eso lo sabía, pero la música pasaba a través de mí, como si la trajera el viento tras haber abierto una ventana. Entonces me di cuenta que se había hecho un gran silecio pues todas las personas en el patio se habían detenido a escuchar. Y en sus caras podía leer como en un libro un sentimiento que sabía compartíamos: el de haber reencontrado algo fundamental, algo que no recordábamos haber perdido pero que allí estaba; la música transmitía una paz beatífica, una sensación de plenitud, de permanencia, colmando un anhelo profundo que hacía que cerraran los ojos, que sonrieran, que lloraran. Recuerdo haber pensado, extasiado, que toda música es hermosa en tanto se parece a aquella música, en tanto se aproxima a evocar lo que ella evoca. Y sintiendo que transpotaba un mensaje sagrado comencé a concentrarme tratando de recordarla, intentando que no se desvaneciera de mi memoria como arena entre los dedos.
Y tal vez porque quise asirla, porque impuse mi voluntad al sueño queriendo fijar mi atención, en ese preciso instante desperté.

He estado fascinado desde entonces con cada detalle de aquel sueño: sus colores, los rostros de la gente, el sentimiento de plenitud, el sonido de la flauta. Sin embargo hace poco -tras unos meses desde aquella noche-, que empecé a intuir la profundidad del mensaje que trasportaba; que comprendí finalmente, tras oír hablar del Masnavi, que había recibido una respuesta.

2 comentarios:

joaquin huertas dijo...

Descubrir a Rumi para mi fué un gran allazgo,me gustaria transcrivir aquí uno de sus poemas titulado "El canto de la flauta de cañá."

"Escucha el relato de separación
Que narra la caña.

Desde que me arrancaron del cañizal,
estoy emitiendo este sonido lamentoso.

Todo aquel que haya sido arrancado de su persona amada Comprenderá lo que digo.

Todo aquel que haya sido arrancado de su origen
anhela regresar.

Ahí estoy,en cualquier velada,
Entremezclándose con las risas y los lamentos,

Amiga de todos,aunque pocos son
Los que oirán los secretos que se esconden en cada nota.

No tienen oidos para eso.
El cuerpo fluye del espíritu,

El espíritu asciende por el cuerpo.
Nadie esconde esa mixtura.Pero no nos está dado

Poder ver el alma.La flauta de caña
es fuego y no aire.Alcanza esa misma vacuidad.

Escucha el fuego del amor entremezclado con las notas de la caña,a medida que la perplejidad

Se funde para hacerse vino.La caña es amiga de de todo aquel que quiera que se rasgue y se aparte la tela.

La caña es dolor y unguento juntos.
Intimidad

Y anhelo de intimidad,una
Misma canción.Una entrega desastrosa

Y un amor deleitoso,ambos.Aquel
Que escucha esto en secreto es un insensato.

La lengua encuentra en la oreja su cliente.
La flauta de caña de azúcar debe su
efecto

Al haber podido fabricar azucar
En el cañizal.El sonido que produce

Es para todo el mundo.Esos días repletos de antojos,deja que pasen sin preocuparte

Por ellos.Permanece donde estás,
En el interior de un nota tan pura y hueca.

¡Toda sed se ve satisfecha excepto
La de ese tipo de peces,los místicos,

Que van nadando por un vasto océano
de gracia pero,de un forma u otra,
la siguen anhelando!

Nadie puede ser nutrido en eso sin
Ser nutrido cada dia.

Pero si alguien no quiere oir
El canto de la flauta de caña,

Es mejor cortar la conversación,
Decir adiós y marcharse."
............

Traducción de Alejandro Arrese.


Un cordial saludo.

Pola dijo...

Joaquín, muchas gracias por el aporte, es un poema precioso.

Sus versos también han sido para mí un gran hallazgo, aún más significativo si cabe porque su lectura me hizo entender el sueño que aquí he narrado. Sobre ese tema precisamente quería hablar en la próxima entrada.

Gracias de nuevo y saludos.

 
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