jueves, 28 de febrero de 2008

El Espíritu del Mal

"La voluntad del Pensamiento Supremo era que el hombre, tras ser castigado con la muerte por haber probado el fruto del Árbol del Bien y del Mal, conservara su libre albedrío, para poder elevar poco a poco los mundos inferiores al Trono, a la altura de aquellos que se encuentran inmediatamente por encima de él. El libre albedrío no hubiera podido existir sin el demonio que incita al mal. He aquí pues, porque la Sekinah prefiere sufrir la invasión de los demonios que la hieren como la punta de una aguja, a dificultar la eterna felicidad de los hombres."
El Zohar (II, 117b)


Mientras subíamos juntos el escarpado sendero que lleva hasta las ruinas del torreón que perteneció a sus antepasados, Emil Istrati se detuvo sin resuello. Se quitó su extravagante sombrero de ala ancha, secó el sudor de su frente con un pañuelo y en cuanto recuperó el aliento respiró hondo para exclamar alegremente con su peculiar francés:
- ¡Caramba! ¡Ahora recuerdo por qué aprendí a teletransportarme!

Que se hubiera convertido en un personaje popular en ciertos ámbitos por su excentricidad, su erudición, su generosidad como mecenas y su poco habitual costumbre de darse a conocer en público como un mago, no era lo que me había llevado a viajar a Rumanía para conocerle. Tampoco que hubiera construido su casa siguiendo los planos de Uraniborg, la mansión palaciega que el célebre astrónomo Tycho Brahe construyó en 1580 en honor a la musa de la astronomía y que se convirtió en un importante centro de estudios en su Dinamarca natal. No soy tampoco uno de esos estudiosos que se gana su estancia aquí, este apacible lugar entre bosques y montañas donde consultar ciertos libros, escribir los propios u observar las estrellas. Ni tampoco un periodista que quisiera una demostración de la prodigiosa habilidad para recordar que había desarrollado Istrati siguiendo el antiguo Arte de la Memoria. Lo que me había traído hasta él y había hecho que también se interesara en conocerme, era la existencia de un "amigo" común; el terrible visitante esporádico a quien ambos habíamos tenido el honor de conocer: aquel que se hace llamar Eugen.
Istrati es un hombre de grandes inquietudes que, a la manera del doctor Fausto, había practicado la medicina en su juventud, después se había interesado por la filosofía, más tarde había estudiado teología hasta que finalmente, un día, pensó que no sabía realmente más que antes. Tal vez por esto había llamado la atención de nuestro Mefistófeles particular, quien según me contó Istrati, se presenta en el umbral de su casa de tanto en tanto desde hace varios años. Siempre de trato escrupulosamente educado, siempre correcto, Eugen suele llegar al caer la noche alejándolo temporalmente de sus meditaciones, sus estudios o sus trabajos en el laboratorio alquímico. Requiere su hospitalidad y su atención y mantiene largas conversaciones con él sobre los más profundos temas:
- pues ya se sabe que el diablo cuando quiere es un gran teólogo - me comentaba mientras reemprendíamos la subida.
Cuando decide quedarse en la casa, Istrati manda preparar para él la habitación que en el Uraniborg original se había construido para hospedar al propio rey Federico II, y mientras Eugen descansa plácidamente, su anfitrión pasa el día pidiéndole a Dios discernimiento para eludir las trampas que le va tendiendo implacable, casi imperceptiblemente, desplegando la más aguda habilidad para descubrir todos sus miedos y anhelos. También suplica fortaleza para, sin ceder a sus proposiciones y manteniéndose firme, tratarlo siempre con el mayor de los respetos, pues si te muestras orgulloso sientes como se agita la cólera que vive en él y si lo estima oportuno, te devuelve la humildad aniquilando aquello que más amas:
- como dijo acertadamente Gérard van Rijnberk: "uno no trata de igual a igual con las fuerzas de la Nada" - comentó Istrati con un suspiro.
Cuando alcanzamos la cima del torreón, nos sentamos junto a una ventana desde la que se veía un precioso valle en el que el sol hacía brillar un mar de niebla matinal. Tras unos minutos de silencio contemplando aquel paisaje glorioso continuó:
- yo sólo puedo ofrecerte mi humilde consejo Pola. Tú deberás valorar según tu fe y tu entendimiento, pero en cualquier caso, es necesario si tratas con él no andar totalmente perdido; debes mantener siempre la vista y el corazón centrados en lo único importante.
Me miraba fijamente con sus pequeños y brillantes ojos cerciorándose de que le iba a escuchar con atención. Cuando le conoces es verdaderamente llamativo el candor que transmite su mirada, más propio de un niño que de un hombre cerca de los sesenta.
Entonces se levantó y dijo con el aire teatral que le caracteriza:
- compartiré contigo estas palabras; pertenecen al Zohar y trasmiten una gran verdad - y tras cerrar los ojos y hacer una pausa, comenzó a recitar:

- "Todo lo que el Santo, bendito sea ha hecho Arriba y Abajo ha sido con el objeto de proclamar Su gloria; no lo ha hecho sino por satisfacer Su voluntad. ¿O acaso puede imaginarse un esclavo volviéndose contra su amo y contradiciendo su voluntad? Por lo tanto, el Espíritu del Mal satisface la voluntad de su dueño.
Esto es comparable a un rey que tenía un único hijo al cual quería mucho. Le aconsejó que no se acercase a ninguna mala mujer, pues sería indigno de entrar en el palacio real. El hijo prometió cumplir con la voluntad de su padre.

Fuera del palacio había una cortesana de gran belleza física y elegantes movimientos. Se dijo un día el rey: "quiero comprobar si mi hijo me obedece." La llamó y le dijo: "procura seducir a mi hijo pues quiero comprobar hasta dónde es capaz de obedecerme." La cortesana se dispuso, pues, al seguir al hijo del rey, lo abrazó, le besó y, en fin, empleó todas sus artes de seducción. Pero el príncipe se contuvo dignamente y siguió el consejo de su padre; no la escuchó y la rechazó. Entonces el rey se regocijó enormemente con su hijo, le mandó entrar en palacio y lo colmó de presentes y de gloria.
¿Cuál es la causa de la gloria de su hijo? ¿No es acaso la cortesana quien merece ser elogiada por partida doble; por un lado porque no hizo sino obedecer las órdenes del rey y por otro, porque ella es la causa de todas las mercedes con las que el rey colmó a su hijo? Por esa razón el Ángel de la Muerte, que es el mismo que el Espíritu del Mal, es calificado "muy bueno", porque causa mucho bien a quien escucha la voz de su maestro."


Como ves él tiene su propio papel, sometido como todo a la Justicia universal - explicó volviendo a su tono habitual -. Y es muy importante recordar el peligro en el que se adentra el insensato que quiera desviar las fuerzas que representa según sus propios designios: aquel con ciertas aspiraciones será un juguete en sus manos; aquel que crea que puede dominarlo se convertirá en su desdichado servidor.
Volvió a sentarse junto a mí y mientras preparaba su pipa prosiguió:
- no olvides nunca, ¡nunca!, que él es el Tentador, el dragón que guarda el gran tesoro, la serpiente que tratará de mantenerte encadenado a todo lo contingente. Te hablará, te engañará, te cegará para que no encuentres el camino de la inmortalidad. Pero debes recordar que tú sabes dónde hallar ese camino, pues el Edén siempre ha estado muy próximo, sencillamente oculto en el centro de todas las cosas - y poniendo la mano en el pecho sobre su corazón continuó con la voz algo más baja -. Aquí arde el fuego secreto, la chispa de la Luz inteligible, la llama del Verbo creador en cada cosa creada; esta es el agua ígnea imperecedera, el disolvente universal que resolverá todos los contrarios. Este lugar es llamado el Santo Palacio, la Estación del Resplandor, el punto donde se refleja la Actividad del Cielo. Allí es donde se produce la intersección del microcosmos y el macrocosmos donde el ser humano recobra la eternidad perdida, su dignidad primera. En él reencontramos el manantial que brota a los pies del Árbol de la Vida, pues como escribió Angelus Silesius: "el plomo se cambia en oro, el azar se disipa cuando con Dios, soy cambiado por Dios en Dios." Y Eugen está aquí para impedir tu viaje de regreso. Así que recuerda esto: mantén tu atención en lo único importante - y mientras encendía la pipa terminó diciendo -, pues debes tener en cuenta que él jamás, ¡jamás! lo olvida.

Pasamos el resto del día charlando de múltiples cosas. Me mostró su esmerado jardín de setos esculpidos con intencionadas figuras geométricas, su laboratorio, sus instrumentos para observar el cielo, su biblioteca. Tuve la ocasión de conocer a algunos de sus invitados, de asistir a una de sus lecturas y después pasear por el bosque cercano que se extiende hasta los pies de los Cárpatos.
Tras una suculenta cena en el salón me despedí para marcharme a la habitación que se me había asignado. Pero antes de alcanzarla me detuve frente a la puerta de la estancia preparada para el rey, sintiendo muy sutilmente el escalofrío que provoca la presencia de Eugen. Cuando casi me había decidido a girar el pomo, me di cuenta que Istrati había subido las escaleras tras de mí y me observaba en silencio con atención.
- Una última cosa querido Frantisek - dijo entonces acercándose y poniendo la mano sobre mi hombro -: no permitas que él te conozca mejor de lo que te conoces tú mismo; amigo, debes ser absolutamente sincero, y si te descubres un día anhelando una de sus visitas debes de estar totalmente dispuesto a saber por qué lo haces o prepararte tal vez para perderlo todo. Buenas noches.
Y despidiéndose con uno de sus corteses ademanes se marchó por el pasillo camino a su habitación.

Tardé muchísimo en dormirme aquella noche. El silencio absoluto de aquel paraje parecía aumentar el volumen de mis pensamientos, y rememorando todo lo que había sido el día, recuerdo que pensé que Istrati estaba en lo cierto, que era un hombre valiente de ánimo incólume capaz de hacer brillar con la luz de la santidad la cosa más oscura. Y sin embargo me parecía que su visión tal vez no abarcaba más que una de las caras del prisma de lo que Eugen es. Me descubrí pensando en indagar más allá para tratar de entender las otras facetas; debía tener una visión más completa para no precipitarme en ninguna decisión de la que pudiera arrepentirme siempre, pues es difícil evaluar todo lo que está en juego cuando él está cerca.
Sin embargo, también recuerdo que antes de dormirme pensé, recordando la advertencia de mi anfitrión, que tal vez ese afán de encontrar otros sentidos no era más que la excusa que había escogido para ocultarme a mí mismo por qué en ocasiones, pese al profundo temor que siento, me descubro inquieto anhelando sus visitas en secreto.

 
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