miércoles, 1 de junio de 2011

La respuesta impronunciable

“No es el aspecto lo que uno debe buscar comprender, sino al presenciador de los aspectos.”
Kausitaki Upanishad

“El fuego de la Noche lanza la Mónada al sueño.”
Leurípides de Calamata

"Ésta es la región en la que descansa el Ser divino, con una corona blanca en la cabeza y el cetro de mando en la mano. Ante Él detengo mi barca y pronuncio estas palabras: "¡Dios poderoso, Señor de la Sed, mírame y escucha mis palabras! Acabo de nacer. Acabo de nacer. Acabo de nacer."
El libro de los muertos

Tras caminar durante un tiempo indefinido comprendí que me había extraviado. Me hallaba en una extraña construcción en la que sólo acertaba a encontrar, por mucho que caminara, pasillos y más pasillos con puertas que no llevaban sino a más pasillos. No todos eran iguales sino que parecía, cuando cruzaba algún umbral, que transitara de un edificio a otro: desde un corredor palaciego con enormes lámparas alineadas en su techo, pasando por uno de aspecto mucho más humilde, estrecho y oscuro, hasta otro de apariencia interminable y estilo burocrático, con el aire de una gris institución. En ninguno encontré ventanas.

Hasta después de un tiempo no fui consciente de que había otras personas. Caminaban de acá para allá, absortos también en sus pensamientos o bien apresurados en tareas que no acertaba a comprender. Unos parecían saber de la presencia de los otros, pues sin duda se veían y se esquivaban al pasar, pero no hablaban. Todos y cada uno parecían caminar solos y aunque aparentaban saber a dónde se dirigían, tras observarlos con detenimiento comencé a dudar que fuera así.

Cuando empecé a temer que no sería capaz de salir de aquel inmenso laberinto algo rompió el silencio. No demasiado lejos, retumbando a través de las galerías, se oyó un terrible rugido de una profundidad tal que hacía pensar en una bestia enorme. Y el sonido se aproximaba. La gente parecía asustada sin saber muy bien de qué y comenzaron a caminar más rápido, aunque tampoco huían. Primero corrí tratando de escapar, pero pronto el eco y los pasillos me confundieron y no fui siquiera capaz de saber si actuando de aquel modo conseguía alejarme lo más mínimo. Hasta que me detuve exhausto, la espalda contra la pared, decidido a aguardar a que aquella cosa pasara cerca de mí si así había de ser, hastiado de caminar y correr sin dirección, tanto tiempo según me parecía, que sentí que había transcurrido allí toda mi vida.

Hasta que aquella cosa pasó finalmente junto a mí: al frente caminaba un hombre con la mirada perdida y aspecto de estar completamente agotado. Había sido embridado, como si se tratara de un caballo, y atado tras él, como si fuera el carro del que tirara, había un monstruo gigante caminando a cuatro patas. Podían verse sus huesos y su cráneo a través de jirones de carne y algunos fragmentos de telas raídas, como si el cadáver de un enorme depredador se hubiera levantado de su tumba para caminar de nuevo. Y sobre la grupa de la bestia, sosteniendo las riendas del hombre, una figura menuda, de aspecto repugnante, que parecía un duende de piel macilenta. Supe que el hombre no sabía lo que cargaba a su espalda, como tampoco parecían saberlo el resto de personas que, asustadas antes por el rugido que oyeron de lejos, parecían incapaces de ubicar su procedencia ahora que la bestia caminaba en silencio frente a ellos. Entonces el duende giró su rostro, y sus ojos, apenas dos puntos diminutos y brillantes, se clavaron en los míos; sonreía mientras parecía preguntarse qué acertaría a hacer yo ahora que lo había visto.

En ese momento una terrible sospecha prendió en mi mente, de modo que, despacio, giré sobre mí mismo, pero lo que encontré fue que un nuevo corredor se había abierto allí donde antes sólo hubiera un muro. La luz que provenía de él parecía muy distinta esta vez.

Comprendí entonces que me encontraba frente al umbral de un templo. Al atravesarlo penetré en un pasillo cuyos muros, de gran altura, estaban adornados con relieves de vivos colores, aunque no conseguí apreciar ninguna de sus imágenes. La luz del sol iluminaba desde lo alto y se iba atenuando hacia el suelo, de forma que el resto del lugar quedaba alumbrado de una manera muy débil.

En aquel espacio no había puertas a lo largo de los muros sino que el pasaje proseguía recto, con el suelo ligeramente inclinado, hacía una única sala que se abría al final. Entonces comprendí que alguien me acompañaba, pues sentí su presencia caminando junto a mí. Supe que era un sacerdote, aunque en ningún momento pude verle.

Una vez alcanzamos el fondo accedimos a una estancia mucho más pequeña, casi cúbica. Imaginé que debía tratarse del sanctasanctórum del templo en cuyo centro se encontraba su único ocupante: una estatua que representaba una figura masculina, un poco más pequeña del tamaño de un hombre adulto y vestida con ropajes blancos. Recuerdo claramente la fuerza que emanaba de ella, la mirada de sus ojos abiertos y su rostro color negro.

Mi acompañante dijo entonces:

-Aquel que esculpió la estatua quiso conocer con ella lo Invisible; y tú no estás aquí sino para lograr lo mismo. Sabes que estás soñando –añadió-: sueña ahora desde su interior.

Me quedé muy quieto frente a ella, intuyendo sólo vagamente lo que podría significar lograr lo que se me pedía, concentrado en sus ojos, cerrando los míos después cuando al respirar percibí su respiración, cómo comenzaba a moverse… Hasta que de pronto todo cambió.

Me encontraba echado boca arriba, inmóvil, en el interior de lo que parecía una caverna, aunque la visión del techo de roca, si lo había, se perdía en lo alto debido a la oscuridad. A mi alrededor unas extrañas figuras, cuyo número no podía contar, se movían con armoniosos movimientos, precisos pero imprevisibles, como en una intrincada danza mil veces practicada. Y detrás de cada una de ellas parecía haber siempre otra más. Vi entonces que extendían sus manos hasta mí, desgarrándome, cortándome, desmembrándome. No podría decir si asemejaban ángeles o criaturas demoníacas, pues esto bien parecía depender de cómo la luz incidía sobre ellos. Y supe que todas aquellas rocas que veía sobre mí, en los muros alrededor, en el suelo, estaban hechas de mis propios huesos. Recuerdo que pensé: ¿en qué vez anterior si mis huesos aún me pertenecen? Pero los pensamientos se perdieron al llegar a una bruma anterior a la cual ya no acertaba a pensar nada.

Y así transcurrió la danza, hasta que me arrancaron los pulmones, los ojos, el corazón; y todo se volvió negrura.

Cuando volví a ver de nuevo una suave luz iluminaba la caverna. Parecía haberse hecho de día y que el lugar tuviera una abertura que en la noche hubiera pasado desapercibida. En su interior un tenso silencio parecía cubrirme, como si hubiera habido una membrana invisible que la rodeara. Entonces, acercándome en dirección a la luz, encontré la salida.

Y allí estaban de nuevo todas aquellas criaturas. Pero entonces lo vi: vi lo que hacen cuando nadie está mirando. Una de ellas, la más próxima a mí, levantó el dedo hacia sus labios e hizo un gesto para que guardara silencio, lo único de aquello que me fue dado contemplar que podría en realidad ser descrito. Entonces asintió levemente en manera de reconocimiento, para pasar a adoptar después un aire más severo, como de advertencia. Y mientras señalaba lo que había dejado tras de mí, oí que su voz decía:

-Ahora toma esos despojos que llamabas tuyos y vuelve a hacer lo que tiene que ser hecho.

Entonces desperté.

sábado, 22 de enero de 2011

La respuesta de la Ninfa

"Se habla de un oráculo que la Noche y la Luna comparten. Carece de límite y tampoco tiene fondo, sino que anda errante entre la humanidad a través de sueños y visiones."
Plutarco

En Molaki todo es un sueño. Pido Perdón pues a aquellos que podáis leer este escrito si os llega a parecer confuso, pero narraré lo que aconteció tal como fue, en la medida en que sea capaz de contar aquello de entre todo lo que vi que puede en realidad ser contado.

Allí donde los días no dependen del viaje del sol ni los acontecimientos parecen seguir mayor orden que el destello de un pensamiento, las pesadillas se sucedían. Y no porque supiera al aceptar mi viaje que todo lo que visitaría sería un sueño dejaba por ello de ser aterrador, pues, ¿qué podría haber de irreal en aquello que puede conocerse? Sólo que su realidad pertenece a otro mundo, pero uno que no deja de trenzarse en el que consideramos nuestro y que con frecuencia nos lleva más allá de nosotros mismos.

Había sido invitado a un banquete. Los comensales, corteses pero distantes, decían pertenecer a una corte que había estado dormida. A la luz de las velas, una muchacha, casi una niña a quien se dirigían como “alteza”, permanecía medio bañada en la sombra, y los rumores parecían susurrar aquí y allá que su majestad aún no había despertado. Sólo una figura parecía prestarme mayor atención que la requerida por la mera cortesía frente a un invitado. Era un hombre muy alto de rostro malcarado, que fruncía el ceño y torcía el gesto mientras me miraba muy fijamente. Aún así, si hubiera tenido que apostar contra él, habría dicho que trataba de marcarse algún tipo de farol y que era muy bueno haciéndolo. Tras unos momentos observándome con atención y evaluando cada uno de mis gestos, se acercó hasta mí. Aunque su figura era completamente humana se presentó como un fauno y su nombre comenzó a borrarse de mi memoria apenas lo hubo pronunciado. Por algún motivo casi preferí que fuera así. Llevándome consigo hasta un oscuro salón adyacente, y una vez medio escondidos tras unas pesadas cortinas, sacó de bajo de su capa una bolsa de seda negra y abriéndola dejó caer en mi mano un collar compuesto de gemas de brillantes colores.

-Su alteza me ha dado esto para vos- dijo entonces enfatizando la voz para que volviera a levantar la mirada desde la joya hasta sus ojos-. Es un presente para que podáis entregarlo a una dama-. Por unos momentos se detuvo a observar mi gesto de sorpresa, y entendiendo cuál era mi pregunta, añadió cambiando el tono: -tú que temes ser un instrumento del Mal, hombre peligroso, ella contestará cualquier pregunta que seas capaz de formularle –y levantando una ceja dejó entrever un amago de sonrisa para añadir: -¡cuán limitado te encuentras en verdad!
Después me llevó frente a una puerta y abandonó la estancia sin despedirse ni mirar atrás.

El camino que me alejó del palacio parecía una senda casi borrada y apenas distinguible a pesar de la luz de la luna. El firmamento se veía muy claro y el aire era frío, como correspondería a una despejada noche invernal. En aquel lugar no conseguí distinguir más que un paisaje pedregoso con pequeños arbustos espinosos que, desperdigados, adornaban el suelo de roca oscura. Sólo un poco más adelante vi lo que parecía un pequeño montículo escarpado o tal vez unas piedras gigantescas amontonadas desordenadamente. Decidido a escalarlas, comencé a escuchar un sonido de agua que venía de algún lugar en el interior de aquellas rocas. Cuando llegué a la cima pude ver que la piedra se abría en una ancha cavidad interior, casi circular, en la que había un estanque de aguas negras. Me pareció que sólo tras observarlo un rato comenzó a reflejar las estrellas, primero como un espejo en calma para pronto comenzar a agitarse suavemente en ondulaciones que parecían multiplicar las luces. Entonces me pareció que la luna había venido a reflejarse igualmente, hasta que comprendí que aquella luz que pronto emergió de la superficie era una mujer o tal vez lo más parecido a una mujer que podría haber surgido de aquella materia. Se acercó nadando graciosamente hasta quedar bajo donde yo estaba asomado y me miró muy fijo, aguardando algo. Comencé a descender por la roca hacia ella, y cuando quedé prudentemente cerca según estimé, extendí mi brazo ofreciéndole el collar de gemas que, en aquel lugar, parecían haber perdido su brillo, pues reflejaban sólo la oscuridad. Ella lo miró, levantó de nuevo su pupila hasta la mía, sonrió complacida y tras tomar mi mano, estiró con fuerza haciéndome caer con ella al interior de las aguas.

-Yo contestaré tu pregunta- dijo sosteniendo mi rostro entre sus manos-, pero tienes que darme un beso.

Entonces me besó, y como si hubiera estado hecha de mercurio, comenzó a arrastrarme hacia el fondo mientras me abrazaba, cada vez más profundo, hasta que todo se oscureció por completo allí donde ya no llegaba ninguna luz. Entonces sentí que me perdía, que no habría sabido, aunque me liberara de su abrazo, en qué dirección nadar para llegar arriba, y supe que pronto se agotaría el aire de mis pulmones aspirado en aquel beso. Recordando para qué había venido pensé que tal vez acertaría a escuchar la respuesta antes de morir y sentí cómo ella esperaba la pregunta como una tensión en mi mente. Y ya no pude pensar en nada más cuando acerté a preguntar:

-¿qué es lo que debo conocer?

Me encontré tumbado en la arena de un desierto. El cielo, casi blanco de lo luminoso, hizo que en un primer instante quedara deslumbrado. Al girar para tratar de levantarme comprendí que me encontraba en lo alto de una gran duna y vislumbré un valle, todo de arena. Entonces vi que no estaba solo.

En el valle estaba Eugen como nunca antes lo había visto. Tenía desplegadas unas alas imponentes de plumas blancas, grises y negras, y vestía una coraza brillante sobre unos ropajes de aire oriental. Portaba una lanza en sus manos y, mientras se movía como acechando algo en pequeños pasos calculados, seguí su mirada que vigilaba atentamente la arena bajo sus pies. Entonces me di cuenta que algo enorme se movía bajo ella, primero muy lentamente, hasta que emergió, de forma repentina y con un fuerte impulso que lanzó al aire una lluvia de arena, una serpiente gigantesca. Y tuvo lugar el combate: Eugen se movía no menos rápido que aquella criatura, saltando, esquivando sus embates y enarbolando su arma que lanzaba estocadas tan veloces como eran los intentos de la serpiente por arrancar su cabeza de un mordisco. Y así combatían hasta que, de algún modo, zafándose de ser estrangulado por sus anillos, Eugen atravesó el vientre de la serpiente. Subiéndose sobre ella se aseguró que la lanza la atravesara de costado a costado, hundiéndola con fuerza hasta que la criatura expiró y dejó de moverse. Entonces de la herida y de la sangre brillante comenzó a crecer un árbol que pronto alzó sus ramas imponentes. Eugen se quedó junto a él, bajo su frondosa copa, y su sombra y la del árbol se hicieron largas sobre la arena que asemejaba incandescente mientras el sol parecía prendido entre las ramas.

Entonces todo cambió. De nuevo el paisaje desértico estaba vacío y sólo una figura se movía sobre la arena. Era Karel a quien reconocí antes por su hermosa voz que cantaba que por su figura. En sus manos la lanza que antes portara Eugen parecía un objeto diferente, más parecido a un báculo, y la levantó para moverla en el aire siguiendo el ritmo de sus versos. Fue entonces cuando la serpiente surgió de nuevo desde bajo de la tierra y comenzó a moverse alrededor de Karel quien había comenzado a danzar. Ella empezó a acercarse lentamente hacia él, dando vueltas y dejando dibujada en la arena la huella de su trayectoria espiral. Hasta que llegó un momento que Karel cesó de danzar, giró la lanza y la clavó con decisión en el suelo; mientras, la serpiente llegó hasta el centro y se enroscó trepando lentamente por ella, hasta que su cabeza llegó a lo más alto y su boca quedó abierta hacia el cielo. Y ni el báculo, ni Karel, ni nada en aquel lugar produjo una sombra bajo la luz del Sol.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Apunte de Eila

Las notas del diario de mi padre me fueron entregadas por él, junto a muchos otros secretos, antes de su partida hacia Molaki.
Parecerá extraño que alguien que apenas supera la treintena, como es Pola, tenga una hija capaz de continuar con su trabajo y a quien le ha confiado lo que tal vez no se atreva a confiarle a nadie más.
Mi nombre es Eila, y sé que tengo alrededor de los veinticinco años, aunque no se hayan cumplido en este tiempo desde el que ahora escribo. No entraré en cómo Pola me encontró y menos en el misterio de cómo me trajo con él de camino hasta aquí, algo fuera todavía de mi comprensión; pero una aprende a hacerse las preguntas justas y a permitir que las respuestas terminen coagulando cuando les llega el momento oportuno.

Mi padre -hábil por cierto con el momento oportuno-, ha creido ver la ocasión de que la Torre, simulacro vacío y fantasmal desde que Onire la abandonara y marchara con los Vigilantes (esta es la historia que implica a Xavier y que mi padre dejó sin concluir), no sólo sea ocultada y custodiada -tal como lo está ahora-, sino destruida. Muchos de sus secretos permanecen aún oscuros para nosotros, pero la última vez que Pola, junto a Gabrielle, Aníbal y Ceinwen se aventuró en su interior, supo bien de las fuerzas demoníacas que una ruina, antaño sagrada como ésta, es capaz de conjurar cuando es abandonada por el espíritu.

Fue durante aquella incursión la primera vez que mi padre oyó hablar de Molaki: un heraldo de dicho reino se presentó para ofrecer una alianza imposible de rechazar. Reclamó nuestra ayuda para defender sus fronteras de los Usurpadores (se ha hablado de ellos en este diario también como "las gentes de Yvthruwn"), cuyo reino limita con Molaki. Abrir un paso allí supondría para los Usurpadores hallar el modo de alcanzar este mundo y, si llegara a ocurrir sin que estemos preparados, será el fin de todos nosotros. Y no sólo de nosotros.

Aquel mensajero terrible causó una honda impresión en Pola. Le dio unos días para meditar la respuesta a una proposición que sólo a él le fue dada: si el pacto fuera aceptado podría viajar hasta Molaki y ser instruido en las artes que le permitirían destruir la Torre.

Los días que precedieron a su decisión mi padre se veía taciturno e intranquilo. Creyendo que tal vez podría persuadirlo y evitar que marchara, le pregunté qué podría llevarle a aceptar partir en compañía de aquel monstruo hasta un reino de pesadilla y pensar que allí sería capaz de aprender a destruir la Torre. Entonces, con el gesto más grave que nunca le había visto, respondió:

-la noche en que el heraldo se presentó ante nosotros Gabrielle me confió una intuición, la última cosa que querría haber escuchado en ese momento. Ella dijo que contemplar a aquella criatura le recordó intensamente a mí, pues así de terrible aparecí ante sus ojos hace un tiempo en una visión: eso fue el día que cayó la noche sobre la casa de Eugen -me dijo-; la maldición caminaba contigo.

Entonces Pola me confesó cómo habría de hacerse capaz de destruir la Torre: en el instante en que aniquilara su peor pesadilla. Y ya no dijo más, aunque no necesito que me explique cuál es, pues le conozco mejor que a mí misma.

Pero no es propio de él despedirse dejando un mal sabor de boca. Así que, a solas, en el lugar más protegido que supimos encontrar -y después de demostrarle sobradamente que soy mejor jugadora de póker que él-, me reveló aquello que yo debía saber, más aún si ya no hubiera de retornar jamás, según dijo. Y entonces me describió la imagen más magnífica que nunca hubiera concebido. Y aquella imagen resumía su plan o, más bien, lo que sin duda habría de estar escrito allí donde todos los Planes lo están. Narrado en el final. Un final que no es sino el principio.

martes, 9 de marzo de 2010

Xavier y la Serpiente I. Madeleine

“Por la noche, sueña con una criatura hermosa y peligrosa: doncella y serpiente al mismo tiempo –de cabello largo. La criatura piensa en la destrucción de su entorno. Entonces, en una operación cuidadosa, la despojan de todo aquello con lo que podría provocar daños. Le quitan el cerebro, el corazón, la sangre y la lengua. Pero, ante todo, le quitan los ojos y se olvidan de quitarle el cabello. Es una equivocación, porque ahora la criatura –ciega, exangüe y muda- adquiere una fuerza tal que los que habitan su entorno sólo pueden salvarse con la huida. ¿Qué puede significar esto?”
Unica Zürn, El hombre jazmín


Xavier es un gran pianista, y sin embargo no es éste el más fabuloso de sus dones. Dicen que semejante sensibilidad al piano –como la de un médium que trajera la música desde su fuente- la heredó de su madre, Madeleine Vartan, a quien aquellos que conocieron en vida, al hablar sobre ella, parecen referirise no sólo a una persona sino también a un paisaje onírico, una visión atípica, una musa o un mar en calma. De esta paz carece Xavier -pronto a la alegría desbordante o a caer en el pozo de la desesperación-, pero es alguien que sabes del mejor acero que todavía está por templar.

Si Madeleine se antojaba casi un ser mítico para algunos que la conocieron (incluido Angelo, que en ciertas notas de su diario habla de un tiempo maravilloso en que ella residió en la Torre, o bien la nombra en la dedicatoria de varias de sus composiciones inspiradas por ella), tanto más tenía que serlo para Xavier, quien la perdió terriblemente pronto.

Cuando él tenía diez años y su hermana tan sólo ocho, Madeleine se despidió de ambos, ya muy débil, desde su cama en el señorial caserón campestre donde se retiró al abandonar París y casarse con un compositor español. Pero, ¿quién puede aceptar que no volverá a ver a quién más quiere, a alguien que más que una persona es todo el mundo que has conocido? No Xavier, para quien aquello era un error en el que tal vez había caído su padre, obnubilado por la pena, pero no él, quien sintió sobre sus hombros el peso de la responsabilidad de reencontrarla, pues tal vez sólo estaba perdida en el bosque y había que ayudarle a volver a casa.

La buscaba de día junto al río, al atardecer cerca de la alameda que bordea el camino que conduce a la casa y, ya de noche, en aquel rincón del jardín que a su madre tanto le gustaba, allí donde las enredaderas cubrían los hierros del umbráculo y Xavier, al estar junto a ella en los días de verano, se sentía sumergido en un palacio fabuloso bajo el océano.

Al fin fue en ese lugar donde la encontró. La primera vez fue apenas un atisbo, un susurro y una sombra pero, ¡era tal su alegría sabiéndose en lo cierto!: ¿cómo podría haberse marchado? ¿Cómo así? ¿Sin él? ¿Sin la pequeña Silvia? Y comenzó a frecuentar en la madrugada aquel rincón, primero en solitario, después con su hermana, quien también podía verla y a quien arrebataba hasta el desbordamiento la emoción. Y cuanto más reía y lloraba a un tiempo la pequeña más se acercaba el rostro de Madeleine que ahora podía alargar sus blancos brazos y tocarlos, besarlos. Y con aquel contacto Xavier se sintió como en medio de un vendaval en el que a duras penas se mantuvo de pie y cuyo aire atravesaba incluso su cuerpo. Y al fin comprendió. Pero Silvia después de aquella noche pasó días sumida en un sueño febril y fue entonces cuando comenzó a hablar de cosas extrañas que ni siquiera Xavier entendía, a llorar repentinamente, a escapar hasta el jardín sin él en la madrugada.
Una de aquellas noches, cuando Xavier se despertó alarmado y se acercó allí para buscarla, oyó la voz de su hermana como muy lejos y la luz de la luna delató a aquella criatura espantosa, la mujer que se hacía pasar por su madre: ¿qué era aquello? ¿Por qué mirar a sus ojos le daba vértigo? Tomó con fuerza a Silvia de la mano y corrió y corrió despavorido hacia la casa y la abrazó muy fuerte pidiéndole perdón, asustado de aquella cosa y de sí mismo. Y Silvia le perdonó, pero Xavier, quince años después, todavía no se ha perdonado a sí mismo.

Las visitas de la dama escalofriante cesaron pero, una noche, Xavier soñó con un incendio y se despertó rodeado por las llamas. Después de lo sucedido su padre vendió la casa y se marcharon a vivir a la ciudad, pero Xavier sabía que todo aquello viajaba con él y se sentía un monstruo peligroso. Y nunca lo habló con nadie. Él era como un pozo que tenía que ser anegado pero, ¿anegado cómo?, ¿con qué? Jamás se sintió capaz de apartarse de todo lo que lo apasionaba. Y tras años de miedo y dudas decidió tratar de comprender. Volvió a París, a la casa que fue de su madre, con el convencimiento que otorga la intuición de saber que allí encontraría las respuestas.
Y estaba en lo cierto, pues la más terrible de ellas le estaba aguardando en la estación nada más bajó del tren.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Interludio

“Nadie puede ‘escribir un cuento de hadas’ si no cree en las hadas y no está familiarizado con las leyes del país de las hadas.”
Ananda K. Coomaraswamy

“-¡Ay! dije, en esta estación lluviosa de lluvia oscura, en este lúgubre tiempo ignorado, sólo vuestras lámparas de niños arden. Y yo también querría volver a mirar otra vez la luz del espejo.”
Marcel Schwob, El libro de Monelle


Si el pueblo feérico tiene canciones infantiles, si los niños que secuestran en sus intercambios se atreven a nombrar aquello que más temen, tal vez lo hagan acompañados de una musiquilla sencilla e intrigante, una de esas melodías protectoras de los juegos más secretos capaces de ahuyentar el mal, como un talismán. Entonces, mientras corretean en los patios de los palacios subterráneos, puede que girando alrededor del árbol más alto, o quizá saltando a la pata coja sobre baldosas de bronce, plata y oro, se atrevan, antes que mengüe la luz de las lámparas, a nombrar ese lugar:

Molaki limita con todos los males del mundo,
por eso su cercanía es un mal augurio.

Molaki es origen de grandes pesares,
pues es propio de los sueños convertirse en vigilia.

Molaki sin embargo debe existir: si el fuego de Molaki se extingue, desaparece la frontera con el Mal.

Quisiera narrar, antes de que me guíen hasta ese lugar, todo lo que aconteció para acabar afrontando semejante destino. No sé en qué momento vendrán a por mí pero, si no terminara ahora, espero continuar a mi regreso. O mejor, tal vez debería expresarlo de esta manera: espero regresar.
Y aunque averiguar cómo encontrar el camino de retorno habría de ser lo único que ocupara mis pensamientos, creo que será propicio tener todo lo ocurrido en cuenta al tratar de afrontar esta historia. Mas, ¿por dónde iniciarla? ¿Cómo comenzó todo? No es fácil buscar algún principio a este vórtice de acontecimientos.
Pero si en verdad me propongo hacerlo, tal vez pueda empezar por cómo Xavier, hijo del Vigilante, liberó a la Serpiente de su cautiverio.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La ladera del Glydel Fawr

Para Kiko, David, María y Jorge, aquellos que dan vida a estas historias.
Para Sahaquiel, quien me ayuda a comprender su verdadero sentido.

Con el terror ciñendo mi cabeza
dije: "Maestro, ¿qué es lo que yo escucho,
y quién son éstos que el dolor abate?"
Y él me repuso: "Esta mísera suerte
tienen las tristes almas de esas gentes
que vivieron sin gloria y sin infamia.
Están mezcladas con el coro infame
de ángeles que no se rebelaron,
no por lealtad a Dios, sino a ellos mismos.
Los echa el cielo, porque menos bello
no sea, y el infierno los rechaza
pues podrían dar gloria a los caídos."

Dante, Infierno (III, 31, 42)

La figura esbelta, casi etérea de Isobel, se perfilaba decidida contra el viento y el paisaje gris mientras ascendíamos por la ladera del Glydel Fawr. Nunca antes había visitado Snowdonia, una maravillosa región de soberbios lagos, bosques, páramos y montañas al noroeste de Gales, ni había oído hablar de ella hasta que Gabrielle me contó su providencial encuentro en este lugar con las hermanas Bethan e Isobel Cadwalader. La narración de Gabrielle, en todo caso, dejaba más a la imaginación que realmente contaba, y tras negarse a ofrecerme más detalles de aquel encuentro me dijo con el fácil propósito de intrigarme:

-Tienes que hablar con ellas y ver con tus propios ojos ese lugar. Deja que te cuenten las leyendas que conocen: sé que te fascinarán. Y es muy importante que las medites; existe la posibilidad de ahondar mucho más en el misterio de la torre.
Me encanta Gabrielle haciéndose la misteriosa, así que le insistí un poco más, aunque sólo fuera para divertirme viéndola fruncir la nariz y decirme con un tono entre risueño y reprobador:
-¡Ay, Franta!, ¡vete ya y no me tires más de la lengua o acabaré contándotelo todo!

Con un coche alquilado seguí las carreteras secundarias y después los caminos pedregosos hasta el apartado caserón de la familia Cadwalader en el corazón de Snowdonia. Me sobrecogió el paisaje que lo enmarcaba: colinas que parecían dibujadas y un cielo cubierto por pesadas nubes que volaban veloces hacia el horizonte luminoso, como oscuros pájaros ávidos por la luz. Un poco más allá de la casa se perfilaba la silueta del pequeño castillo que erigió el antiguo señor y custodio de estas tierras: el insigne Meical Cadwalader cuya magnífica historia estaba a punto de conocer.

-Bienvenido, Pola –dijo Isobel sonriente al abrirme las puertas-. Por favor, siéntete como en tu casa: los amigos de la dama Ceinwen son nuestros amigos.

Al entrar al salón me sorprendió un antiguo tapiz que, ocupando gran parte del muro, mostraba una escena espectacular: en una parte se libraba un combate entre un jinete y una bestia, un precioso dragón bordado en granate, negro y plata; más allá se alzaba una torre cuya cima se perdía entre nubes doradas a modo de escala por la que descendían los ángeles.

-El tapiz narra la historia de nuestro antepasado Meical Cadwalader –me explicó Isobel más tarde-. Se dice que hubo un tiempo en que los ángeles instruyeron a los hombres en el arte de la construcción de las Torres, pero cuando sus conocimientos quedaron ocultos, aquellos que pretendieron su poder, incapaces ya de construirlas, se vieron en la necesidad de conquistarlas. Se cuenta que cada Torre estaba guardada por una terrible bestia, y que sólo a aquel que conseguía abatirla se le reconocía su derecho. Así lo hizo Meical, y tras vencer al dragón, los ángeles le entregaron el sello garante de su rango y con él la sabiduría de aquellos para los que las Torres ya no esconden secretos. Fue con éste poder con el que Meical hizo temblar la tierra y detruyó la Torre: ésa fue su elección. Más tarde erigió aquí su castillo y se consagró a proteger por sí y por su familia esta tierra de todo aquello que el rumor de sus ruinas aún pudiera convocar. Fue su nieto Gwythyr, según cuentan nuestras crónicas, quien se comprometió más tarde en un pacto, un juramento que vincula a mi familia con Ceinwen y aquellos que combaten junto a ella.
Al ver mi gesto inquisitivo, asintió con la cabeza y añadió:
-Paciencia. Mañana hay un lugar que quiero mostrarte; allí te hablaré detenidamente sobre ello.

-Encontramos una noche a Gabrielle y Xavier muy desorientados junto al emplazamiento donde estuvo la Torre de Meical- explicó Bethan -. Y no me sorprende que contaran que viajaron allí desde vuestra Torre en París, pues se dice que todas están íntimamente conectadas entre sí, más allá de las barreras del espacio o el tiempo. Aunque de ésta que se alzó un día en nuestras tierras no queden ni tan siquiera los cimientos, el viento que viene de allí trae mensajes que aún pueden escucharse si sabes prestar atención: nos hablan de las cosas que siempre fueron, son y serán.

Tras la cena terminamos la velada bebiendo algo junto al fuego. Por turnos siguieron hablándome de la visita de Gabrielle y Xavier, de su padre Siorus y de las historias sobre Ceinwen:

-La dama Ceinwen, “madre de dragones”, solía hablar con las tarascas de estos parajes cuando aún eran numerosas –explicó Bethan-. Nuestro padre nos contaba esas historias cuando salíamos a pasear por el bosque: ¡imagínate mi sorpresa al reconocerla, al saber que era ella la que tenía frente a mis ojos cuando Gabrielle y Xavier volvieron aquí acompañados por ella! Sólo la había visto en sueños: siempre trae noticias de mi padre y me reconforta, aunque al despertar nunca recuerde lo que me ha revelado.

En estos términos se referían a Ceinwen, aquella que en París llamamos Charo, una de mis compañeras de la torre Perret a la que conozco desde hace ya varios años y cuyo pasado -que parece perderse en el tiempo-, es un misterio para todos, incluso para ella misma. Sin embargo, los acontecimientos parecen conjurarse últimamente para que recuerde y comprenda el verdadero alcance de su misión. Y los acontecimientos, ya se sabe, no se conjuran sin razón.

Finalmente la charla se fue desviando hacia temas más mundanos hasta que terminamos hablando sobre nuestros respectivos gustos musicales. Observando con atención pude verlas tan parecidas y tan diferentes entre sí como suelen serlo las hermanas, pues la luz del fuego iluminaba sus rostros revelando impresiones muy distintas sobre las dos: sobre Isobel, unos tres años mayor, el reflejo del fuego parecía acariciar la superficie para elevarse a partir de ella, como enmarcando su rostro y otorgando aún mayor distancia a la dulzura de su mirada; sobre Bethan la luz jugaba acentuando sus formas en un perfecto equilibrio de claridad y oscuridad, haciendo brillar su viva mirada como una flecha a la caza siempre atenta del detalle.
Más tarde me enseñaron el resto de la casa y pude comprobar la pasión familiar por el medievo en su cuidada biblioteca. Finalmente, antes de acompañarme hasta la habitación de huéspedes, Isobel me mostró una sala donde había guardada una impecable armadura.

-Pertenece a mi padre –dijo mirándola con una mezcla de orgullo y tristeza-. Hace ya dos años se marchó en plena noche llevándose únicamente su espada. Bethan lo vio desde la ventana de su habitación saliendo de casa en la madrugada. Dice que lo acompañaba otra persona, alguien muy alto y encapuchado a quien no fue capaz de ver el rostro. Corrió lo más rápido que pudo para buscarlos, pero ya no pudo encontrar a nadie en el camino. Desde entonces no hemos tenido más noticias, salvo los sueños de Bethan y un mensaje –aquí se detuvo y tras una pausa en que esbozó una sonrisa, añadió -: pero siempre hemos sabido que sigue con vida.

A la mañana siguiente Isobel y yo partimos camino a la cima del Glydel Fawr. Durante el ascenso iba mejorando la perspectiva para contemplar aquellas tierras: montañas tapizadas de grises, ocres y verdes mezclados como en una acuarela y brillantes lagos lechosos bajo la tímida luz del sol apantallado tras las nubes. Todo tenía cierto aire pretérito, primigenio, como un paisaje elaborado por antiguos dioses que ensayan por vez primera la belleza mineral que otorgarán a este mundo.
Tras unas horas caminando prácticamente en silencio nos detuvimos al fin frente a nuestra meta. Se trataba de una extraña formación de alargadas rocas grises de aspecto imponente. Su presencia se perfilaba con gran fuerza, como sólo lo hacen las cosas que se encuentran a un mismo tiempo en éste y el Otro lado.

Isobel se agachó entonces y rozando con sus dedos el suelo me dijo:

-Sobre este punto posó la mano Xavier y tras desaparecer frente a nuestros ojos, volvió trayendo el primer mensaje de mi padre que hemos tenido fuera de los sueños de Bethan -tras sopesar qué decir, finalmente sólo añadió-. Tu amigo, desde luego, tiene extraños e interesantes dones.
No sé hasta dónde llegaban sus intuiciones, pero un tiempo más tarde comprobamos hasta qué punto tenía razón sobre él.
Acercándose después un poco más a las piedras, Isobel me contó la leyenda:

-Este es el lugar en que cayó Lucifer cuando fue expulsado del Cielo –explicó. Y señalando después a las rocas dijo-, y esta es su mano que tras la caída quedó al descubierto. Prudencia pues en este suelo sagrado: nos encontramos sobre una de las puertas del Infierno –tras quedar unos momentos pensativa continuó-. Se dice que alrededor de la mano hay noches en que pueden verse figuras caminando en círculos. Dan vueltas y vueltas, una y otra vez, lamentándose en forma tan amarga, que sus voces arrastradas por el viento pueden llegar a helarte la sangre aunque estés a muchas millas de aquí. Algunos cuentan que son fantasmas, pero mi padre me habló de su verdadera identidad tras la primera noche en que soñé con ellos cuando aún era una niña. Los días que siguieron a ese sueño me leyó la historia de Parzival, aquel que habría de convertirse en el rey del Grial. En el relato, su tío Trevizent contó a Parzival cómo Dios, en un principio, envió como custodios del Grial en la tierra a los ángeles neutrales, aquellos que no tomaron partido por ninguno de los dos bandos cuando lucharon Lucifer y la Trinidad; lo guardarían hasta alcanzar el perdón divino y al ser relevados en su cometido por la comunidad de hombres y mujeres llamados a dicha misión, aquellos “a quien Dios designó para ello y les envió su ángel”, fueron sus palabras. Pero cuando Parzival logró su meta, su tío habló sobre estos ángeles una segunda vez, revelándole sólo entonces la verdad sobre ellos:

“Os he contado que los ángeles expulsados habían vivido en el castillo del Grial, por castigo de Dios, mientras esperaban su Gracia. Pero Dios es inflexible y continúa la lucha contra aquellos que yo había dicho que podían conseguir su favor. Quien desee recibir su recompensa debe declararles la guerra. Están perdidos eternamente, pues ellos mismos eligieron su caída.”

Después se quedó en silencio, caminando alrededor de las rocas meditativa; hasta que un nuevo pensamiento cruzó su frente y su mirada serena volvió a dirigirse a mí:

-Si te acercas para observar mejor las piedras, te contaré qué otro secreto guardan –obedecí y ella fue señalando las rocas una a una -. Sobre cada uno de los cinco dedos está grabado el sello perteneciente a una Torre, aquellos emblemas conseguidos por quienes detentan su poder, sus custodios y protectores. Mi padre me contó que hace mil años, cinco Torres hicieron un pacto en este lugar: marcaron los sellos de sus casas y juraron consagrarse juntos a la lucha contra las gentes de Yvtrhuwn. Así es como los llama mi familia, pero tienen muchos nombres. Sé que vosotros los habéis combatido y los conocéis como los habitantes de la Ciudad Maldita y los Usurpadores, aquellos de quienes se dice que buscan la Vía para descender por ella; aspirantes a dioses que pretenden someter la Serpiente a su voluntad.
Me quedé observando los símbolos detenidamente tratando de recordar si había algún lugar donde hubiera podido verlos antes, pero sólo reconocí aquel que perteneció a Meical y que estaba representado en el tapiz.

-Sí, este es el sello de mi familia- confirmó Isobel –y de los otros sólo conozco lo poco que me ha revelado mi padre. -Deteniéndose frente a aquel que estaba grabado sobre el dedo índice prosiguió:- Este símbolo corresponde a la terrible Eriltes, a quien sé que conocéis. Se cuenta que Eriltes y Ceinwen son hermanas y que eran sacerdotisas de una Torre muy antigua que se alza en algún lugar oculto no muy lejos de estas tierras. Pero Eriltes traicionó a Ceinwen y a su culto y elaboró un arma de gran poder. Se dice que posee una daga en la que engarzó una piedra negra con un mango tallado a partir de las raíces del roble sagrado. Con ella atravesó el pecho del Ben-Elohim, el ángel que velaba por esa Torre, consumiendo su poder y se dice que su sangre. Eso convirtió a Eriltes en una poderosa bruja, tanto -advierte siempre mi padre-, como un demonio. Después hirió a Ceinwen para robarle sus conocimientos y recuerdos. Y se dice que desde entonces Ceinwen viene renaciendo a lo largo de los siglos, viviendo muchas vidas, siempre guiada por la fuerza de su destino para luchar contra las gentes de Yvtrhuwn y los fomore; hasta que llegue el día en que se haga valer el pacto y se reúna de nuevo con Eriltes y los demás sobre esta montaña.
Entonces, alzó su mano y señalando unas colinas lejanas dijo:

-En ese momento los ejércitos de Arturo podrán verse desfilar sobre las cimas, tal y como se canta en las viejas canciones –y fijando la vista en el horizonte, respiró hondo antes de añadir-: entonces volverá mi padre o yo ocuparé su lugar como líder de mi casa –Isobel sonrió-. Después de todo Cadwalader significa “líder de la batalla” –y mirándome fijamente a los ojos preguntó-: Ese día estarás a mi lado y al de Ceinwen, ¿verdad, Pola?
Asentí con la cabeza.
Cuando comenzamos el descenso de la montaña alcé la vista mirando hacia el cielo buscando confirmación a mi asentimiento; pero el intrincado vuelo de los pájaros me habló en realidad de todo lo que aún deberé enfrentar si es que ha de llegar para mí ese día.

martes, 15 de septiembre de 2009

Xvarnah

"¡Bien amado!
No puedes tratarme con equidad,
Pues si te aproximas a mí,
Es porque yo me he aproximado a ti"
Ibn 'Arabî


Aquel que vive en mí se mueve con la luz entre las hojas de los árboles; dibuja la imagen del sol en la tierra para que pueda contemplarla sin cegarme.

Aquel que vive en mí camina a mi lado y yo camino a su encuentro; y no hay vereda solitaria ni soledad bajo la luna.

Aquel que vive en mí cruzó la montaña en dirección al mundo; descendió al páramo, contempló la torre abandonada, y supo ver el pilar de un puente desaparecido.
Venció a quienes guardan las murallas aunque las flechas rasgaran su túnica; mientras, vi su rostro en cada cosa como en un espejo milagroso.
Caminó sobre el mar a lomos de la serpiente para cruzar las aguas; yo sentí desbordar mi alma y quemarse el mundo en los hornos del xvarnah.

¿Es este fuego el mismo que un día lo forjó? Pues todavía no está extinguido.
En ese lugar todo es tan nuevo que aún permanece incandescente.
Eternamente nuevo.
Eternamente.

lunes, 8 de junio de 2009

La casa del diablo

“Satanás se burla de todas tus amenazas. Lo que le espanta es ver una luz en tu corazón.”
Dicho sufí


Hay un lugar sobre el que me propuse escribir muchas veces, un deber autoimpuesto que siempre he acabado relegando. Mi pobre talento poético se convierte en este caso en una bendición pues no habría nada peor que trasmitir lo que allí se siente a alguien que ha tenido la fortuna de no visitarlo jamás.

La forma en que solemos referirnos a ese sitio aquellos de mis compañeros que lo hemos visto suele ser “la casa de Eugen”, expresión aparentemente inocua con la que nos proponemos no evocar nada de lo que allí vivenciamos. La intención sin embargo es totalmente inútil porque la huella que deja en ti ese lugar una vez que él ha tenido la “gentileza” de mostrártelo queda marcada con el fuego que parece haberlo arrasado por completo.
A veces los encuentros con Eugen no te llevan hasta allí, sino que se presenta como un transeúnte más y se sienta a hablar contigo en el banco de algún parque. Pero ese lugar le acompaña siempre y con él el temor que sientes de extraviarte en su interior para no volver. Sólo llegar a intuirlo -aún como el más leve destello-, te paraliza ante el horror de imaginar que en cualquier momento sus puertas se abrirán, pues sólo está un pestañeo más allá, en el rincón que no queremos ver y que acecha desde el rabillo del ojo.

Hay en ese lugar una edificación monstruosa sobre una colina tras la cual se oculta el sol. La cima de sus muchas torres suele perderse tras la ceniza, su cúpula está hundida y el contraluz intensifica aún más la negrura de sus muros. No se debe su color a un mármol negro y brillante o a alguna piedra oscura, sino que es un negro opaco, baldío, como si hubiera sufrido un gran incendio y las cenizas que perpetuamente cubren el cielo fueran las de aquello que sucumbió arrasado en su interior. Yo jamás lo contemplé más que de lejos, pero aún así me pareció que venía de él un rumor que me produjo gran espanto e hizo que me esforzara por no escuchar. Sin embargo conozco a alguien que penetró una vez allí y casi perdió la cordura. Mi amiga Marion me habló -sumida en un profundo delirio- de un templo sin estatuas, sin pinturas, sin cirios ni ventanas y donde resuena la música más atroz: el eco del vacío donde la mente desespera. Sólo le salvó del vértigo absoluto algo que contempló en el suelo: un inmenso laberinto, como los trazados en el pavimento de algunas catedrales, en el que vio encerrada una serpiente.

Eugen, observando mi gesto de terror ante la mera posibilidad de vivir semejante incursión puso la mano sobre mi hombro para preguntarme una vez:

-¿Te horroriza? -su rostro aparentaba una sarcástica extrañeza-, ¿en verdad tanto te asusta? Pues has de saber que yo no erigí ese lugar: vosotros me habéis encadenado a él.

Y después suavizando el tono añadió algo que suele repetirme:

-¡Vamos Pola, deja de temerme! Yo puedo llevarte más allá de lo que nunca imaginaste.

Si el encuentro se produce en aquel temible lugar tu mirada desespera y huye del suelo tratando de refugiarse en el cielo. Pero allí sólo encuentras el perpetuo crepúsculo cubierto de cenizas que, pese a su perenne apariencia, no te otorga la bendición de transportarte más allá del tiempo, sino que el peso de cada segundo te abate con una angustia indescriptible a pesar de lo cual tienes la sensación de que todo ese horror llega hasta ti absolutamente atenuado. Mientras, Eugen parece estar sumido por completo en él.
Una vez que me vio alzar la vista me dijo sonriendo:

-¿Qué estás esperando, Pola?, ¿que aparezca tu “Virgilio”?, ¿acaso que las nubes se retiren y puedas distiguir en este cielo alguna estrella? Harías mejor en meditar si tu guía aquí no habré de ser yo.

¡Oh, embustero!, ¡qué bien mientes con verdades! Qué difícil se hace entender que lo que dices es cierto, pero sólo a ras del suelo. En la periferia todo gira, surge y se desvanece, y libertad parece el poder de escoger entre opciones, posibilidades viciadas de origen, efímeras, huérfanas sin raíces. La verdadera libertad no es otra que Ser, cumplir aquello que es pura necesidad, para lo que estamos llamados y que tan bien ocultan tus elaborados juegos de espejos. Necesidad enturbiada por contingencias que sólo funcionan si estamos ciegos. Pero nuestra ceguera es tu misión.

La tarde de nuestro encuentro en el parque la gente pasaba frente a nosotros totalmente inconsciente de su presencia. Cuando él me sorprendió observándolos, adivinó mis pensamientos y dijo:

-no los tengas por afortunados porque no puedan verme; ellos también me conocen pues me presento en su vida bajo formas infinitas. Pero tú has comenzado a abrir los ojos y ahora puedes reconocerme con este mi rostro que es como el tuyo.

sábado, 31 de enero de 2009

El ney

Inflama, aliento que me atraviesas,
el sonido de la flauta de caña.
Arde en mí, fuego de la Tierra luminosa,
prendiendo las estrellas
que se tornan almenaras.

Eternidad, si jamás concluyes,
¿qué podría mermar tu luz?
Señalas por siempre al viajero en el exilio
el titilante camino del retorno.

lunes, 26 de enero de 2009

La flauta de caña III. El sonido de fuego

“Escucha la caña, ¡cuenta tantas cosas! Dice los escondidos secretos del Altísimo; pálida es su figura y el interior vacío. Ha dado su cabeza al viento y repite: Dios, Dios, sin palabras y sin lenguas.”
Mawlānā Ŷalāl al-Dīn Rūmī

El célebre poeta persa y maestro sufí Mawlānā Ŷalāl al-Dīn Rūmī (1207-1273), más conocido entre nosotros simplemente como Rumi, fue el autor de una vasta obra poética que incluye uno de los más importantes escritos de la literatura persa, el Masnavi, cuya belleza y trascendencia han llevado a que sea conocido como el “Corán persa”. Está compuesto de más de veinte mil versos que narran cientos de fábulas, revelaciones coránicas y escenas cotidianas, con el trasfondo metafísico fundamental de la búsqueda de Dios.
Entre sus múltiples historias cuenta que un día el Profeta Muhammad confió unos secretos a su yerno ‘Alí, siéndole prohibido a éste que los desvelara. ‘Alí consiguió mantener con esfuerzo su palabra durante cuarenta días pero finalmente, incapaz de seguir manteniendo el secreto, marchó al desierto y asomándose a la boca de un pozo lo confesó al interior de la tierra. Se cuenta que en el transcurso de la revelación su saliva cayó dentro; y en aquel mismo lugar, al poco tiempo, creció una caña que un pastor cortó y talló para elaborar una flauta. Se cuenta que las melodías que interpretaba eran de tal belleza que las gentes que acudían en multitud a escucharle quedaban extasiadas, y que incluso los camellos atendían respetuosamente rodeándole en círculo. La fama del flautista llegó hasta oídos de Muhammad quien le hizo llamar y pidió que tocara para él:

“Estas melodías, dijo entonces el Profeta, son el comentario que yo he comunicado a ‘Alí en secreto. Del mismo modo, si alguien entre las gentes de pureza carece de pureza, no puede oír los secretos de la melodía de la flauta, ni gozarlos, pues la fe es el placer y la pasión”.

Tal es la profundidad del mensaje que transporta la música del ney, nombre persa de la flauta de caña o caramillo. Y por ello se toca durante las sesiones de dhikr y en el samâ (concierto espiritual acompañado de danzas), practicados por la orden Mevleví, tariqa fundada por los propios discípulos de Rumi y conocida popularmente como la orden de los Derviches Giróvagos.

Una historia igualmente hermosa y significativa sobre la trascendencia de la música del ney es destacada por Henry Corbin en el capítulo titulado “Del sentido místico de la música persa” de su libro “El Imam oculto”. En él nos habla del secreto que puede comunicar el sonido de la flauta a aquellos dispuestos a trascender los sentidos físicos y percibir su mensaje a través del oído del corazón. Explica Corbin:

“En una de sus grandes obras todavía manuscritas, Qâzî Sa’îd Qommî (pensador iraní del siglo XVII), recuerda y comenta largamente unas palabras de aquel que ocupa un lugar eminente entre los corazones iraníes, el primer Imam de los chiitas, Mowlânâ Ali ibn Abî Tâlib. Según esta tradición, el primer Imam dijo un día entre sus familiares:

Porque había en mi corazón preocupaciones que lo angustiaban y no he encontrado a nadie a quien confiarlas, he golpeado la tierra con la palma de la mano y le he confiado mis secretos, de manera que, cada vez que en la tierra germina una planta, esa planta es uno de mis secretos.

Ciertamente, no se trata de un secreto agronómico. La Tierra de la que se trata no es la tierra que soporta nuestros pasos y que está hoy en vías de ser devastada por las ambiciones de nuestras desmesuradas conquistas. Es la “Tierra de luz” que sólo se ve con los ojos del corazón. Pero depende de nosotros mirar esa tierra con ojos capaces de verla, y, mirándola de ese modo, hacer que la Tierra de luz nos mire también, nos concierna también a nosotros. Depende de nosotros que, golpeando junto con el Imam el suelo de esa Tierra de luz, veamos emerger en ella ciertas plantas que nos revelen nuestros secretos apenas presentidos. Y como ocupando un rango preeminente entre esas plantas, el filósofo Qâzî Sa’îd Qommî nombra la caña de la que está tallada la flauta mísica, cuyo lamento exhala el prólogo del Masnavi y que, como sabemos, está asociada a todos los servicios religiosos de la Orden de Mowlânâ.
Todos hemos oído cantar al menos algunos dísticos de este prólogo:

Escucha la historia que cuenta la flauta de caña, la
de las separaciones cuyo lamento exhala.
Desde que fui cortada del cañaveral, mi queja ha

hecho lamentarse a hombres y mujeres.

El que es abandonado lejos de su fuente original,
aspira a volver al tiempo de su unión.
Mi secreto no está lejos de mi queja, pero la luz
está ausente al ojo y al oído.
El cuerpo no está velado al alma, el alma no está
velada al cuerpo; sin embargo, a nadie le está
permitido ver el alma.
Es de fuego el sonido de esta flauta, no es un
soplo de viento. Quien no posee ese fuego,
¡morirá asimismo!

Ciertamente, nadie ha visto nunca el alma con los ojos con los que normalmente vemos las cosas de este mundo. Sólo se puede presentir por la queja de la flauta mística cortada, en el origen, en la Tierra de luz. Lo que germina de esa Tierra y de ella fue separado, la historia del exilio y el retorno, ésa es la obsesión de la mística persa, y eso es algo que no puede ser visto ni probado de forma racional, algo que no se puede contar ni se puede ver con la vision directa, sino que sólo el hechizo musical nos puede hacer presentir y ver, en la medida en que a audición musical llegue a hacernos súbitamente “clarividentes”. Y esto es, en muy pocas palabras, lo que quisiera sugerir al hablar del sentido musical de la mística persa.
Lo indecible que la mística persa se siente en el deber de expresar es la historia que rompe lo que nosotros llamamos historia, una historia que deberíamos denominar metahistoria, pues su acontecer se sitúa en el origen de los orígenes, anteriormente a todos los acontecimientos registrados y registrables en nuestras crónicas. La epopeya mística es la del exiliado que, llegado a un mundo extranjero, está en camino para volver a su casa, a su mundo. Lo que intenta decir esta epopeya son los sueños de una prehistoria, la prehistoria del alma, su preexistencia a este mundo, sueños que parecen ser siempre para nosotros una orilla prohibida. Por eso en una epopeya como el Masnavi, apenas se puede hablar de sucesión de episodios, ya que todos ellos son emblemáticos, simbólicos. Toda dialéctica discursiva está excluida. La conciencia global de ese pasado y del futuro al que nos invita más allá de los límites de la cronología, no puede alcanzar más que musicalmente su carácter absoluto. Para experimentar su “Libro santo”, ese Masnavi que con frecuencia es denominado el “Corán persa”, los místicos están, por esencia, en el deber de cantar para decir.”

La flauta es el alma que se siente separada de su manantial divino, que trasmite, con su sobrecogedor sonido, el anhelo por la separación: “Ese anhelo que expresas/ es el mensaje de respuesta/ Ese penar desde el que gritas/ Es lo que te atrae hacia la unión./ Tu pura tristeza/ Que desea ayuda/ Es el cáliz secreto”, dicen otros versos de Rumi.
Y suyas son también las palabras con las que se dirige a Dios para decirle: “Nosotros somos la flauta, la música viene de ti”.

Ejemplar del Masnavi. Irán, 1479.


Prólogo del Masnavi

Escucha el caramillo, cómo se queja,
Lamentando su destierro del hogar:
“Desde que me arrancaron de mi cama de mimbre,
Mis lastimeras notas han hecho llorar a hombres y mujeres.
Reventé mi pecho, esforzándome por desahogar los suspiros,
Y expresar los dolores súbitos de mi anhelo por mi hogar.
Quien mora lejos de su hogar
Anhela siempre el día de su regreso.
Mi lamento se oye en todas las multitudes,
A coro con aquellos que se regocijan y aquellos que lloran.
Cada uno interpreta mis notas en armonía con sus propios sentimientos,
Pero ninguno desentraña los secretos de mi corazón.
Mis secretos no son ajenos a mis notas lastimeras,
Sin embargo no se manifiestan al ojo y al oído sensual.
El cuerpo no está velado del alma, tampoco el alma del cuerpo,
Sin embargo ningún hombre ha visto nunca un alma”.
El lamento de la flauta es fuego, no mero aire.
¡Dejad que quien carezca de este fuego sea considerado muerto!
Es el fuego del amor lo que inspira a la flauta,
Es el fermento del amor lo que posee el vino.
La flauta es confidente de los amantes desdichados;
Sí, sus compases ponen al descubierto mis más íntimos secretos.
¿Quién ha visto un veneno y un antídoto como la flauta?
¿Quién ha visto un confortador compasivo como la flauta?
La flauta cuenta la historia del sendero ensangrentado del amor,
Cuenta la historia de las penas del amor de Majnum.
Nadie está privado de estos secretos salvo el demente,
Mientras la oreja se inclina a los susurros de la lengua.
A través del dolor mis días son trabajo y tristeza,
Mis días pasan, mano a mano con la angustia.
Sin embargo, aunque mis días así se desvanezcan, no importa,
¡Tú permaneces, Oh Incomparable y Puro!
Pero aquellos que no son peces pronto se cansan del agua;
Y quienes no tienen el pan diario encuentran el día muy largo;
Así pues el “Crudo” no comprende el estado del “Maduro”;
Por ello me incumbe acortar mi discurso.
¡Levántate, Oh hijo! ¡Rompe las cadenas y sé libre!
¿Hasta cuándo estarás cautivo de la plata y el oro?
Aunque viertas el océano en tu cántaro,
Este no puede contener más que la reserva de un día.
El cántaro de deseo de los codiciosos nunca se llena,
La concha de ostra no se llena con perlas hasta que está contenta;
Solo aquél cuyas ropas han sido desgarradas por la violencia del amor
Está completamente puro de la codicia y el pecado.
¡Hola a ti, pues, Oh Amor, dulce locura!
¡Tú que curas todas nuestras enfermedades!
¡Qué eres el médico de nuestro orgullo y vanidad!
¡Qué eres nuestro Platón y nuestro Galeno!
¡El amor exalta a nuestros cuerpos terrenales hasta el paraíso.
Y hace que las mismas colinas salten de alegría!
Oh amante, fue el amor lo que dio vida al Monte Sinaí,
Cuando “tembló”, y Moisés cayó desmayado.
Sólo que el Amado me tocara con sus labios,
Yo también, como la flauta, estallaría en melodía.
Pero el que se aparta de aquellos que hablan su lengua,
Aunque posea un centenar de voces, está forzosamente mudo.
Cuando la rosa se ha marchitado y el jardín está seco,
La canción del ruiseñor ya no se oye.
El Amado es todo en todo, el amante sólo Le vela;
El Amado es todo lo que vive, el amante una cosa muerta.
Cuando el amante ya no siente la viveza del Amor,
Se vuelve como un pájaro que ha perdido sus alas. ¡Ay!
¿Cómo puedo conservar mi juicio
Cuando el Amado no muestra la luz de Su rostro?
El Amor desea que este secreto sea revelado,
Porque si un espejo no refleja, ¿de qué sirve?
¿Sabes tú por qué no refleja tu espejo?
Porque no ha sido limpiado el orín de su superficie.
Si estuviera purificado de todo orín y suciedad,
Reflejaría el brillo del Sol de Dios.
Oh amigos, ahora ya habéis oído este cuento,
Que expone la misma esencia de mi caso.

jueves, 8 de enero de 2009

La flauta de caña II. El sueño

“La música opera el milagro de tocar en nosotros el núcleo más secreto, el punto donde se establecen todos los recuerdos.”
Gilbert Durand


Vestía un chaleco de vivos colores, mis abrigadas botas nuevas y un pequeño gorro de lana bordado con hilo dorado. Me encontraba inmerso en uno de esos sueños de nítidas y vivas imágenes donde además, de la manera más natural, eres tú mismo al tiempo que otro. Así que yo era un muchacho que se había preocupado ese día de fiesta de lucir sus mejores galas para que -aunque humildes-, no desentonaran con los trajes de las gentes reunidas en aquel palacio que aún era hermoso, aunque sus tiempos de esplendor hubieran pasado hacía ya varios siglos. En Azerbaiyán estaba aquel lugar, eso lo sabía, así como que me encontraba en mi hogar.
Aquella mañana la luz del sol era muy blanca y el cielo de un azul muy pálido. Era una luz primaveral que apenas caldeaba pero hacía brillar con fuerza la nieve sobre las montañas grises que, más allá de la llanura, perfilaban el horizonte. Yo observaba el paisaje distraído desde una ventana mientras la gente entraba y salía de un gran salón adyacente; allí sonaba fuerte una música de animada percusión así como los rápidos pasos de aquellos que danzaban.
Sin ganas de participar del bullicio (y sabiéndome un tímido y no muy hábil bailarín), caminé por un pasillo cruzándome con otros hombres y mujeres ataviados con largos ropajes de brillantes colores. Finalmente, el pasaje desembocó en un hermoso patio rodeado de arcos y columnas que albergaba varios árboles además de una pequeña fuente. Allí también había gente, pero su actitud era más reposada: podía ver ancianos charlando distendidamente, mujeres dando de comer a sus bebés y niños jugando distraídos. Paseé por el patio respirando aire fresco en busca de un lugar donde sentarme y acabé haciéndolo en el suelo de piedra bajo las ramas de un árbol.
Mientras disfrutaba de la tranquilidad y del arrullo del agua, vi que caminaba por allí un hombre que llamó poderosamente mi atención aunque no sabía decir por qué; mi vista no distinguía bien su rostro ni parecía destacar especialmente entre los demás. Creo recordar que tenía barba corta y vestía un turbante muy sencillo. Tras él, manteniéndose en un segundo plano, caminaba un muchacho de mi misma edad que parecía ser su hijo o tal vez su aprendiz. Entonces el hombre avanzó hasta detenerse frente a mí y agachándose me entregó una flauta partida en dos pedazos. Al ofrecérmela me dijo pausadamente mientras me miraba a los ojos con atención:
-Ahora te toca a ti- Y tras dejarla en mis manos ambos se marcharon sin añadir palabra.

Me quedé intrigado mirando atentamente los fragmentos, pensando por qué me la habrían dado a mí, alguien que jamás había tocado flauta alguna. Observé entonces que tenía una extraña forma de cruz aunque la porción horizontal era muy corta. También me pareció que no tendría fácil arreglo, pero para mi sorpresa pronto conseguí ensamblar los pedazos y mantenerlos unidos a la vez que los dedos quedaban libres para moverse sobre los agujeros. Tapé con el pulgar el orificio posterior y soplé con decisión aunque no conseguí emitir ningún sonido. Sin embargo resultó que tras pocos intentos comenzó a sonar; primero no muy bien, pronto mucho mejor, hasta que emitió una nota larga y clara que sonó a la perfección.
Entonces, simplemente, comencé a tocar.
Recuerdo cómo interpretaba con naturalidad y soltura, espontáneamente, casi como si fuera mi propia respiración. Y ante aquel prodigio empecé a sentirme embargado por una profunda emoción, emoción que incluía el sentimiento de la vocación encontrada, pues recuerdo haber pensado: “¡Sí, yo he nacido para esto!”, mientras la melodía manaba sin que siquiera pensara en ella. Pues era yo quien tocaba, eso lo sabía, pero la música pasaba a través de mí, como si la trajera el viento tras haber abierto una ventana. Entonces me di cuenta que se había hecho un gran silecio pues todas las personas en el patio se habían detenido a escuchar. Y en sus caras podía leer como en un libro un sentimiento que sabía compartíamos: el de haber reencontrado algo fundamental, algo que no recordábamos haber perdido pero que allí estaba; la música transmitía una paz beatífica, una sensación de plenitud, de permanencia, colmando un anhelo profundo que hacía que cerraran los ojos, que sonrieran, que lloraran. Recuerdo haber pensado, extasiado, que toda música es hermosa en tanto se parece a aquella música, en tanto se aproxima a evocar lo que ella evoca. Y sintiendo que transpotaba un mensaje sagrado comencé a concentrarme tratando de recordarla, intentando que no se desvaneciera de mi memoria como arena entre los dedos.
Y tal vez porque quise asirla, porque impuse mi voluntad al sueño queriendo fijar mi atención, en ese preciso instante desperté.

He estado fascinado desde entonces con cada detalle de aquel sueño: sus colores, los rostros de la gente, el sentimiento de plenitud, el sonido de la flauta. Sin embargo hace poco -tras unos meses desde aquella noche-, que empecé a intuir la profundidad del mensaje que trasportaba; que comprendí finalmente, tras oír hablar del Masnavi, que había recibido una respuesta.

martes, 16 de diciembre de 2008

La flauta de caña I. Desde las ruinas

Para Abel, quien me habla de los tesoros que aguardan a ser encontrados entre las ruinas.


“Es por la verdad interior como comunican entre sí los elevados conocimientos de todas las sabidurías.”
Henry Corbin

La tarde se presenta solitaria y lluviosa como lo son últimamente casi todas aquí en la Torre. Mientras esperaba en el salón he estado toqueteando el piano de Judith, contemplando las fotos que hay sobre él con los rostros de mis amigos y compañeros, todos aquellos que frecuentaban esta casa y a los que sus quehaceres, la fortuna o el peor de los destinos han terminado por alejar de aquí. Con su ausencia este lugar magnífico que apenas ha comenzado a revelarnos sus misterios empieza a asemejar un templo abandonado. Puede sentirse como va desapareciendo la vital impronta de Judith, Onire ya no guarda implacable sus muros y Karel duerme; sobre la piscina en el último piso ya no brota la planta del soma y a la biblioteca casi no acuden consultantes.

Son muchas cosas las que han acontecido y no he tenido la entereza ni la volutad de registrar en este diario, pero París es ahora un lugar más sombrío. Las visitas de Eugen pesan como una losa sobre cada uno de nosotros pues con su olfato infalible ha encontrado la porción de nuestro corazón donde clavar su estandarte. Ahora su presencia genera un terror permanente y al mismo tiempo quiere que pensemos que nos resulta imprescindible. Y lo peor de todo es que creo que tiene razón. Me asomo a la terraza veinte pisos sobre el suelo de París y siento como su sombra de serpiente se proyecta sobre toda la ciudad; o tal vez sólo haya velado mis ojos y con ello conseguido que así lo crea.

-Es lo que hacen los demonios -me dice siempre Yué con toda naturalidad-, te ciegan para que no alcances el lugar donde ya no pueden tocarte.
Sus palabras me recuerdan también mucho a mi querido señor Istrati.

Yué vino a vivir aquí desde Shanghai y gracias a ella he podido retomar mis clases de esgrima allí donde mi antiguo maestro las dejó. Nos aporta su ayuda y consejo pero –por encima de todo y aunque no me lo haya dicho-, sé que sus maestros la enviaron para vigilar de cerca este lugar, uno de esos enclaves cuya existencia compromete al cosmos. Aunque no quiero entrar por el momento en ese tema.
Pienso ahora en Yué porque cuando observa lo perdidos que solemos encontrarnos sin guía ni maestro sentencia con preocupación: “Aquí los ancianos os han fallado”, y lo dice al mismo tiempo maravillada de que a pesar de su ausencia sigamos enfrascados en cuerpo y alma en nuestra búsqueda. ¿Es esta búsqueda aún así posible? No lo sé. Pero pienso que para embarcarse en pos de la verdad no es preciso creer que alcanzarla es posible, es preciso creer que es necesario.

Considero a mis compañeros mis maestros. Con ellos he vivido todo lo que me ha hecho comprender, pero a la vez comiezan a esperar de mí guía y consejo. Y empiezo a temer no ser el hombre que debiera ser. Las fuerzas muchas veces flaquean, pero aunque de esto no hablo con nadie tampoco soy tan iluso como para pensar que no se dan cuenta.

¿Habría sido preferible desapegarme de todo lo que conozco, amo y deseo proteger y marchar hacia oriente junto a Yué a recibir las enseñanzas de sus maestros? Irme lejos en mi propia búsqueda dejando este lugar y a los que aquí moran a merced de Eugen –y de aquellos que son tanto sus adversarios como los nuestros-, olvidarme del destino de todos y de cómo mi presencia o ausencia podría afectarlo, es una idea que va despareciendo de mi mente.

Retomé hace poco mis tribulaciones cuando al leer a Jünger encontré estas líneas en La emboscadura:

“No podemos limitarnos a conocer en el piso de arriba la verdad y la bondad mientras en el sótano están arrancando la piel a otros seres humanos como nosostros. Eso es algo que no puede hacerse ni aunque uno se encuentre en una posición no sólo bien asegurada, sino también superior; y no puede hacerse porque el sufrimiento inaudito de millones de seres humanos esclavizados es algo que clama al cielo”.

Me pareció que difícilmente se podía tener más razón: no debemos salir en busca del espíritu y perder el alma por el camino. Pero contra lo que podríamos pensar no es esta la posición de una mentalidad típicamente occidental o atrapada por la historia, sino la de aquel que conoce el vértigo que ésta nos transmite y quiere alcanzar el lugar de quietud más allá de ella; reconquistar aquello que nos hace genuinamente humanos.

Tiempo y eternidad no son opuestos más que en las mentes de aquellos que no somos sabios. El sabio es aquel que vive en el mundo pero no está limitado por sus categorías, se encuentra simultáneamente en el tiempo y en la eternidad, pues desde su perspectiva su oposición es tan ilusoria como todas las demás.
Se cuenta que la actitud de los maestros taoístas estaba orientada hacia el regreso al mundo. Un distanciamiento de los asuntos y preocupaciones cotidianos podía ser necesario en un principio, pero con el tiempo se les volvía a encontrar entre los hombres “distintos de ellos y sin embargo semejantes a ellos”, encarnando en sí la voluntad del Cielo, habiendo restituido la espontaneidad natural. Es posible que el retorno sea mucho más difícil que el distanciamiento. La prueba definitiva.

Pero aunque sea una situación desfavorable la que hemos heredado, la cuestión es si siempre y aún así podemos encontrar un camino, si es posible, desde el precipicio que parece truncar la ruta, acercarnos a la verdad, aquella que ilumina todo lo que es sabiduría alimentándolo desde dentro. Pues si ciertamente es la verdad, ¿acaso podría ser de otro modo? Debe estar aquí y ahora, en cada uno de nosotros; es nuestro legado inalienable, patrimonio de todos y de nadie, más allá del tiempo, del mito o de la historia, de las formas con las que se viste y de aquellos que las custodian. Irradia desde el origen, un origen que no es un pasado remoto, perdido o inalcanzable, sino el eterno principio, el principio que siempre ES y por tanto siempre será accesible por mucho que llegue a ocultarse.
Esto es lo que debo creer, pues ha de ser propio del caósofo percibir, al contemplar las ruinas, no sólo devastación, sino un mundo de oportunidad donde todo espera ser renovado. Sólo nos es posible partir del oscuro punto en que nos encontramos, pero en la oscuridad el mensaje que incita al viaje brilla todavía con más fuerza:

“Despierta y levántate de tu sueño,
y oye las palabras de nuestra carta.

¡Recuerda que eres hijo de reyes!
¡Mira la esclavitud en que has caído!

¡Recuerda la perla
por la que has sido enviado a Egipto!

Piensa en tu vestido resplandeciente
y recuerda tu toga gloriosa

que vestirás y te adornará
cuando tu nombre sea leído en el libro de los valientes

y que con tu hermano, nuestro sucesor,
serás el heredero de nuestro reino.” *


Se dice que aquel que busca es en realidad buscado, que es la verdad quien le encamina hacia sí. Por eso, cuando este mundo parece negarnos la guía de un maestro, en ocasiones es él quien encuentra la ruta para visitarnos desde Otra orilla.

Europa después de la lluvia II, de Max Ernst.

* fragmento del Himno de la perla
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miércoles, 10 de diciembre de 2008

Sizigia

“Nadie ha visto nunca el alma con los ojos con los que normalmente vemos las cosas de este mundo”.
Henry Corbin


El ángel siempre está presente. He leído que con él formamos la unidad de nuestro ser esencial, unidad que a su vez trasciende –con una paradoja sólo aparente-, la mera individualidad que creemos ser.
Es por el ángel que se cumple en nosotros aquello que afirmó Giordano Bruno al decir que Dios está infinita y totalmente en cada una de las partes del universo, motivo sin el cual no podríamos llamarle infinito. Y sin embargo, aun en nosotros permanece invisible, porque nadie puede ver el alma de su alma “con los ojos que contemplamos las cosas de este mundo”.
Pero el mundo puede ayudarnos a conseguir otros ojos cuando nos brinda signos maravillosos, instantes que son como un tributo a la eternidad en los que la Imagen recobra su brillo primordial.

Hoy mirando al cielo pensé que nuestro gemelo celestial se oculta a la manera de la luna nueva; ésta se pasea cruzando el firmamento a plena luz del día, pero queda velada a la vista por el resplandor del sol. Y sin embargo ella es la única que puede revelarnos su medida, pues es capaz de perfilar su forma en el engarce perfecto durante la sizigia que produce un eclipse total.
Quien haya contemplado este evento sabe que hay un instante en el que el tiempo se desvanece, momento en que aparece ante nosotros un anillo luminoso; el corazón humano se estremece al ver en lo más alto el reflejo de su cavidad más secreta.
El ángel es entonces visible: con una de sus manos toca nuestro pecho y con la otra señala la corona del cielo, océano sumido en la oscuridad preeterna que conjuga la noche y el día. Y apuntando como una flecha al centro nos comunica la certeza:

-“Eso eres tú”- proclama.

Y al fin comprendemos que siempre lo supimos.

martes, 9 de septiembre de 2008

El filo y el dragón

Para Martín

"¡No me golpees más, porque tú eres ahora el que yo era!"
Satapatha Brâhmana (I, 6, 3)

"La oscuridad no puede rechazarse en nombre de la luz porque todo contiene a su opuesto."
Peter Kingsley

Acompañar a Rémi a través de la tupida arboleda, a la luz de la luna y sin saber para qué me había hecho llamar su maestro, no hacía más que espolear mi curiosidad. Había oído contar a Gabrielle muchas veces que en el Bois de Boulogne (el inmenso pulmón verde que conserva París en su lado oeste), los llamados “piel de lobo” tienen por costumbre reunirse, tratar sus asuntos y narrar todo tipo de historias impresionantes: hazañas de sus predecesores, leyendas de gestas fantásticas, antiguas odas que no se registraron en ningún libro, poemas épicos y todo tipo de relatos asombrosos que alternan de la forma más natural con las últimas noticias de lo que acontece en la ciudad. Pero dado su sagrado cometido, estas noticias están muy lejos de lo común, cubriendo el espectro de lo que muy pocos pueden entender y aún menos pueden ver. Así de especial es la misión que les es encomendada desde que reciben la llamada y son iniciados, pues mantienen un trato continuo -que en ocasiones llega al enfrentamiento- con todo tipo de dáimones, espíritus y seres feéricos que, como bien saben, aún se mueven por los bosques y ciudades. Atesoran su tradición, buscan comprender la verdadera profundidad del mundo y tratan de discernir la complejidad y riqueza del entramado de sus influencias. Intentar mantener luego todo en su apropiado equilibrio es el delicado arte al que consagran su existencia.

Cuando alcanzamos nuestro destino (tras un camino que me veo incapaz de volver a encontrar por mí mismo), Rémi se detuvo:
-ya c-casi estamos - explicó con su leve tartamudeo mientras señalaba en dirección a un pequeño montículo-. Sólo tienes que pasar al otro lado.
-¿No me acompañas?- pregunté.
-No Pola. Hoy el viejo quiere hablar contigo a solas.
Al ver mi gesto arqueó las cejas y encogió levemente los hombros para indicar que tampoco conocía el porqué de mi visita.
-Bien, pues gracias por guiarme. Espero que estés por aquí para llevarme de vuelta…
-Sí claro, no te preocupes –sonrió divertido-. Te esperaré “Caperucita” –y cuando estaba a punto de marcharse preguntó-: ¡Ah!, ¿te has acordado de traerle tabaco?
Contesté dando golpecitos al bolsillo de mi abrigo.
-Bien, me quedo por aquí. Cuando terminéis avísame-. Y desapareció de mi vista tras unos arbustos.
Una vez conoces su naturaleza te parece increíble no haberte percatado antes de quién es Rémi, tal es la viveza animal de sus ojos, la agilidad de sus movimientos y lo indomable de la maraña de su pelo; el valiente loup-garou que no cambiaría su peligroso destino por nada del mundo aunque sólo es un muchacho.

A pesar de que ya me había encontrado en otras ocasiones con el anciano, era la primera vez que nos veíamos en aquel lugar. Para ellos es mucho más que un recóndito escondrijo en lo más tupido del bosque, es el enclave apropiado para realizar sus ritos -cualesquiera que sean-, de modo que comprendía la confianza que depositaba en mí y el honor que suponía ser invitado a un sitio como éste. Y una vez le queda claro que entiendes esto -así como el valor de mantener el secreto-, las formalidades y el protocolo están de más con el viejo. Así que tuvimos una amigable charla (eso sí, aunque sentados a la intemperie, no faltó un vino decente), en la que se preocupó muy seriamente de cómo les va a mis compañeros y cómo marcha todo por la Torre. Sé que no tenemos muchos secretos para él, es un gran aliado y es mucho mejor por lo general compartir mutuamente lo que averiguamos, pero hay cosas de las que preferí no hablar. Y aunque al principio pensé que eran imaginaciones mías o tal vez mi propia obsesión por Eugen lo que hacía que las conversaciones parecieran derivar hacia su persona, pronto acabé pensando que tal vez era la aguda astucia del viejo como conversador la que hacía aflorar mis más profundas preocupaciones, aún con mi premeditada decisión de no hablarle de él. O tal vez lo que consigue hacer aflorar es precisamente aquello que más quieres ocultar.
Ahora creo que mis sospechas quedaron confirmadas, pues cuando pensé que finalmente había conseguido eludir el tema y estaba a punto de despedirme dijo:
-aguarda un poco más, joven Pola. Ya que eres tú quien me acompaña esta noche, antes de marchar escucha el relato que recordé para ti.
Pareció divertirle verme tan intrigado. Sin embargo ya no me hizo esperar más y en cuanto me senté de nuevo junto a él me contó esta historia:

Todo el empeño de aquel hombre valeroso se volcó durante largo tiempo en preparar la contienda; ¿para qué otra cosa sino había nacido?, solía repetirse. Por ello viajó sin descanso en busca de los lugares que creyó apropiados para alcanzar su propósito. Estos eran las colinas que una vez estuvieron consagradas a Belenus, a Apolo y tiempo más tarde a San Miguel: los oteros del Sol. Los encontraba siguiendo las leyendas y la guía en que se había convertido -tras haber desentrañado su misterio-, el vuelo de los cuervos. Y si era en verdad digno de ello, supo que en uno de aquellos lugares obtendría el filo definitivo. Debía ser realmente letal, penetrante y luminoso, aquel que haría mella y heriría de muerte a la más tupida oscuridad.

Para forjarlo recreaba en su mente todas y cada una de las cualidades de su adversario, y quiso adecuar cada detalle del arma a su forma monstruosa. Así, lentamente, fue labrando el metal en la fragua de su voluntad. Después lo afiló con las piedras que halló en aquellas cumbres consagradas.

Cuando creyó terminada la tarea regresó a su tierra sabiendo dónde esperar al enemigo. Montó guardia en el antiguo enclave sagrado, apostado junto a la roca que fue colocada cerca del acantilado en un tiempo olvidado. Aunque se encontraba rodeada de un círculo de antorchas que aún se encendían cada atardecer ya nadie salvo él se atrevía a traspasarlo; al acercarse a la piedra su luz crepitante le mostró las profundas marcas que una vez dejara la zarpa de la bestia.
Y en aquel silencioso lugar, temeroso pero absolutamente entregado, esperó.

En cuanto al combate en sí poco pudo después recordar: su inquebrantable decisión, el aliento de la muerte, la responsabilidad de ser quien sometiera al oscuro rostro del miedo, su forma viscosa y vil confundida con las sombras y la extraña sensación agridulce que le dejó la victoria, difícil de comprender a no ser tal vez por el terrible cansancio, el dolor de las heridas y el frío penetrante del amanecer.

Pero este turbador sentimiento le acompañó durante el camino de regreso hasta la aldea. Al llegar quiso pensar en lo reconfortante que sería al fin poder caldearse junto al fuego de la taberna, la anhelada compañía de los otros, pero la inquietud no hizo más que crecer y al abrir la puerta fue recibido por un sobrecogedor y prolongado silencio. Éste quedó roto repentinamente por los pasos del más anciano, el único hombre que se atrevió a acercársele. Entonces, con el tono severo de un padre que reprocha a su hijo las locuras propias de la juventud, le dijo:

-¿Qué has hecho para acabar con el dragón? Ahora todos te temen.

Más tarde, a medida que se adentraba en el bosque, decidió enterrar su arma junto a las raíces de los árboles. Y mientras rendía aquello que pensó definitivo, al fin entendió, abatido, cuan ingenuo fue al no haber comprendido que toda espada al ser forjada es un arma de doble filo.

San Jorge y el dragón, Vittore Carpaccio.

martes, 15 de julio de 2008

Aletheia

Cumplida la hora del lobo el espejo se ensombrece,

Negro más Negro que el Negro, obsidiana oscuridad.

Y yo te pido, ¡oh Noche!, devuélveme los recuerdos perdidos,

quedaron flotando en tu vientre, limbo de las aguas del Lete.

Dame de beber las ondas de la fuente que alcanzan los héroes,

la que mana en el punto de Luz a los pies del Árbol de la Vida.

jueves, 29 de mayo de 2008

Desvanece

Pues no sois sino lo mismo,

Lucero del alba

y Estrella vespertina;

espada negra hendida

y sangre en la brillante herida.

viernes, 4 de abril de 2008

La Serpiente

"Yo soy lo que permanece... ¡El mundo volverá al caos, a lo indiferenciado, yo me transformaré entonces en serpiente que ningún hombre conoce, que ningún dios ha visto!"
Libro de los muertos.

"¡Oh noche, negra nodriza de estrellas de oro! De estas tinieblas han salido todas las cosas del mundo, su fuente y su matriz."
Ireneo Philalethes.

¿Cómo tratar de comprender y expresar aquello que está más allá de la expresión? Hoy se me plantea un reto complicado. ¿Podría intentar explicarme o explicaros qué es lo que empieza a intuir mi pobre entendimiento? Tal vez exista una única vía que sirva a este empeño, pues si es posible una forma de aproximarse a lo que supone el misterio al que nos enfrentamos es sin duda la intuición que nos abre el no saber, la difícil libertad de no tratar de asir nada para que tal vez entonces todo nos sea revelado. Hablo de captar el sentido de lo atemporal, de lo que se encuentra más allá de los conceptos.
Sería posible aproximarse mediante el lenguaje de los sueños, aquel con el que se expresa el arte verdadero, el de la idea en su forma primordial; así es la llave de la puerta a lo inefable, la que encaja en el corazón que siempre ha sabido y simplemente ha olvidado. Esta llave, lo sabemos, es el símbolo, y por ello tal vez pueda, hablándoos del símbolo, llegar a expresar aquello que es fulminante intuición, pues si lo lograra, si llegáramos a aprehenderlo, nos liberaría de los esquemas que esclavizan y limitan nuestra mente. Seguidme pues si queréis ahora que estáis advertidos de que esto no será una explicación ordenada y lógica de claridad meridiana, sino un caótico descenso en busca de la luz que otorga la noche de la nesciencia.

¿Quién es Eugen? Eso es lo que busco comprender: ¿es el Espíritu del Mal?, ¿el demonio manipulador y tentador?, ¿el deliberado justo castigo que aguarda al final del callejón de las bajas aspiraciones humanas? Sí, así lo creo. Y así le gusta hacérnoslo saber. Y sin embargo llega mucho más allá, pues cuando estás en su presencia puedes observar el porte elegante a la vez que desenfadado de su forma humana, el fuego de su mirada, su sonrisa hipnótica y saber, sin lugar a dudas, que realmente prosigue y prosigue, pues es sólo la encarnación de la serpiente cuyo ser se prolonga más allá del alcance de lo visible y de los limitados conceptos de la razón.
Pero, ¿qué es la serpiente? Y aquí es donde deberá comenzar el símbolo.
Es la sombría bestia ctónica, el dragón de las profundidades del subsuelo y a la vez criatura de las aguas; hija del sol y de la luna, bien y mal, aquella que ostenta los terribles poderes de los dioses de la tierra, guardiana de sus tesoros y del fuego de su ciencia. Emerge de las profundidades para traer el veneno y la muerte, pero en ella reside el poder de la vida y la curación, pues es el antiguo dios primigenio, receptáculo de todo germen. Habita las aguas primordiales de las que se producen todas las formas y a las que todo lo que existe volverá por reabsorción. Es la regeneradora, dueña de la matriz del mundo, fuente de todas las potencialidades, del principio vital y de las fuerzas de la naturaleza. Como gran devoradora es la portadora del tesoro sapiencial que llevará a la muerte al iniciado al introducirlo en sus fauces, umbral que conducirá al héroe a los infiernos de donde habrá de retornar transformado. Es llamada negra noche de los orígenes, polo tenebroso del mundo que todo lo anima y todo lo destruye. Por ello en el antiguo pensamiento egipcio, mesopotámico o griego, representaba el mal en cuanto suponía la amenaza que podía llevar al cosmos a su disolución, la enemiga del sol, pero por otro lado era el caos sacrificado para actualizar la creación, la fuerza vivificadora. Y su sabiduría era la de la conciliación del alma y el espíritu. Es por ello que se cuenta que cuando Apolo mató con su flecha a la serpiente Pitón en Delfos, no sólo eliminó de la tierra "la desgracia y perdición de los mortales que viven en este mundo", sino que logró adquirir los poderes oraculares de la bestia mediante su sacrificio, absorbiendo con ello las fuerzas que equilibran el espíritu. Consiguió el fin supremo que constituye la armonía que concilia los contrarios, en este caso, los poderes del cielo y de la tierra. Y así podemos verlo también en el caduceo de Hermes; dos serpientes ascienden enroscadas alrededor de la vara central, doble sentido de intoxicación y curación, y componen la imagen de la dualidad que será finalmente integrada.
La serpiente enroscada en el eje del mundo es una escala que lleva a explorar el poder potencial latente, tanto en el sentido oscuro como luminoso, pues su sendero puede ser tomado de forma ascendente o descendente. Por ello es entendida como benéfica cuando se asocia al Árbol de la Vida y maléfica cuando se encuentra sobre el Árbol de la Ciencia; su naturaleza es la de aquello que hace ascender la esencia vital por el tronco del Árbol del Mundo pero que, al mismo tiempo, corroe incansable sus raíces.
Sin embargo, nuestra interpretación demasiado simplificadora y dualista del bien y del mal rompe el equilibrio y lleva a la serpiente a encarnar para nosotros sólo aquello que nos repugna. Y se convierte sólo en muerte, sólo en oscuridad.
Pero, ¿sería posible acercarse a ella buscando sus tesoros sin olvidar en ningún momento que es todo esto y mucho más de lo que soy capaz de expresar? ¿Es posible encontrar en ella la fuente oscura de la luz que nos ayudará en nuestros propósitos? Muy difícil de imaginar cuando cada una de las visitas de Eugen se convierte en un terremoto para el alma en el que siempre recibes más de lo que esperabas y creedme, convertir lo que te ha otorgado o arrebatado en algo provechoso es un arte realmente difícil de manejar.
Pero aunque es terriblemente peligroso hablar con él (en su presencia cobra un sentido profundo aquello de "cualquier cosa que digas podrá ser usada en tu contra"), estoy empezando a entender que por él pasa la comprensión y tal vez la cura de un mal que a diferencia de Eugen, tal vez no tenga cabida en este mundo. Y es que es duro pensar que existen peligros mayores que el diablo. Pero así ha resultado ser.

 
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